Veintisiete


Por: EVE GIL

¿Qué hay de cabalístico en esta cifra que pareciera ser el fatal límite de las vidas de los más polémicos jóvenes ídolos del rock y el pop? Es una casualidad que hace surgir dudas en los más escépticos. El caso más reciente, el de Amy Winehouse, me permitirá reflexionar un poco respecto a lo que pareciera distar de ser una simple casualidad. Hasta cierto punto, y como en los casos concretos de Jim Morrison y Janis Joplin, pocos albergaban la esperanza de que Amy llegara a vieja: demasiadas drogas, demasiado alcohol, seriados intentos de suicidio…y la impresión de que se sentía ajena en el escenario, casi autista, cantando para sí, espiritualmente negada para compartir su dolor. Se decía, además, que no probaba alimento…pero ponía como condición 47 botellas de whisky en su camerino. Todo lo anterior no impidió- y esto es sintomático- que la juventud británica la designara su heroína de todos los tiempos, por encima de la madre Teresa y de Florence Nightingale.

Voz de ángel negro y temperamento demoníaco. Un ejemplo de autodestructividad que rebasa a cualquiera de sus antecesores en el fatídico viaje sin retorno de los 27, Amy Jade Winehouse nació el 14 de septiembre de 1983, y fue encontrada muerta en su departamento de Camden, Londres, el 23 de julio de 2011, a las 06:00 AM…casi al mismo tiempo que en la tranquila Noruega tenía lugar un atentado terrorista, sin precedentes, con carro bomba, que dejó un centenar de muertos. Hija de judíos, su madre, farmacéutica de profesión, se llama –qué ironía- Janis, y su padre, un taxista londinense de nombre Mitch Winehouse, son fanáticos del jazz y en algún momento muy orgullosos del precoz talento de su hija de enormes ojos color avellana…hasta que .la madre, en el paroxismo de la desesperación ante el salvaje descontrol en que terminó sumiéndose Amy, suplicó públicamente a los fans que dejaran de comprar sus discos porque ella gastaba todo en drogas y alcohol.

La muerte rondaba a Amy prácticamente desde los inicios de su carrera, y hemos sido testigos de su deterioro mental y físico, en ese orden. Mientras otras alardean de sus cirugías estéticas, Amy parecía exhibir con desenfado una progresiva transformación en zombie: de ser una atractiva joven de amplias caderas y exuberante cabellera negra peinada al estilo Audrey Hephrun, las últimas fotos la exhiben como si hubiera estado en un campo de concentración: notoriamente enflaquecida, semi desdentada y con el cabello cayéndosele a mechones, lo que la convirtió en blanco de las burlas de comentaristas de espectáculos británicos, sin corazón y sin cerebro. Un fan con un poco de suerte podría topársela durmiendo en el quicio de la cortina de un negocio, o en la banca del parque de un barrio londinense…aunque difícilmente la reconocería.

Todo empezó muy bien. A los 10 años, Amy ya era miembro de un grupo de rap llamado Sweet n’ Sour, y a los 13 le obsequiaron su primera guitarra. Sin embargo fue expulsada de la escuela de Teatro de Sylvia Young por hacerse un percing en la nariz. Lejos de desanimarse, empezó a escribir música con absoluta seriedad. A los 16 acudió a una audición y cautivó desde el primer momento a los jueces pese a ser rellenita y bajita (1.60 mts). Su ascenso fue meteórico: a la edad en que otros chicos apenas acarician el sueño de la fama, ella ya había obtenido nominaciones a premios tan prestigiados como el Mercury Prize, el Britt Award, incluso seis Grammys de los cuales obtuvo cinco gracias a su segundo álbum Bak to black. A los 20, sin embargo, ya estaba casada con Blake Fielder-Civil, quien la introdujo en el mundo de las drogas duras y le generó una fuerte co-dependencia que se reflejaba en golpizas que ella camuflajeaba con gafas oscuras, que al cabo de un rato no bastaron para cubrir los hematomas de su rostro. A diferencia de Janis Joplin, que era felizmente promiscua, Amy estuvo a punto de echar su carrera por la borda para proteger a su marido –lo cual, en términos legales, equivale a complicidad-cuando se les acusó de posesión de drogas y los tabloides empezaron a hablar de posibles condenas que impedirían a la famosa cantante continuar su carrera. La pareja libró una larga estancia en la cárcel, pero se divorciaron –cosa que más de uno lo aplaudió – en 2009, después de que Amy pretendió matarse mezclando alcohol, cocaína y heroína. Por si fuera poco su adicción al cigarrillo y al crack le creó enfisema pulmonar, cosa que también parecía tenerla sin cuidado. Su autodestrucción, contrario a la de Morrison que simplemente vivía el momento, era fríamente calculada.
Se reveló como un genio musical cuando apenas iba saliendo de la adolescencia gracias a su álbum debut Frank, del que se desprende su gran éxito Rehab que es el canto de rebeldía de una mujer que se niega a dejar el alcohol y las drogas, y sin embargo nadie puede negar que sea una obra maestra que mezcla jazz, soul, R & B, rock and roll y ska. Como Jim Morrison, Amy se montaba completamente borracha y drogada al escenario…y generalmente su talento se imponía, pero no siempre. Los serbios no estuvieron dispuestos a tolerarla y prácticamente la bajaron a fuerza de abucheos. En Belgrado prácticamente cayó desplomada ante el azoro de la muchedumbre. En Barcelona estuvo a punto de correr la misma suerte, en una de sus últimas apariciones.

Apenas recuperarse, la joven que aparentaba mayor edad, confesó con escandaloso cinismo: “Necesito crearme problemas para potencializar mi fuerza creativa”, y pudo haber agregado el estribillo de Rehab: “Ellos tratan de que vaya a rehabilitación, pero no…no…y no.”. Lo más increíble del asunto, es que, a diferencia de Britney Spears –que por fortuna ya rebasó la edad de los dioses, aunque se siga portando como una Lolita decadente- sus dos únicos discos fueron éxito de ventas y de crítica, y dejó grabado un tercero que aparecerá en septiembre. Su calidad artística y vocal se impuso en todo momento a su deplorable fama. Enamorado de su talento, Brian Adams le escribió una canción titulada Flower grown wild, con la esperanza de hacerla recapacitar respecto a lo que hacía con su vida. Pero Amy parecía decidida a no trascender los fatídicos 27.

¿POR QUÉ “27”?

Mucho antes de que muriera Amy Winehouse, para ser exactos, a raíz de la muerte de Kurt Cobain, mi ídolo de juventud, caí en cuenta de que los más grandes íconos del rock habían muerto a la misma edad: 27 años. Naturalmente existen excepciones, pero de ninguna manera no puede decirse que Elvis Presley, John Lenon, Freddie Mercury o Michael Jackson, por ejemplo, hayan muerto viejos. Rockeros que llevaron –o siguen llevando- vidas más ajetreadas que el propio Elvis, por ejemplo –Michael era hipocondríaco, y eso hace todavía más paradójica su muerte-como Mick Jagger o Keith Richards, tienen cuerda para rato, y sin duda, como el más grande yonky de todos los tiempos, el escritor William Burroghs, rebasarán los ochenta con la mano en la cintura.

Elvis, Freddy y Michael ya eran leyendas cuando la muerte los alcanzó…mientras que Jim Morrison (paro cardíaco a consecuencia de una sobredosis), Janis Joplin (sobredosis de heroína), Jimmy Hendrix (mezcla de somníferos con alcohol), Kurt Cobain (aparente suicidio por sobredosis) y Amy Winhouse (sobredosis de sustancias diversas) eran niños comiéndose al mundo como a un enorme pastel. Me estoy refiriendo, concretamente, a aquellos que murieron por sobredosis de drogas, o que acabaron con su vida de propia mano, pues otros músicos connotados han muerto a los 27 años, por razones diversas: Robert Johnson, conocido como el rey del Delta Blues, fue envenado en un bar por un marido celoso; Brian Jones, uno de los miembros originales de los Rolling Stones, murió a los 27 en circunstancias harto sospechosas que no se resuelven aún: ¿suicidio o asesinato? El caso de Kurt Cobain también sigue siendo nebuloso: el vocalista y líder del grupo Nirvana padecía bipolaridad, y es sabido que este mal psiquiátrico se caracteriza por arranques suicidas…pero es muy insistente el rumor de que su viuda, Courtney Love, lo azuzó verbalmente para que terminara con su vida.

Naturalmente pueden citarse a otros rockeros que han muerto alrededor de los 27, como por ejemplo Ritchie Valens (19) Sid Vicious (22), Buddy Holly (23) John Bonham (32), Bob Marley (36), Michael Hutchence (37)…pero la edad que más coincide, sobretodo, en las circunstancias es 27.

¿Qué tienen de especial los 27, cuando en casi todo el mundo la mayoría de edad empieza a los 21 (a los 20 en Japón)?; cuando cumplimos 33 años, casi invariablemente decimos “Cumplo la edad de Cristo” ¿Qué sentirá un afamado cantante de pop que ha probado de todo y sin embargo no se muere a los 27, y cumple tranquilamente 28, 29, 30, etc? Naturalmente no es obligatorio morir a esa edad para ganarse un sitio de honor en la historia de la música, pero no deja de resultar curioso que cantantes con perfiles tan similares parezcan haber elegido los 27 como edad meta.

Hace un par de siglos, entre tantas enfermedades contagiosas y una medicina sumida en la rusticidad, a nadie le hubiera sorprendido que un gran músico falleciera a los 27 años…mucho menos que se suicidara con láudano, como en tiempos de Goethe. Morir a los 35 como Mozart, o a los 39 como Chopin, no solo fue un hecho natural cuando el promedio de vida era de 40 años… sino casi un milagro que no hubiera muerto antes, dada la muy precaria salud de ambos músicos y la miseria en que vivía particularmente Mozart. Pero en los siglos XX-XXI, con un promedio de vida de 85 años para los países más desarrollados, de donde son oriundos estos músicos…en el pináculo de la fama, lo más avanzado de la medicina a su alcance y un montón de planes, 27 parece una edad con una fuerte carga simbólica, y no a todos los músicos que optaron por cortar su existencia justo en ese momento puede adjudicárseles los mismos motivos. Jim Morrison debe haberse dado cuenta de que estaba muerto hasta que se encontró cara a cara con su admirado Rimbaud; Janis era una incansable experimentadora y buscadora de placeres para quien la muerte debió ser un desenlace natural; Jimmy Hendrix, el más grade guitarrista de todos los tiempos, parecía demasiado maduro para excederse en lo que entonces era más un acto de protesta contra la guerra de Vietnam (el consumo de drogas) y más aún para terminar con su vida en forma deliberada: se dice que no fue suicidio sino aspiración de vómito; Kurt Cobain era un bipolar reacio a atenderse; casado con una bruja que minaba su de por sí destruida autoestima (y hasta la más grande estrella de rock puede carecer de la elemental autoestima)…y Amy Winhouse simplemente se refugió en la muerte –aunque todavía no se sabe si fue suicidio-del cruel asedio de la prensa que gustaba de exhibirla como una piltrafa.

27 años. Edad en que el mundo se mira desde la cima…en que la belleza luce en todo su esplendor, lozana y al mismo tiempo como una interesante promesa de madurez…en que la mayoría inician una vida profesional llena de ilusiones, o creen encontrar el amor de su vida... o estrenan su primer departamento. 27. Quizá para estos jóvenes, que nunca dejaron de ser niños pese a su inmenso talento, esa fue la edad de la desesperación, del cansancio, del sinsentido…de la fuga de un mundo que exige demasiado a simples mortales que, por muy talentosos que sean, son solo humanos…y en muchas ocasiones no más maduros y vulnerables que nuestros propios hijos adolescentes.


Entrevista con Sergio Loman, fotógrafo: La crisis es enemigo pequeño para la creatividad

Foto: Eve Gil
EVE GIL
Sergio Loman (México, 1956) es un fotógrafo obsesionado con aprender y actualizarse continuamente; se auto recicla sin detenerse en lamentaciones respecto a los incesantes cambios tecnológicos que tanto afectan a los artistas del lente. La necesidad de una actualización permanente que de por sí implica el ejercicio profesional de la fotografía, y no tiene empacho en realizar otro tipo de trabajo –actor, por ejemplo, que también lo hace muy bien- cuando surge la necesidad de hacerse de equipo de nueva generación que le permitir caminar a la par de estos tiempos que el sociólogo Giles Lipovevsky denominó Hipermodernidad. Loman es, sí, de naturaleza muy competitiva…pero la competencia es consigo mismo, no le interesa competir con nadie más.

En 1995 compitió con más de 1,000 destacados fotógrafos de todo el mundo para que su imagen titulada “Tamiz Térmico” apareciera en la portada del Art Director Index to Photographers No. 20, publicada por Rotovisión con sede en Suiza, siendo el primer fotógrafo mexicano en recibir dicha distinción. Define su alquimia personal de la siguiente manera: “equilibrio entre técnica y talento, observación entrenada, comprensión de la luz y manejo óptimo de los detalles que conforman la fotografía, lo cual incluye modelos, clientes, escenografía, colores, etcétera, y de esa forma “logra cantar al unísono y en plena armonía una melodía que será reflejada a través de la luz del flash y atrapada en el acetato de tu cámara” (Grandes fotógrafos publicitarios en México, (Kodak de México, S.A de C.V/ Grupo Tragaluz A.C, México, 1977).

Por otra parte, y si bien su principal campo de acción es la fotografía de modas donde ha sido ampliamente reconocido, no existe en este hombre sereno y sencillo nada que nos haga suponer que está “contaminado” por el muchas veces mezquino medio de glamur y veleidades en el que se desenvuelve. Y eso podría deberse a que se ha ganado a pulso cada éxito profesional, sin padrinazgos, ni empujones que no sean los de aquellos junto a quienes aprendió técnicas que poco a poco fue adaptando a su propia personalidad, además de su ya mencionada facilidad para adaptarse a las nuevas tecnologías…aunque alguna vez haya tenido que recurrir al ingenio para colarse en las más altas esferas donde terminó desplazándose como pez en el agua.

“Yo ya tenía en mente una cámara, desde muy niño –comenta, con una sonrisa que solo es posible calificar como “pura”-No tenía idea de qué iba a hacer con ella, mucho menos de que podría ganar dinero…como objeto siempre me atrajo irresistiblemente. Mi hermana mayor me vendió una cámara PENTAX. Le compré además una angular y un lente que me hizo descubrir un mundo asombroso, y descubrí lo fascinante que es experimentar. Además, me gustaba ver trabajar a otros fotógrafos y empecé a admirar y a reconocer su trabajo. Esos elementos –la admiración, el respeto- son imprescindibles para la formación del artista, sin importar cual sea su disciplina.”

Era el año 1982, el joven Sergio era un joven de clase media alta que vivía en la Colonia Nápoles. Sin embargo, para lograr su sueño de ser fotógrafo, tuvo que renunciar a la seguridad de su hogar y de la sopa caliente: “Me salí de mi casa a los 17 años. Me había comprado un carrito verde gracias a un comercial que hice como modelo. Ése era mi dormitorio. No quería que mi familia se enterara cuando me iba mal, pero después me alcanzó para rentar una habitación.”

“Cuando vivía en la Nápoles, todas mis vecinas pasaron por mi cámara –prosigue el fotógrafo sin perder la sonrisa- y se quedaban felices porque se veían mejor que en la realidad. Siempre supe encontrarles el ángulo. También hice una película con ellas, con otra camarita. Esos fueron mis comienzos: soy fotógrafo de modas nato. Mi primer trabajo en este rubro lo realicé sin sueldo, sujeto a prueba. Soy autodidacta. Recuerdo que después que un querido amigo me enseñó sus fotos, le dije “¡qué padre!, ¿cómo le hiciste?”, y me llevó a un librero cubierto de libros sobre fotografía y me dijo “Todo lo que te interese saber, está aquí”. Pues empecé a comprar mis propios libros y a armar un laboratorio en mi recámara. Constuí una ampliadora con una lata de leche Nido, así como un foco, un lente viejo. Junto con este amigo empezamos a fabricar, con segueta y soldadora, todos los tripiés. Fundimos plomo en la estufa para formar la parte central de los mismos. Todo el equipo lo hicimos por mano propia. Las cámaras no, claro, pero sí el equipo complementario.”

En México, sin embargo, lo que aporta ganancias no es el arte, sino la televisión –que por lo general le da la espalda al arte, vamos, ni siquiera se ha dado por enterada de que podría ser no solo divulgadora sino, incluso, generadora de arte- razón por la cual, Sergio hizo sus pininos detrás de una cámara…de video: “Salté al cine y a la televisión, siempre detrás de la cámara. Llegué a soñar con ser director de arte, concretamente en cine, porque en televisión el camarógrafo está muy manipulado por el director, y el asistente es el que mueve los cables, es decir, no aprendes nada, todo es automático. En el cine es otra cosa: aunque ahora la distancia de la cámara se mide con láser.”

Eso no impidió al joven emprendedor consagrar su tiempo libre a su verdadera pasión, y no pasó mucho tiempo antes de ser contratado para campañas a gran escala: “Tomé fotos para un perfume que se llamaba First, y me auxilié con una lancha inflable logré el efecto de las olas del mar chocando contra unas rocas, agarrado por un anzuelo de oro, salpicando y todo. A partir de allí empecé a hacerme cargo de la publicidad de perfumes. Casi de inmediato renté una casa en la Roma. Llegaban los modelos y al verme me preguntaban, ¿dónde está el fotógrafo?, “Pues soy yo”, contestaba. Estaba muy chiquito. Empecé a subir mi nivel y a viajar por toda la república, y había tanta demanda que no tenía tiempo. Trabajé prácticamente con todo mundo. Como fotógrafo comercial, aquella fue mi mejor época.

Entre los empleos que le permitieron reunir el dinero necesario para hacerse de un equipo más que decente, estuvo uno bastante ingrato en la Cineteca Nacional: “Trabajé en el cine móvil, que consistía en llevar películas a las poblaciones cercanas con una camper enorme. Pero eso se acabó por falta de presupuesto, y me pasaron a hacer las sinopsis de las películas. Como yo no le caía bien al jefe de allí, me mandó a la bodega del nitrato para llevar un inventario de las cintas…justo en el año en que la bodega se incendió (24 de marzo de 1982).”

(Recordemos, entre paréntesis, que el incendio de entonces lo atribuyó Arturo Moreno Durazo, director de Policía y Tránsito, a una explosión de 15 litros de nitrato de plata empleado para la conservación de las cintas).

“No me gustaba el trabajo- prosigue Sergio- Mi obsesión era la fotografía, pero recuerdo que allí había un fantasma y me apagaban la luz. Salía a ver quien había sido, y no había nadie. Se movían las lámparas frente a mí y todo eso, pero terminé haciéndome amigo del fantasma, que era un chavo de 18 años… y yo tenía 23. Le dije: “Ya estoy harto de estar aquí. Si me ayudas a salir, yo te ayudo”

Por supuesto, no todo se lo dejó al fantasma: “Me salía en las tardes, con un álbum bajo el brazo, a buscar trabajo y repartir tarjetas, y me salió la oportunidad de montar una exposición en Canadá, patrocinada por el gobierno. Yo solo tenía una cámara chiquita, pero me proveyeron de una HAZEL BLACK y me prestaron un helicóptero para tomar las partes más importantes de la ciudad y armar un mural con ellas… ¡y renuncié a la Cineteca! Dos semanas después de mi renuncia, ocurrió lo del incendio. Y siempre he pensado que todo se lo debo al fantasma, al que, por cierto, liberé con un ritual.

Sergio Loman fue asistente, en plan de segunda cámara, de otro gran fotógrafo publicitario, el estadounidense Steve Lynch que habría de ser su mejor amigo y mentor. Éste llegó a México para hacerse cargo de la campaña de una cigarrera en 1970: “Yo era el que cargaba las maletas –ríe Sergio. No sé si creerle- Pero cuando Steve decidió tomarse un descanso, me cedió la cuenta de El Palacio de Hierro … bueno, en realidad un amigo me avisó y de inmediato me puse un traje y me les presenté… y al día siguiente empecé a trabajar con su catálogo, y hasta entonces me di cuenta que ya podía. Lo difícil fue hacerme de equipo: me di cuenta que llegaban modelos y se ganaban por sesión lo que yo ganaba en un mes…pues que me voy al gimnasio (más risas), me vuelvo “metrosexual”, que todavía no estaba en boga el término, y empecé a modelar. Lo hice incluso para el propio Steve Lynch que me incluyó en sus catálogos. Y lo que gané lo invertí en equipo fotográfico. A Steve le sigo diciendo “Papá”

En el 95 hizo la portada del ARTS DIRECTOR y empezaron llamadas de todo el mundo, de España, de Alemania “Me pedían fotos para libros y revistas, o me pedían que diera conferencias sobre mis técnicas. Regreso a México y me dan la campaña de Coca-cola. Por lo menos ese año fue como un sueño hecho realidad.”

La situación del país, que ha afectado a los mejores artistas de nuestro país, sin importar cuántos logros hayan cosechado en el exterior, así como la declive de la cámara digital y la imposición de los bancos de imágenes que facilitan el trabajo de los publicistas en detrimento del verdadero arte, han afectado seriamente el quehacer de Sergio Loman, que sin embargo no se detiene a llorar lo que para otros pudiera ser considerado un fracaso: “Si tú quieres una ballena, hay diez mil para escoger. Y luego está el photoshop, con el que, personalmente, he optado por conciliar mis diferencias porque no se puede negar la realidad. No niego que experimento nostalgia de la época en que el impresor solo aceptaba placas de transparencia, y éstas tenían que ser perfectas, y yo soy un amante de los retos y de la perfección aunque me lleven mucho más tiempo que con un programa de computadora. Añoro también la época en que hacíamos los efectos con reflectorcitos y espejitos, y ahora con el photoshop los diseñadores acapararon ese trabajo, y si bien eso afectó muchísimo a los fotógrafos, considero que es necesario dominar esas mismas técnicas para no quedarse rezagado. El talento puede mucho más que los más sofisticados adelantos tecnológicos…y estos, por su parte, de poco sirven si detrás de ellos hay alguien sensible y creativo que le dé un uso óptimo.

Sergio, que había dejado de lado su etapa de modelo y actor, no tuvo empacho ni complejos en retomarla con la única finalidad, otra vez, de reunir dinero que le permitiera hacerse de las últimas tecnologías con que los diseñadores gráficos pretenden desplazar a los fotógrafos del ámbito comercial, “volví a hacer castings como actor, y allí aprovecho para repartir tarjetas entre otros actores. Como empecé, cerré el ciclo. Salí del carrito verde, y regresé a él…metafóricamente hablando. Mira, allá está afuera, descompuesto (risas). Pero confío en que todo va para arriba. De cualquier manera siempre he sentido un poco de nostalgia por mi época de chavo, cuando andaba en camión…me emociona más el recuerdo de mis comienzos, que el del punto alto de mi carrera cuando realizaba sesiones a bordo de yates de millonarios, y eso se debe a que soy adicto a aprender nuevas técnicas…y uno nunca aprende más que cuando es joven y empieza de cero.

Pero independientemente de su retorno a los castings a que lo orilló el declive del trabajo fotográfico, que nada tiene que ver con su talento como fotógrafo, que se incrementa día a día, tuvo tiempo qué dedicarle a una disciplina que había sacrificado en nombre de lo que le daba de comer, que era la fotografía publicitaria: la fotografía de arte: “Se me ocurrió durante un viaje en el metro, cuando observé cuidadosamente a las personas que viajaban conmigo. Mi situación ya era difícil entonces, y me pasó por la mente que todos los que viajábamos en aquel vagón éramos unos muertos dentro de un ataúd subterráneo. No hay emociones que se muevan, pensé. Y yo no quiero estar muerto…necesito hacer algo nuevo. Y decidí escribir un libro titulado Semjase (EDAMEX, 1999). Creo que desde entonces ya no uso el metro, y ando en bicicleta…no por elitista, sino porque no soporto ver tantas caras largas (risas) Además, es un excelente ejercicio.”

Semjase es en realidad la secuela de una novela del propio Sergio titulada Xochipilli, que escribió durante el momento más crítico de su existencia cuando al desplome de la fotografía se suscitaron una serie de hechos dolorosos para su vida personal, como fue su divorcio. Semjase es mucho más que un libro sobre cuestiones místicas y paranormales que pueden dejar fríos a los más escépticos. Lo que no deja frío a nadie son las extraordinarias fotos que las acompañan, aunque el papel no sea demasiado fino. Y sí, son fotografías en blanco y negro, detalle que solo un ignorante puede calificar como defecto, pues el blanco y negro –y eso lo saben los más connotados fotógrafos –impacta mucho más al ojo humano porque reproduce con mayor fidelidad lo que este ve. Aún así, Sergio reconoce que la idea original era presentarlas a colores: “Originalmente Kodak patrocinaría ese trabajo… pero se vino la crisis y por ello tuve que recurrir al blanco y negro…pero a fin de cuentas eso le dio mayor realismo a las imágenes.”

“Mientras escribía ese libro –prosigue el fotógrafo mexicano- empezaron a moverse muchas cosas en mi vida. Se trata de una crónica pero escrita con mucha emoción. Intenté rescatar mi matrimonio con este libro… pero ella ni siquiera lo leyó.” Su extraordinario trabajo fotográfico, sin embargo, reunió una serie de cosas que difícilmente se verá en otros libros de arte, como por ejemplo el cráter del Nevado de Toluca a 4 3000 metros sobre el nivel del mar; la Pirámide Kukulkán en Chichén-Itza, el avistamiento de un ovni…y otras fotos de impresionante belleza que capturan a un México que nunca desaparecerá por más corrupción…por más sangre derramada en torno nuestro. Como bien dijo el príncipe Xochipilli: “Moriremos para renacer en/ Los jardines floridos del Tlalocan,/ Transformados en flores, mariposas y/ brillantes colores del arcoíris:/ Iluminarán nuestro camino de/Conocimiento hacia/La luz infinita.”

“Cuando estuvimos en Xochipilli nos íbamos a acampar al Popocatepetl y caminábamos al amanecer a tomar fotos del paisaje. Yo gané un concurso de los paisajes de fotos y mi amigo MANOLO ganó otro. Lo curioso es que en un lugar energético de estos no es fácil trabajar en esto, se congelaban los tripiés, se empañaban los lentes, las pilas se bajaban. El de Xochipili (EDAMEX, 1996) es en la montaña del Popo y el de Semjase es el Nevado, entonces nos quedábamos a dormir allí, con un frío terrible.” Y todo ello, hay que agregar, sin fines de lucro: solo amor al arte y a un país que insiste en ser pródigo con los artistas a través de sus maravillosos paisajes y leyendas…los gobernantes son otra cosa. Ni siquiera se les puede denominar “mexicanos”.

“Actualmente –concluye optimista el fotógrafo- la foto publicitaria no deja mucho lugar a la creación. Existe la posibilidad de proponer, aunque a veces se vuelve tedioso…y no falta quien te robe una idea. A mí me han robado slogans. Luego se paran el cuello con tus ideas, y eso inhibe un poco la creatividad también. En cierto modo es como vivir un sueño terminado…para comenzar otro nuevo… porque nunca pierdo la esperanza de encontrar un nuevo camino que me permita crear, crear y crear.”

Existo luego pienso

Por: José Bermúdez

En dos mil cuatro, el escritor inglés Mark Haddon llegó con una obra que revolucionaría para siempre las publicaciones que trataran sobre autismo. “El Curioso Incidente del Perro a Medianoche” (Salamandra, 2004) se convirtió rápidamente en el espejo que reflejaría la situación que viven cientos de niños alrededor del mundo; un filtro por el cual los humanos lograríamos ver un poquito más de cerca aquel mundo lleno de lógica y rectitud. Por ello se le concedió el Premio de la Commonwealth al Mejor Libro.

Unos años después, acá en occidente, la escritora sonorense Eve Gil dio un electrochoque al género mangako con el que le devolvió nueva vida, este choque eléctrico (queriendo o sin querer) también contuvo rasgos autistas. “Sho Shan y la Dama Oscura” (Suma de letras, 2009) fue una obra apreciada por los lectores y hoy día, aún no deja de causar vibraciones emotivas en cada uno de los nuevos seguidores que alcanza.

Este dos mil once llegó un nuevo libro como muchos otros, y, como muchos otros, causo revuelo entre los ávidos lectores que devoraron sus páginas. Pero hay algo que hace un tanto especial a esta obra de las demás, y esto es:

…El mar…

…la playa de arena blanca…

De esta forma, Sabina Berman en su novela “La mujer que buceó dentro del corazón del mundo” (Planeta, 2010) inicia el relato de doscientas ochenta y cuatro páginas que se irían como una sola…

Entonces, en el recuento estaba Haddon con Christopher John Francis Boone, el chico que conoce las capitales de todos los países del mundo, la teoría de la relatividad y puede recitar los números primos hasta el 7,507. Luego Eve con Lulú, la niña de preescolar que es acusada de haber asesinado a su mejor amigo, Toto. Y ahora Berman con Karen, la zootecnista que nace gritando a todo pulmón, completamente formada, pelona; con todo y calcetas y huaraches puestos. Todos estos caracteres son, de alguna u otra forma, autistas. Mark no lo dice, Gil lo menciona furtivamente como AS (Asperger’s Syndrome) y Sabina lo grita: Autista.

Ya está, el punto al cuál quería llegar, la etiqueta que propuso Leo Kanner hace muchos años y que luego Hans Asperger le dio un subtipo, algo así como un hijo: El síndrome de Asperger. Esta condición autista (encerrado en uno mismo) sugiere sutiles cambios entre un caso y otro caso, y sin embargo, el mismo espectro se manifiesta así: relación interpersonal deteriorada, puntos extremos de conducta y de actitudes (y aptitudes, obviamente) y una genialidad imparable.

Karen es así como es Karen.

Karen es así como es Yo. Porque para Karen, Karen es Yo…

Berman supo en qué medida dosificar el autismo en las palabras. Como ya he mencionado, las doscientas y tantas páginas escurren por la vista como si fueran un solo folio y a través de estas -¿o de esta?- vamos mirando a través de unos ojos tan puros como la luz de un bosque sano, al ambiente estéril (y no me refiero a lo limpio sino a lo infructuoso) contrapuesto a esta clareada bondad. Y así llegamos a conocer a una chica que se ha convertido en la tácita heredera de una industria atunera y de un caserón antiguo, y que de alguna forma, ataviada en su traje de neopreno, nos logra llevar hasta los litorales de Mazatlán e incluso, sin ahogarnos, nos sumerge en las aguas azules del pacífico mientras la pesca se lleva a cabo desde arriba; bajo la tradición ancestral de pescar atunes con arpones delgados. Karen se adentra en su cápsula semipermeable llamada “autismo” separándose así del mundo al que no pertenece y que sin embargo, ha sido destinada a vivir, a pensar y a existir; esto, en el orden que ella quiere: existir… luego pensar. Llenar los pulmones de aroma de limón y comer lenguas de atún caro en medio del océano… ¿Por qué entonces pensar si se puede existir antes? ¿Quiénes son los autistas? ¿Los de éste lado o los del otro? Y mientras, la pesca sucede y el mar se ha teñido de rojo sangre.

Una faceta activista a favor del medio ambiente es llevada a lo largo de la trama. Karen se va a estudiar a “otro país.” Estudiará Zootecnia sin saber porqué; bajo órdenes de la tía tutora.

La niña greñuda, Yo, aquella mugrosita que tiene la marca del salvajismo humano cruzando su espalda, surcándola en diagonal de un lado al otro, ella se convertiría en una activista ecológica para salvaguardar los atunes azules y luego, será reconocida en los pódiums más altos y honorables. Increíble pero antes de nacer, su madre le ha hundido en las bajezas del animalismo y como castigo cayó en la putrefacción del olvido donde se quedaría para siempre. Murió una vez y luego otra vez, luego para siempre. Entonces Karen ha nacido, su tía le ha dicho “Yo” y ella “Yo”, luego “Tu”; después millares de papelitos de colores bañaron el universo y en seguida universitaria. Una adolescente que nunca dejó de ser Yo; ella misma dentro de Karen. Al final:
dentro del corazón del mundo.
 
Nota: José Bermúdez, un joven talentosísimo de cuya amistad me ennorgullezco y al que siento un poco mi hijo, tiene algo en común con las protagonistas de mi novela, Sho-shan y la dama oscura, y de Sabina Berman, La mujer que buceó dentro del corazón del mundo: Síndrome de Asperger.  
 
Por favor, visiten su blog, Im a nurse boy aspiring. Quedarán deslumbrados (y quienes albergan la peregrina idea de que los aspies son "genios idiotas", como alguien lo llamó alguna vez, lo pensarán dos veces antes de dudar de sus capacidades, sí, diferentes...porque son más sensibles e inteligentes que la mayoría.