¿Y los niños "diferentes", cuando?


Me parece súper bien que inauguren universidades para adultos de la tercera edad... pero me pregunto, ¿cuándo pensarán en los niños con "capacidades diferentes" (autistas, hiperactivos, Aspergers) que son indiscriminadamente echados de las escuelas "normales" porque no existe personal capacitado para atenderlos? En un sistema escolar donde lo único que se espera de los niños es obediencia y sumisión, estas criaturas son discriminadas sin ton ni son.

En la foto: el doctor Hans Asperger, quien descubrió el síndrome que lleva su nombre. Una combinación de autismo e hiperactividad.
Más sobre el AS en Sho-shan & la dama oscura

Últimos días de Sándor Márai

Por: EVE GIL
Ninguna de las novelas del autor húngaro Sándor Márai resulta más conmovedora que sus Diarios, y muy especialmente los que comprenden los últimos tres años de su vida: 1984-1989.
Nacido en Kassa, en 1900, radicado en San Diego, California, al momento de escribir sus últimas líneas, en su natal húngaro con el que escribió su obra toda, Márai contaba cerca de noventa años cuando decidió terminar con su vida. Solo dos cosas lo habían tenido al pie del cañón: su querida esposa Lola, mucho más enferma de él y que no tiene quien la cuide, excepto el propio Márai, y los libros que le quedan por leer o releer, como El quijote. Por escribir… Márai ha decidido que el último de su producción será el que se encuentra corrigiendo, “mi novela policíaca”. A estas alturas de su existencia, la única escritura que parece entusiasmar al autor de La mujer justa (la más grande novela psicológica que sobre una mujer ha escrito autor varón, desde Madame Bovary), es su Diario que recoge hasta los instantes más trágicos de su existencia, sin traicionar a la perfección formal que le caracteriza, ni siquiera cuando ha perdido las dos últimas cosas que lo ataban a este mundo: Lola… y la visión. Cada día que pasa, a Márai se le dificulta más su ritual de leer poesía húngara por las noches. El glaucoma se agudiza no obstante haberlo combatido con la misma energía con que en sus años mozos combatió los “ismos” (nazismo/ comunismo: ¿a cual irle?) que lo orillarían a exiliarse de Hungría, en 1948. El desencanto, que lo acechaba ya desde los cuarenta años –y del que lo salvaban el amor y la literatura-, se apodera de él ante las irremediables pérdidas: incluso su hijo adoptivo, de apenas cuarenta y dos años, se le adelanta en el viaje sin retorno. Contrario a lo que suele ocurrir, la fe religiosa de Márai ha ido decreciendo al paso de los años y concluye en una negación terminante al verse literalmente despojado: “(…) esa fe llorona –denomina al catolicismo en que fue criado-, espasmódica y vocinglera podría considerarse eso que suele denominarse una “huida hacia delante”. Tamaño fervor sólo puede apuntar a una necesidad de escapar de algo (…) Toda religiosidad sectaria y fundamentalista me evoca las palabras de Gide, quien escribió: “Paul Claudel pensaba que se puede llegar al cielo en coche-cama”.
Las páginas del diario de Márai registran lo mismo los pormenores de la agonía de Lola -cuyo verdadero nombre era Ilona Matzner-, que las lecturas que los acompañaron en aquellos tortuosos días y su ideología poco ortodoxa sobre cuestiones políticas y religiosas. Denota, incluso, cierta misantropía que oscila, luminosamente, entre el odio y la identificación con los mismos que desprecia y/o compadece: los negros, los mexicanos… los propios norteamericanos, que, a decir de Márai, se imaginan a los húngaros como condes vestidos de gala, nobles empobrecidos de inefable gorrito… o en todo caso, miserables campesinos acarreando su hatillo. Las más demoledores, sin embargo, son sus juicios respecto a la nueva literatura húngara y la visión mercantilista del medio editorial: “Hoy en día, el escritor que intenta crear algo diferente de lo que la industria del consumo produce para alimentar a los lectores es como el cojo que anda con prótesis, pero de todas formas intenta presentarse en una carrera de cien metros.” La proximidad de la muerte o, mejor dicho, su desesperada invocación de la misma, particularmente tras la viudez –estado que él considera obsceno, “a mi edad”- lo vuelve obsesivo, pero también exacerba una consciencia crítica que nunca se repliega ni resigna. Tras la muerte de Lola, Márai deja fluir, sin el pudor que le caracteriza, sus sentimientos por su compañera, junto a la que corrió la aventura del exilio y con quien compartió el duelo por su único hijo biológico, muerto en la infancia: “(…) Esta mujer hermosa, con su belleza ennoblecida por la vejez, sigue en su cuerpo maravillosamente intacto (…) Eso de que la vida imita al arte a veces es verdad (…)”
Al final, erigido sobreviviente último, no solo de su familia, sino de toda una generación de escritores húngaros, Marai no se resigna a esperar que el destino lo abrace. Apenas fallecer Lola, compra un arma de fuego. No la usa en el acto, no se atreve, aunque esa arma le confiere la sensación de control sobre sí mismo. Transcurren dos años antes de la señal que aguardaba, la inminente hospitalización que le quitará lo último que le queda: la dignidad. Hasta en su mensaje de despedida, dirigido al vacío, acaso a la señora de la limpieza, Sándor Márai sigue siendo el máximo exponente de las letras húngaras contemporáneas y un clásico de la gran literatura del siglo XX.

Diarios 1984-1989
Sándor Márai
Salamandra narrativa
Traducción del húngaro: Eva Cserhati y A.M Fuentes Gaviño
Barcelona, 2008
219 pps.

La subversión de la feminidad radical o la "tercera mujer", según Blenda

Por: EVE GIL

El verdadero arte es catártico, no solo para el artista sino para los implicados en la obra. Para el receptor en especial. Es él o ella quien da sentido al libro, al cuadro, a la película. Quien re-crea al experimentar la catarsis que legitima a la obra de arte, porque el arte de verdad no puede dejar indiferente… y en casos extremos te hace sentir que se ha robado una parte de ti.
La reflexión viene al caso porque contemplando las fotografías de Blenda me vino a la mente un recuerdo de adolescencia que había erradicado por completo: contando diecisiete años, satisfechas las necesidades básicas de techo y comida –relativo esto último pues era anoréxica-, había otra que me obligaba a buscar empleos temporales para satisfacerla. Trabajé, entre otras cosas, envolviendo regalos en una tienda, asistiendo a un mago y como hostess en un restaurante de postín. En ninguno duré más de tres meses, pero sacaba lo necesario para abastecer aquel “vicio”: comprar revistas Vogue americanas.
¿Cómo es posible que recuperara aquel trozo de memoria mientras repasaba las fotografías de Blenda? Es que ahí estaba: la muchacha escabulléndose al baño con una revista medio oculta entre los brazos. Su actitud evoca la de alguien que se dispone a ingerir o inhalar alguna sustancia que exige intimidad absoluta, cuando todo lo que esa muchacha quiere es entregarse al vértigo perfumado de una abultada revista europea, según se aprecia en la segunda secuencia. La joven devorando revistas con el mismo frenesí con que otra parece a punto de chuparse los dedos tras mordisquear una colosal barra de Hershey’s, dejando en el espectador la sensación de haber asistido a un espectáculo impúdico, privado…
Y luego aquella otra chica ataviada en lencería, postura totalmente desenfadada… y con tenis… de nuevo me vi. La gente tiende a creer que mi empeño en usar tenis y calzado de varón obedece a una pose, cuando en realidad los llevo porque la deformidad de mi pie derecho no me deja otro remedio, y tuve que hacer de estos un símbolo de rebeldía, mi manera de increparle al mundo: ¿por qué carajos he de renunciar a la comodidad en nombre de la belleza?
Ese mismo mensaje me devuelve la foto antes descrita.
Pero la cosa no termina ahí… ante mis ojos surge la inquietante imagen de una muchacha semi desnuda, consultando con ansiedad una cinta métrica que sostiene con los dientes. Otra representación fársica de la idea tradicional de la feminidad que, sin embargo, lejos de renunciar a la belleza, exhibe esta como arma y no como llamado. La actitud de la joven de la fotografía es un escupitajo al rostro de una sociedad que, al tiempo que exige la esbeltez extrema en las mujeres, persigue a quienes, buscando alcanzar dicho ideal, caen en lo enfermizo. Es, en pocas palabras, una imposición de respeto a la intimidad de las mujeres. A su cuerpo, que es suyo y de nadie más.Blenda ha logrado, pues, lo que siempre creí imposible: darle un rostro universal al volátil concepto de feminidad. He sido férrea defensora de la individualidad, detractora de los conceptos absolutos de “feminidad” y “masculinidad” y sigo convencida de que tal cosa no existe, porque nadie es radicalmente mujer, ni totalmente varón, tengan la orientación sexual que tengan. Los artistas se distinguen por explotar su feminidad o masculinidad alternas, algunos más que otros. Blenda ha sabido meterse de lleno en su parte femenina, al grado de fragmentar y subvertir el concepto de “feminidad” de tal suerte que cualquier mujer puede verse reflejada en sus imágenes. Siempre he creído que lo esencial femenino, en caso de existir, distaría años luz de la fragilidad con que se tiende a caracterizarlo (o caricaturizarlo). La biología femenina debiera bastar para desmentir dicho estereotipo: una naturaleza endeble sería incapaz de dar vida, de sobrevivir a los síntomas del embarazo, ya no digamos al dolor del parto. Lo que los retratos de Blenda exhiben, entonces, es la negación del cliché de lo femenino a través de la exhibición de una feminidad radicalizada. Sugeriría, incluso, que “la mujer” de Blenda es lo más próximo a la “tercera mujer” de Gilles Lipovetsky. Siguiendo la propuesta del sociólogo francés, La Mujer de Blenda es una negación de la Primera Mujer –la Despreciada- y una ironización de la Segunda Mujer (la Sagrada):

“… con la pos-mujer de su casa, el destino femenino entra por primera vez en una era de imprevisibilidad y de apertura estructural (…) Todo, en la existencia femenina, es ahora objeto de elección, de interrogación y de arbitraje (…) entregadas al imperativo moderno de definir e inventar, retazo a retazo, su propia vida. Si bien es cierto que las mujeres no llevan las riendas del poder político y económico, no cabe la menor duda de que han adquirido el poder de gobernarse a sí mismas sin vía social preestablecida ninguna (…) La primera mujer está sujeta a sí misma; la segunda mujer era una creación ideal de los hombres; la tercera supone una autocreación femenina (…)”[1]

Estas mujeres, ejerciendo escondidas en el baño el rol impuesto por la sociedad, y la serie de detalles que acompañan sus actos, reflejan renuencia a la sumisión, poderío sobre el propio cuerpo y, sobre todo, una doble trasgresión, pues al tiempo que exhiben la bulimia, la anorexia, la frivolidad, la vanidad, la traición de género y hasta el asesinato como algo cotidiano y hasta glamoroso, los cuestionan. La modelo deja de ser objeto y pasa a ser sujeto. La narrativa de estos retratos parte del fotógrafo pero es completado por la modelo, lo que refleja una retroalimentación inusual, extraordinaria. Quizá por ello, lejos de buscar la belleza insustancial, Blenda opta por trabajar con actrices, con mujeres inteligentes que sepan hacer de su propia belleza algo relativo e inclasificable.
Pero… ¿Quién es Blenda?
Su apellido suena a nombre de mujer. Su icono es una imagen femenina que combina la belleza con la fuerza: seriedad, arrogancia, portentosos pómulos, cabellera en libertad. Pero Blenda es su apellido y Roberto su nombre y prefiere permanecer oculto tras el lente, dueño no absoluto de un mundo donde las mujeres son fieras en libertad; mujeres riéndose de sí mismas y del mundo, ostentando su belleza como algo deliciosamente egoísta que solo les compete a ellas.[1] La tercera mujer, Anagrama, Col. Argumentos, Barcelona, Sexta Edición, 2007, traducción del francés: Rosa Alapont, p. 219. Las cursivas son mías.
Más sobre Blenda, aquí

Virtus: Ciencia & política ficción

Por: Imanol Caneyada

Veo a los académicos torcer el gesto al escuchar el término de ciencia ficción. Subgénero, género menor o científicos jugando a novelistas son algunas de las expresiones que inspira, las cuales, además de su carga peyorativa, anulan habitualmente el análisis del texto en cuestión e impiden que la calidad del mismo o la falta de ella construyan el aparato crítico.
No es la primera vez que expongo que la tradición realista de las letras españolas (mientras que podemos seguir los pasos históricos del Mío Cid, Roland o Sigfrido, sin embargo, son un pretexto para la épica fantástica) se ha convertido en un obstáculo para que en nuestra literatura florezca una tradición sólida en el terreno de la ficción científica. Por ello, en México, salvo un puñado de marginales, entre otros, Mauricio José Schwart, Alberto Chimal, Lavín o Gabriel Trujillo, que han dedicado una buena parte de su obra al género que nos ocupa, la mayor parte de los narradores ha abordado la ciencia ficción de una manera tangencial, como un juego, una especie de debilidad pasajera, un amante irresistible que ha de permanecer oculto.
Es el caso de la sonorense Eve Gil y su Virtus (Editorial Jus, 2008), una antiutopía futurista que exacerba las aberraciones de nuestro tiempo y que, por lo mismo, encaja a la perfección en nuestra escasa tradición de literatura científica. Miguel Ángel Fernández, en su ensayo “Los cartógrafos del infierno”, comenta lo siguiente: “Sin tomar mucho en cuenta las nuevas tendencias, generalmente la ciencia ficción mexicana ha preferido las visiones infernales o antiutópicas no solamente por resultarle más fascinantes que las celestiales, sino porque la sicología del mexicano generalmente lamenta su presente, detesta su pasado y, por lo común, teme por su futuro”.
La antiutopía tiene sus máximos exponentes en Orwell (1984) y en Huxley (Un mundo feliz), con quienes la autora reconoce la deuda, e incluso va más allá, y guiña el ojo a los lectores para que abiertamente aceptemos la tutela de ambos novelistas ingleses. Virtus es, en ese sentido, una renovación de los peligros de la tecnología al servicio de los totalitarismos que en el caso de Un mundo feliz o 1984 se disfrazan de advertencia, pero que en la novela de Eve Gil (y esto es lo aterrador), la sensación de “¡en la torre, esto ya está ocurriendo!”, se convierte en una pesadilla de la que no nos preserva ni la hipótesis futurista. Es decir, Virtus se trata de una novela que debe leerse en el presente, desde el pasado, y olvidarse de que el año 2068 es el tiempo de la voz narradora.
Desde esta perspectiva, la Gil nos invita a jugar a las adivinanzas, a ponerle el nombre de varios de nuestros indescriptibles políticos y empresarios (esos que especulan con la crisis) a los personajes que desfilan a lo largo del relato. Mira, este es Fox, se dice el lector. Y ése, Salinas Pliego. Y aquél, Azacárraga. Y el de más allá, Slim. Y claro, también Martita: animal político que únicamente preda en Latinoamérica.
Así, Eve parte de un género con escasa tradición en nuestras letras para llevarlo al terreno en el que los hispanohablantes mejor nos movemos, el del realismo. Porque Virtus, a fin de cuentas, desnuda del artífico futurista, se trata de una novela política atrozmente realista.
Cuando terminé de leerla, experimenté el mismo desaliento que al enfrentar el Homo videns, de Sartori. Sé que este último es un ensayo mientras que el de Eve Gil lo catalogaríamos como… un momento: ¿novela? Bueno, sí, una novela que se enmarcaría en esta corriente secular que declara la muerte de la misma como un vehículo para contar historias, y la renueva desde el discurso ensayístico, filosófico y existencial. Es decir, la anécdota de Virtus, que no se esfuerza en la originalidad (un antecedente inmediato sería Matrix, por ejemplo, además de los ya mencionados), no pretende sorprender al lector, sino que funge como pretexto para celebrar, por un lado, las posibilidades del ensayo histórico como recurso literario, y por el otro, la memoria como obligación social. Los pies de página aludiendo a autores espurios o no, la cita textual inmersa en el discurso narrativo y el propio tono escritural –emparentado más con Kundera que con Cormac McCarthy, verbigracia— acosan al lector para que el artificio narrativo se esconda tímido y deje paso a la persistente sensación de estar leyendo una reflexión sobre una realidad que, al prender la televisión, se afirma en su crudeza.
Desde luego que Virtus posee una estructura narrativa y una trama que responde a las reglas de la ficción. Desde los postreros años del siglo XXI, una científica nos cuenta en primera persona el proceso de enajenación virtual que sufrieron los habitantes de México en manos de un grupo de políticos y empresarios identificado como el Ventrílocuo. Gracias a un microchip instalado “voluntariamente” en el cerebro, los pobres ciudadanos de esta nación en constante zozobra percibían una realidad virtual donde el sufrimiento, la miseria, la violencia, la tristeza y la angustia desaparecían, para dar paso a un mundo hedonista y literalmente color de rosa en que las personas dejaron de pensar, el paternal totalitarismo se justificaba en la perpetua felicidad, la conciencia fue sustituida por eslóganes y la política, por publicistas. Esta científica, Juana Inés, nos relata cómo, a sus nueve años, la red sufrió un ataque terrorista que terminó con Jauja provocando el suicidio colectivo de la mayor parte de los habitantes de este país de juguete, y en el que sobrevivieron únicamente aquellos que lograron usar el hemisferio izquierdo de su cerebro en el momento de la catástrofe.
Las peripecias y la reflexión van alternándose a lo largo del relato en voz de esta sobreviviente que desde su recuento clama para que el olvido no sea, una vez más, el socorrido recurso que nos narcotiza y nos invalida como individuos y como sociedad. Curiosamente, al final, a pesar de la lluvia de términos cibernéticos, el personaje nos plantea como salvación esa vieja premisa ética que sortea modas, corrientes, escuelas, tendencias y cataclismos del pensamiento. Esa vieja premisa ética que podemos encontrar en los mitos fundacionales judeocristianos: el ineludible, siempre difícil y gratificante libre albedrío.


Imanol Caneyada es narrador sonorense, ganador de diversos premios literarios a nivel local y nacional. De los más propositivos autores de la frontera norte.

La reina baila hasta morir


Por María Antonieta Mendívil

La reina baila hasta morir es el libro que esta mañana nos convoca en el marco del Festival Alfonso Ortiz Tirado
Pero no puedo hablar del libro antes que de la autora, porque tampoco podré hablarles mucho de estos cuentos sin hablarles ampliamente del narrador que nos cuenta en este libro.
Eve Gil es un caso único en la literatura mexicana actual: escritora prolífica antes que nada, lectora voraz, reseñista crítica, activista cultural comprometida, bloguera intensa, muy atenta aficionada epistolar, periodista cultural y promotora de jóvenes escritores, sobre todo cuando se trata de paisanos sonorenses.
Eve Gil es una escritora que, como todos los que intentamos escribir en estas tierras, guardaba sus escritos en el cajón de un buró, pensando que llevarlos a las editoriales era una travesía más incierta que la vuelta al mundo en globo aerostático.
Pero Eve Gil hizo algo diferente que no recuerdo haya hecho otro autor sonorense. Después de tener el éxito regional que un escritor local puede tener, es decir, ganar premios y conseguir ser publicada por instituciones de Gobierno, se lanzó al vacío. Sí. Así: Un día agarró a su nena, sus cachivaches, sus manuscritos y se marchó al D.F.
Muchos se van al DF, cierto, pero ninguno se queda; y alguno se habrá quedado, pero no vuelven nunca más a oler el ambiente literario de su tierra.
Eve se sigue asumiendo, orgullosamente, como una escritora sonorense. Eve tan sigue en el DF como tan continúa en contacto con su tierra, promoviendo autores sonorenses, estrechando lazos con las generaciones emergentes, acudiendo a nuestras ferias del libro y escribiendo en publicaciones regionales.

Eve Gil tiene en la ciudad de México sus espacios en los principales suplementos. Y ya ha hecho tradición con su blog La trenza de Sor Juana, que promueve la literatura escrita por mujeres. Ha ganado importantes premios.
Esta trayectoria y espíritu inquieto de Eve bien vale la pena mencionarse. Pero además yo necesito hacerlo, como un reconocimiento, en primer lugar, y en segundo lugar, como una manera de abordar este libro.
Después de leer algunas otras obras de esta autora, con La reina baila hasta morir queda claro ante mí un estilo ya maduro y característico de Eve Gil: un narrador dicharachero, irónico, que hace guiños sarcásticos al lector, y que siempre está ahí: fabulando, cuenteando.
Es que el secreto de un autor y de una obra está en el tipo de narrador que elige. Con “narrador” me refiero a la perspectiva desde la cual está escrita una obra, o la perspectiva desde la cual está contada una historia. Claro, cada obra requiere de su propio narrador. Pero resulta que descubrí en Eve Gil un narrador peculiar. Es como cuando somos niños y nuestra abuela nos cuenta historias fascinantes, y tenemos ese deleite morboso de saber que no es cierto lo que nos cuentan, aunque deseemos fervientemente creer que sí.
El narrador de Eve Gil es un narrador que nos cuentea, que fabula manteniendo siempre una complicidad con el lector; es decir se distancia un poco de los personajes y las anécdotas que cuenta, y cuchichea ironías con el lector, sí, como si fuera posible reírse con el lector sobre aquello que está aconteciendo en el mundo de los personajes.
Este narrador es ambivalente en ese sentido: narra historias con lujo de detalles para construir personajes y sus anécdotas, historias que conmueven, repugnan, enternecen; por otro lado como lectores somos en manos de este narrador un guiñapo como sus personajes, movidos al vaivén de sus vueltas de tuerca; y a la vez este narrador nos mantiene en ese otro margen, un punto de fuga desde el cual podemos observar a los personajes como vouyeristas, en un palco de honor donde nos acompaña el narrador con su sarcasmo y notas al margen.
El oficio, la maestría y la elasticidad que consigue Eve Gil en sus cuentos es una muestra de la madurez alcanzada. Y es la que hace su estilo tan lúdico, disfrutable, irreverente.
En la reina baila hasta morir tenemos un puñado de historias.
En “Alicia o el diablo”, una niña campeona en armar el cubo de rubick recuperada después de un largo secuestro. El narrador juega con nosotros burlándose de los códigos sociales dictados por la sociedad actual: la experiencia personal vuelta mediática, el ejercicio mental del cubo de rubick que cede ante la enajenación de la televisión (los guiños que nos hace el narrador son hilarantes). En “Cenicienta Hardcore” una famosa actriz de televisión cita mediante Internet a amantes ocasionales para tener sus aventuras. El narrador se preocupa por mostrarnos la infancia y juventud del personaje lo que explica esta conducta, pero a la vez guarda esa complicidad distante con el lector. [lectura pag. 29]
En “Las abuelas”, una niña que habla para molestar a su abuela que la desconoce como nieta, pasa, ante los ojos del lector, de la broma infantil al estrujamiento por el dolor profundo de la niña, hasta el final conmovedor e inesperado.
En “Ataraxia” y “Cerridwen” el narrador juguetea con la complicidad del lector montando un cuento infantil o un mito inocente en ambientes de oficina, convirtiendo la parodia del cuento infantil o de mito en una historia torcida donde quedan al descubierto los mecanismos sicológicos que nos atrapan y que están expuestos de manera arquetípica en este tipo de cuentos o leyendas.
Lo mismo pasa en “Claveles salvajes”, una historia dulce, idílica, se convierte en una de terror: la belleza que se descorre o rompe ante la brutalidad.
En “La culpa es de los bolcheviques” encuentro el cuento perfecto para cerrar este libro. Inicia con la experiencia de una escritora que cuenta la historia de Anastasia, la hija del último zar, y de repente la escritora se nos va desdoblando en todos los personajes que ha ido construyendo, como si fueran parte de ella, y la escritora se nos va desdoblando en otro personaje, Elena Garro, autora de esas historias y personajes citados. Este juego es como el cuadro ”Las meninas” de Velázquez: tenemos a los personajes retratados, tenemos a los personajes intrusos, tenemos al pintor-narrador que se refleja en el espejo mientras pinta-nos narra a las meninas, y tenemos al autor como ese dios invisible que orquesta todo.
Leer este libro entonces entraña ese doble placer: meternos a las vidas de esos personajes y jugar con el narrador, divertirnos con él, reír por sus comentarios al margen. O caer en su trampa: empezar riendo para que luego nos tome de las solapas para darnos un golpe contra la pared: la realidad mezquina, dolorosa de los seres humanos.
Y he aquí la genialidad: ¿qué es lo que nos estruja? ¿La realidad o la ficción? No importa. Nos estruja lo que el autor decide que nos estruje. Esta es la magia de la literatura. Esta es la magia de La reina baila hasta morir de Eve Gil.
Maria Antonieta Mendívil, narradora y poeta sonorense. Más sobre ella, aquí