Perfeccionando el vacío

Por: EVE GIL
La reseña de libros, género atrapado entre el periodismo y la literatura, no solo es de los más subestimados, acaso también el más corrompido, considerado, erróneamente, pariente pobre del ensayo. En Vacío perfecto, que forma parte de la tetralogía Biblioteca del Siglo XXI, el escritor polaco Stanislaw Lem (1921-2006), muy a la manera de Borges, de quien se proclama deudor, explora las múltiples posibilidades del género. En el prólogo, firmado por el propio Lem, quien critica a Stanislaw Lem, en tercera persona, cuestiona el carácter innovador de su idea que retoma un recurso empleado por JL Borges y omite el hecho de que, si bien no se trata de una idea original, el autor la dota de características peculiarísimas. Además de exponer el contenido de las novelas y ensayos reseñados, esboza la personalidad de sus respectivos autores, sin ahondar demasiado en su biografía, cuidando acaso de que la reseña no pierda verosimilitud.
Cada reseña, sin embargo, sigue caminos diversos, desde la práctica algo tramposa de contar el libro en vez de analizarlo, lo que, por otro lado, permite al autor desarrollar un relato disfrazado de reseña, hasta centrarse en el análisis de la estructura del libro, como en el caso de Rien du tout, ou la consequence, de Solange Marriot, único de autoría femenina y que da margen a Lem para realizar algún comentario elaboradamente machista en torno al género de la autora: “(…) ¿El autor de la obra es una mujer? ¡Sorprendente! La tendría que haber escrito un matemático que se hubiera servido de su ciencia para examinar –y anatematizar- la literatura”. Novela sin personajes, en la que se detallan hechos que pudieron haber sucedido, pero no han sucedido o no sucedieron o no sucederán. “Libros imposibles” de algún modo; ejercicios de intertextualidad de los que se obtienen obras que pierden su punto de referencia original, caso de la delirante Les Robinsonades; o bien, retoman la idea de algún clásico de la literatura, como Gigamesh, de Patrick Hannahan, quien se propone repetir, más aún, mejorar la hazaña de su compatriota James Joyce, contemporaneizando un clásico de la literatura que, en el caso de Hannahan, será todavía más remoto que el Ulises, así como audaz el proceso de contemporaneizarlo, de tal manera que el Gligamesh queda exento de la letra “l” para aludir al término informático GIGA, conservando, no obstante, la esencia de la épica de que parte. Se satiriza aquí el afán de los escritores jóvenes por matar –simbólicamente- a sus ancestros, así como la inaccesibilidad de la que es objeto la nueva literatura gracias a sus afanes tecnologizantes, “novelas para máquinas”, las denomina: “(…) Algunos opinan que los libros escritos de este modo sólo son legibles para otra máquina de cifrado, puesto que no existe hombre capaz de abarcar mentalmente un océano semejante de hechos y sus relaciones (…)” (p. 61).Todos estos libros, sin excepción, ofrecen no solo rasgos innovadores, propios de una literatura que aún no existe pero pudiera estarse gestando justo hoy, también pistas para llevar a cabo tales empresas, como si en algún momento el autor hubiera planeado o soñado ejecutar estas obras, más aún, hubiera generado una suerte de plano de cada uno para volverlo tangible. Cada uno de sus autores imaginarios se mueve en distintos géneros literarios; cada libro es único, aunque el género más recurrente sea la ciencia ficción, o la ciencia y la ficción por separado pero misteriosamente indisolubles. En este sentido, Lem opta por conducirse en un terreno que le es familiar y acogedor. Así, entonces, aborda novelas como Sexplosion, de Simon Merrill, que desarrolla una sociedad inmersa en el ejercicio indiscriminado de la sexualidad, que termina por convertir la gula en tabú y las comilonas en pornografía, o Perycalipsis, de Joachim Fersengeld, que bien pudiera ser una reescritura bradburyana de un mundo temeroso de los libros pero que tolera la grafomanía como hoy se tolera, por ejemplo, a los fumadores.
Pero estas reseñas, incluyendo el último texto que no es reseña sino el discurso de un imaginario ganador del Nóbel de física, pueden llegar a ser terriblemente incisivas y críticas, no solo respecto a lo literario, sobre todo a lo científico y lo ético, al grado de considerar factible la conjetura de que las reseñas sean, además de relatos encubiertos, ejercicios de crítica literaria y social, como sería el caso del que considero el más apasionante relato de Vacío perfecto, donde el crítico Lem se ensaña de especial manera con Die Kultur Als Fehler, de Wilhelm Klopper, en el que se plantea la posibilidad de que cada destino esté construido con base en una serie de casualidades, muchas veces descabelladas, que se remontan a tiempos inmemoriales; la explicación científica de esa teoría doméstica que sugiere que todos nacemos predestinados para algo específico, que nuestra existencia no es en lo absoluto casual. En varios casos, como en la crítica del libro Non serviam, de Arthur Dodd, se toca el espinoso tema de la ciencia enfrentada a la teodicea; la existencia misma de Dios, respecto a la cual Lem exhibe el agnosticismo propio de quienes pugnan por mirar más allá de las estrellas: ¿hasta qué punto el hecho de ser “imagen y semejanza” del Creador habilita a los seres humanos para emprender su misma hazaña?, y Lem no refiere al manido asunto de la clonación –nada en Lem es manido-, sino a la posibilidad de dotar de alma e intelecto a “personoides”, que, creo entender, son lo que por hoy denominamos “avatares”, seres creados con sofisticados softwares y que, como nosotros, quedarán a merced de los caprichos de un “Dios” al que intuyen pero no pueden jurar que existe. En fin, Vacío perfecto es un estuche de sorpresas, genuina caja de Pandora que incitará al lector a reflexionar sobre temas de suyo incómodos pero que el autor realiza el milagro de volver divertidos, ¡ojo!, sin aligerarlos en lo absoluto.

Vacío perfecto
Stanislaw Lem
Impedimenta
Madrid, 2008
320 pps