La fascinación por los libros en "El laberinto del fauno"


No pienso escribir una reseña crítica sobre El laberinto del fauno. No podría, porque haría falta una cabeza fría para criticar y yo no puedo evitar apasionarme tratándose de esta película que, de hecho, significa para mí mucho más que una simple película. No quiero imaginar lo que sería capaz de hacer Guillermo del Toro con un presupuesto a lo Steven Spielberg… lo poco que ha realizado en Hollywood, con escaso, escasísimo presupuesto, han sido pequeños milagros que en manos de otro hubieran sido churros clase B, y que fueron sembrando el caminito de este joven aprendiz de brujo que ha alcanzado la maestría.
Un par de semanas antes del estreno de El laberinto, precisamente durante un vuelo Hermosillo-México, leía una novela sobre la guerra civil española titulado El falangista vencido y desarmado, de Andrés Sorel (RD Editores, 2006), que me obsequió mi editor de Sevilla y me costaba trabajo creer las atrocidades que describía con una elocuencia menos poética que la de del Toro. En el caso de la novela de Sorel, un autor por desgracia poco conocido en México, y digo por desgracia porque es de lo mejor de importación española que he leído en mucho tiempo, la trama gira alrededor de una infortunada pareja que, amándose con locura, termina separada por los ideales políticos de él, el falangista al que hace alusión el título. Aún perteneciendo a una familia de fuertes raíces católicas, Silvia, la inolvidable protagonista y su abuelo, un intelectual, no conciben tamaña brutalidad contra los comunistas, y lo pongo en cursivas porque prácticamente cualquiera era sospechoso de serlo, hasta el inofensivo abuelo de Silvia, por el simple hecho de ser intelectual, y cuyos libros son arrojados a una inmensa hoguera en una escena que me arrancó lágrimas. Lo más dramático es que está narrada desde el punto de vista del falangista, que al tiempo que justifica la barbarie, termina por sentirse el gusano más miserable de la tierra. Hay párrafos sencillamente preciosos, equiparables con las imágenes de la película de del Toro: “Arden los libros, mientras ellos, sus incendiarios, muestran su obediencia ciega, sumisión absoluta, a quienes se lo ordena, quienes han decidido agostar las conciencias y cerrar los ojos y sellar los labios y enmudecer las bocas y calcinar los pensamientos. Arden los pensamientos. Arden los libros (…) La sangre es hoy negra y una inmensa humareda de tinta diluida cubre los cielos bajo los que se cobijan los homúnculos de la nueva España.”
Traía muy fresca la cruel (y bella) impresión de la novela de Sorel cuando acudí a ver El laberinto del fauno, y muchas de las escenas me remitían de inmediato a aquella, pese a que lo único que las vincula es el retrato de la crueldad absurda de los fascistas; Sorel a través de una sensual historia de amor que termina destruyendo la existencia de la mujer en aras de los ideales torcidos del amante, y del Toro, a partir del dramático contraste entre la inocencia de una pequeña aficionada a la lectura (lo que de entrada representaría una subversión en un ámbito donde la literatura ha sido proscrita), deliciosa Ivana Baquero, y su padrastro, un generalote franquista de quien no se sabe qué es más exacerbado, si su crueldad o su machismo. ¿Cómo olvidar la pavorosa escena en la que el generalote, espléndidamente interpretado por Sergi López, le ordena al buenazo doctor de la familia que atenderá el parto de su esposa, que en caso de hallarse ante la disyuntiva de salvar a la madre o al hijo (porque sin duda será varón, dice), no lo piense dos veces: salve al niño? Por fortuna para Ofelia, la pequeña protagonista de la película, ella no existe para su padrastro. Vamos, su madre (Ariadna Gil), que por joven y hermosa debió haber despertado alguna pasión en ese hombre tieso y descorazonado, tampoco existiría para él si no fuera porque está a punto de darle un heredero. Al ser prácticamente invisible tanto para su padrastro como para su madre, cuyo embarazo se presenta complicado y la mantiene acostada, Ofelia goza de una libertad casi ilimitada (si no fuera porque se le fuerza a ponerse lindos vestidos para asistir a cenas con beatas y curas que ven con muy buenos ojos que se persiga a los comunistas como a perros rabiosos) que le permite echar a volar… ¿su imaginación? Esa es la gran incógnita de la película: ¿imagina Ofelia al fauno que aguarda por ella en el corazón del laberinto para anunciarle que es una princesa y debe cumplir ciertas encomiendas para salvar a su reino? ¿Imagina también a las cigarras que se acicalan hasta transformarse en hadas… al pavoroso monstruo que parece ciego pero en realidad mira a través de las palmas? El espectador quiere imaginar que no, que Ofelia no imagina, que realmente es una princesa destinada a salvar a su reino y, en particular, a su pequeño hermano. La única persona a quien Ofelia le habla a medias de su reino fantástico es la prudente y melancólica cocinera (Maribel Verdú), que por alguna extraña razón, al tiempo que se somete mansamente a las órdenes del generalote (que, se ve, siente por ella una consideración sospechosa), oculta en su faja un arma blanca que palpa como anhelando poderla clavar en el corazón del mismo al que obedece.
Y así, mientras en la casa del General los libros brillan por su ausencia, en el campamento de los rojos, de los renegados, todos, hasta el anciano de la pierna gangrenada, leen con pasión. Ofelia lee y lee y traslada a la vida real las fantasías que pueblan su cabeza y la colocan años luz de la maldad del mundo. Imposible, para quien ha hecho de la lectura su refugio desde la infancia, no identificarse con Ofelia, incomprendida por los adultos, hasta por su mamá, que no se explica por qué lee tanto; imposible no ponerse del lado de los rojos que combaten no solo una tiranía, sino también la imposición de la barbarie, la incultura y la falta de imaginación.