Anestésico no virtual


Por: Judith Castañeda Suarí

A mediados del siglo XIX, el dietil éter comenzó a usarse en las intervenciones quirúrgicas,introduciendo al paciente en una zona donde la palabra dolor no existía ni en el diccionario.

Y es en esta sustancia flamable, cuyos vapores tienen una densidad mayor a la del aire, donde Eve Gil disuelve una futura historia probable, junto con su habitual sentido del humor, para entregarnos Virtus, novela publicada por editorial Jus a principios del 2008.

La portada jala la vista: ante un fondo diluido, de tonos arena y débiles verdes, un niño –o niña–tiene el rostro vuelto levemente hacia la izquierda. El cabello oculto en la capucha de la sudadera o corto, las manos en los bolsillos de la prenda. No se puede decir que observe un punto más allá de la ilustración: carece de ojos, de nariz, de cejas, de boca. Su rostro es una masa de la que se podría desenterrar una escultura de cualquier estilo, desde un busto griego hasta una figura humana bidimensional con un solo ojo.

La idea es precisa: un rostro donde es posible trazar cualquier rasgo, una ciudad de bloques en la que se proyecta una película sin final aparente. Un inmenso lugar para proyecciones, donde los actores nombran “hijo, Fido, Amor” a seres que no existen y a los que luego lloran en las calles vacías, llamándolos a gritos cuando el virus Samsa corre de golpe el telón.

A través de Juana Inés Rul–Monasterios, de un ensayo escrito en octubre del año 2068, asistimos a una región llamada Unid@mérica. Presidentes que vigilan desde el cielo a sus gobernados, microchips insertados en el cerebro, interacciones con los actores y actrices de moda, con los dioses griegos, banquetes y la sensación de estar satisfecho en un cuerpo anémico, son elementos que caben en el “espectáculo más grande del mundo” (como lo dice la portada en letras rojas) y en la realidad.

Virtus tiene pie y medio bien plantado en el presente, pues recoge aspectos como el bombardeo mediático, las palabras carentes de significado en discursos políticos, la “barra de telenovelas” idéntica en los dos canales de televisión abierta. Frases como “unidad y democracia”, “constitucional y legítimo”, parecen apuntalar la escenografía donde un ser formado con infinidad de piernas y brazos y ojos –el Ventrílocuo–, dirige el gobierno parapetado en la espalda de Jesús Marín Wagner, un senador de treinta y tres años, mitad Brad Pitt mitad Enrique Peña Nieto, elegido presidente por el 97% de los votantes.

La narradora sobrevive al “atentado terrorista” gracias a su constante actividad en el hemisferio izquierdo del cerebro, casa de la escritura, las matemáticas, la lógica. A la distancia nos entrega, por un lado, un ensayo escrito a lápiz –“el arma más peligrosa de todas–: la historia de la Gran Ilusión que era vivir en lo que alguna vez fue México. Constantes spots de la presidencia, ensayados ante un director de telenovelas, transmisiones desde un estudio blanco, vacío, en el que se recrea una recepción de gala entre candelabros, en el derruido Palacio de Chapultepec,forman parte de una actualidad llevada al límite en la novela.

Junto a la mirada de Juana Inés, recorremos la ciudad verdadera, una plancha con cubos idénticos en cada esquina, donde árboles, arco iris, jardineras, mascotas, incluso bebés ojiazules y sonrosados, formaban parte de la virtualidad abolida: “no había edificios incendiándose, tampoco cuerpos mutilados ni sangre ni cadáveres. No había nada. Nada. Una ciudad bombardeada hubiera sido preferible a Nada. Por lo menos quedarían trozos de vida, de historia, de realidad y de Verdad”.

El uso del lenguaje en ese hipotético futuro es otro hilo que mantiene a la novela anclada en el presente. El chip insertado en cada cerebro que no reconoce las vocales acentuadas y tampoco la eñe –la ene con moñito, en voz del personaje–, alude a las abreviaturas de las que se hace uso durante conversaciones a través de internet y en los mensajes vía celular.

Mención aparte merece la cuestión de las palabras dentro de los discursos de la clase gobernante, carecen de sentido a fuerza de repeticiones y promesas y discursos hechos en campaña, en anuncios oficiales transmitidos por televisión. Percibimos el significado opuesto. Campañas mediáticas para convencernos que las acciones de Doña Perpetua llevarán la educación a un nivel superior, que las palabras privatización o tortura no existen en el diccionario de las autoridades, podrían desembocar en discursos parecidos a: “¡Atención ciudadanos!, este es un mensaje del Presidente Legítimo y Constitucional, Jess Martn Prz Wagner, quien democráticamente les ordena prestar atención al comunicado legítimo y obedecer al pie de la letra sus constitucionales órdenes...”

El humor de Eve Gil nos lleva a través de imágenes que muy bien podrían hacerse realidad. y mientras este mundo en el que la capacidad de elegir está abolida nos alcanza, es mejor divertirse con una Secretaria de Turismo, actriz decadente de nombre Talía Sendel, con los presidentes de las únicas dos cadenas de televisión abierta llamándose “papá”, vueltos primos hermanos –Milo Karraz y Cayo Lawrenz– y por qué no, tender los puentes respectivos entre los personajes de la ficción y de la realidad.

Presentando otro "bebé"...

 

Aunque este es un bebé de múltiples padres y madres porque se trata de una antología en la que orgullosamente participo. Es la primera vez que participo en un libro periodístico. El compilador es el genial JM Servín y la portada es adorablemente vintage. Yo colaboro con una crónica sobre las prostitutas de Sullivan.

Un cumpleaños mángiko


Este espacio iba a ocuparlo para realizar una crítica sobre un artículo sobre feminismo que apareció en Milenio, pero...¿saben qué?, decidí que no vale la pena...mejor les comparto una foto de mi pequeña fiesta de cumpleaños, celebrada el pasado 22 de septiembre, en la librería El Péndulo de la Colonia Roma. Cortesía de mi amigo, el actor sonorense HORACIO CASTELO.

La historia de Cho-chan y Murasaki continúa....


"Deje a la entrada de esta novela mánguika los conceptos de "realidad" y "ficción". A la salida se le olvidará recogerlos, porque verá cómo la realidad es una representación."
Sabina Berman

¿Hasta cuando?


Cortesía: Francesca Gargallo

Ciudad de México, 2 de septiembre de 2011

Mujeres tenían que ser: mojadas por la lluvia, desnudas, con un cordón amarillo alrededor del cuello, asesinadas. Dos periodistas mujeres, voces públicas, molestas al sistema. Marcela Yarce, fundadora de la revista Contralínea, y Rocío González Trápaga, reportera independiente.

Salieron por la noche de las oficinas de Contralínea, quedaron de verse en Metro Balderas, las periodistas no tienen horarios, pero a veces logran verse con una amiga, ir juntas a una reunión. Las periodistas trabajan a cualquier hora, pero el 31 de agosto eran las 21.30 cuando Marcela Yarce salió de Contralínea para encontrarse con su amiga. Nunca llegaron a descansar, a divertirse, a ver a sus familias, a saludar a sus amigos, a besar a la persona amada, a preparar la cena, a tomarse una cerveza. Fueron secuestradas. Las cámaras de videovigilancia del centro de la Ciudad de México no registraron ni dónde ni cuándo.

Fueron torturadas de miedo; aparentemente no había marcadas de golpe en sus cuerpos. Fueron desnudadas, ahogadas, aterradas, asesinadas. Feminicidio por supuesto. Un delito que en la Ciudad de México se castiga con 60 años de cárcel. Cuando encuentran al, a los hombres que lo cometieron, es decir cuando lo investigan. Feminicidio, un delito que a la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal le viene rápido a la boca, después de que por años las feministas exigieron que se tipificara el asesinato de mujeres por ser mujeres, un delito común e impune. Feminicidio de dos periodistas: asesinato de voces críticas de mujeres, asesinato de la crítica pública llevada a cabo por dos mujeres.

Como todo feminicidio es un mensaje público: cuidado, mujeres, cuidado, periodistas, que no están seguras, nadie está ya seguro. Esos dos cuerpos abandonados en un jardín del barrio bravo icónico de la ciudad grande son un atroz mensaje de muerte para todas y todos: silencio, no digan nada, no reclamen, no denuncien, no hay lugares seguros.

Contralínea acababa de publicar que en los últimos 5 años la desaparición de mujeres en México se ha incrementado en un 900%, 1000 mujeres y niñas han desaparecido, en efecto, pero hay un solo consignado. Ha publicado investigaciones de fondo sobre la pésima escuela mexicana y la exclusión de hecho de que son víctimas las y los estudiantes que intentan superar el examen de ingreso a las universidades públicas, sobre feminicidio y corrupción, sobre racismo, narcotráfico y casinos y persecución a los sindicatos independientes y…. Hace poco más de un año, las oficinas de Contralínea, en el centro histórico de la Ciudad de México, fueron saqueadas por desconocidos que se llevaron computadoras, memorias y material contable.

Pero debían ser mujeres las asesinadas, las despojadas de vida, las mostradas muertas en un jardín de Iztapalapa. Mujeres, porque sus cuerpos aúllan impunidad, la prueba del castigo y el aviso: cállense, censúrense.

Las periodistas, reporteras, analistas sufren agresiones, amenazas, intimidaciones, intentos de corrupción y muerte como sus compañeros hombres. México es el país más violento y peligroso de Occidente contra los periodistas, rebasando los 8 asesinatos al año (74 desde el año 2000). Pero la Ciudad de México, especie de oasis en un país hundido en una violencia sangrienta y sin explicaciones, no vivía un hecho parecido desde el asesinato de Manuel Buendía en 1984. Al hombre lo mataron a tiros frente a sus oficinas. Un periodista importante, una tarde de lluvia, el tráfico detenido en la Avenida Insurgentes. Luego, los intentos de hacer creer que fue un delito pasional. A las dos mujeres las desaparecieron, las desnudaron, expusieron sus cadáveres: feminicidio sí, tiene todas sus características, pero feminicidio de dos periodistas, dos mujeres con nombre y apellido, con un rostro público.