Cenotafio de Beatriz, peleas y colisiones

Por: Alberto Chimal
Texto publicado en Siempre!
Basta ir a las pocas librerías que nos quedan: en los entrecruzamientos y las imposiciones de la monocultura global no queda mucho que pueda llamarse “narrativa mexicana”, y el atraso de cuanto hay —con las excepciones que no siempre están donde está la publicidad o la atención de los estamentos culturales— es tan proverbial como su carácter agachón. No existe un término mejor: casi todos los libros, los “proyectos” y las “poéticas” existentes son importadores, receptores dóciles de lo hecho por otros y que aquí se adapta —o meramente se adopta; en las escuelas, en los medios, en el ejercicio abúlico de lo que pasa entre nosotros por crítica, aprendemos y enseñamos que nuestra propia postura, lo que de nosotros hace contacto con nuestros orígenes y nuestro entorno, y podría manifestarse en obras artísticas, será siempre menos importante y reveladora que cualquier otra. Nuestros absolutos son negativos: la ignorancia de lo específicamente mexicano comenzó como una reacción contra los excesos del nacionalismo cultural de la mayor parte del siglo XX pero, llevada al extremo opuesto de la supresión total, no ha conducido al cosmopolitismo ni siquiera a la globalidad, sino sólo al cambio de cierto conjunto de temas y tramas autorizadas por otro, igualmente limitado y arbitrario aunque lo fije el mercado y no el poder (que, por lo demás, no siente ya la necesidad de una intelectualidad subordinada, ni mucho menos de una cultura diversa o de la presencia de las artes en la existencia nacional). Esto significa, desde luego, que ciertas transgresiones siguen siendo tan imposibles —o tan desautorizadas, tan expuestas a la incomprensión y el ninguneo— como hace cuarenta o cincuenta años. Y una de las más “arriesgadas” es la subversión auténtica del canon literario de occidente, para re-escribirlo o re-situarlo en contextos y para fines distintos, como ocurre —sin agitar demasiado los pocos espacios en los que aún podría discutirse— en Cenotafio de Beatriz de Eve Gil. El caso de este libro sería interesante aun si su fin — “canalizar” o re-significar una porción apreciable de la Divina comedia de Dante— fuese otro, pues señala un paso importante en la carrera de la escritora sonorense. La mayoría de los escritores de su generación que han publicado fuera de México han debido cumplir con al menos uno de estos “requisitos”: recibir la venia de uno de los grandes conglomerados editoriales españoles, o bien modificar las propuestas fundamentales de su trabajo en busca de esa aprobación, a veces de modo culposo y otras cínicamente. Sin embargo, además de que Gil consiguió publicar en Europa sin pasar por Tusquets o Alfagura y sin alterar de ningún modo la poética de sus trabajos anteriores —y de su larga carrera como crítica, en especial orientada al estudio de la literatura escrita por mujeres—, la rareza de su novela también sería la misma si trajese un sello famoso o incluso si hubiese sido publicada por una editorial marginal de las nuestras. El libro ofrece la apariencia de una historia de amores y desencuentros en el contexto rudo de un barrio mexicano: el Dante encuentra a su Beatriz y los dos se mueven, a lo largo de una relación compleja y cambiante, entre paraísos e infiernos privados, en los que sus figuras arquetípicas —el peregrino a la busca de la salvación, la mujer-símbolo ascendida a la divinidad pero incapaz de articular la mera carnalidad del deseo— son puestos a prueba y actualizados en el sentido más reverente y a la vez más corrosivo: Dante llega a la conclusión de su viaje sin haber abandonado la tierra, y sin que la “alta fantasía” de sus anhelos lo desligue de la realidad cotidiana, cada vez más distante de cualquier intimación de lo trascendente, y Beatriz pasa de ser una figura, un desplazamiento hacia lo inefable de apetencias que no podían expresarse de otro modo, a convertirse en un personaje entrañable, capaz de sus numerosos conflictos y deliquios y también de dar cuerpo a una reflexión precisa sobre su propia tradición. Este comentario implícito sobre la significación de la Comedia, y de su imagen del amor divino y del amor humano en la historia de la cristiandad y de occidente, se refleja en numerosas peleas y colisiones de Beatriz tanto con la realidad ficcional que la rodea como con el peso de su nombre, que arrastra el de su precursora y mantiene sus acciones en tensión constante con las de aquella otra Beatriz, la mítica, que no deja de poseer su propio sentido pero debe ser (parece decirnos Gil) constantemente vuelta a crear y vuelta a pensar, para que ese sentido no se diluya en la mera indiferencia a la que se destina a los clásicos, o en el pensamiento dogmático que no deja de oponerse a las reinvidicaciones de las mujeres y a su búsqueda —jalonada por grandes obras del pensamiento, la literatura y la política— de una situación distinta en un mundo que no es, para bien o para mal, el de Alighieri. (El que esta dimensión política del texto no lo convierta en una novela panfletaria, o de mera denuncia, no es un mérito menor de este libro de Eve Gil.)


* * * Nota de 2007. Es vergonzoso que una novela como ésta no haya recibido más atención tras su lanzamiento en México, que tuvo lugar el año pasado. Por otra parte, el libro no es un producto desechable y —si no se interpone un desastre de los que a veces afligen a los que llamamos “clásicos perdidos”, las obras de destino trágico que se encuentran en nuestra tradición y en otras— encontrará, aunque sea con lentitud, a los lectores que lo esperan. Eve Gil, Cenotafio de Beatriz. RD Editores, Sevilla, España, 2005; 229pp.