¿Esto es Finlandia?


La cola más inmensa que había visto en mi vida. Le daba casi dos vueltas al contorno del majestuoso Palacio de Minería... de la Ciudad de México. Subrayo el lugar donde nos encontrábamos porque yo misma empecé a dudar 1) de mi raciocinio, lo cual no es ninguna novedad, 2) de estar realmente despierta y 3) si la cola, en efecto, enfilaba hacia donde nos dirigíamos y no habría, de casualidad, algún concierto de Anahí o algún "artista" por el estilo presentándose en algún sitio colindante. Pregunté a una señora formada hasta la punta de aquella, insisto, impresionante cola (aún para los parámetros del DF donde se forma uno hasta para ingresar al baño de un Sanborns), la cual, por cierto, cargaba una bolsita de mandado en una mano y acarreaba con la otra a una niña con un enorme globo anaranjado que parecía a punto de caer dormida sobre el pavimento y me respondió mirándome como si yo estuviera tarada: "¡Pues claro que es la cola para entrar a la Feria del Libro!"
Y subrayó "Feria del Libro" para que me percatara de una bendita vez de la importancia que revestía el suceso que tenía lugar en el palacio de piedra color terracota... de que valía la pena formarse para ingresar al Paraíso de la Cultura y los Libros de Texto (que es lo que van a buscar la mayoría de los que desperdician un domingo formados en una cola que sería la envidia de Luis Miguel).
Fue entonces que surgió la cuarta inquietud: ¿Estamos en México... o en Finlandia?
Por amor del cielo, ¿es que acaso no nos están machacando día y noche con el cuento de que los mexicanos leen medio libro al año? ¿Será que en eso también nos han mentido toda la vida?, pregunté a mi no menos aturdido esposo, quien respondió sin ambages y como suele hacerlo, sonorense de pura cepa que no se anda con rodeos:
"El 99% de esa gente nada más viene a estorbar"
Pero la respuesta no me satisfacía: ¿cómo puede alguien ingresar a una cola de ese tamaño nada más para estorbar? ¿Les pagarán por hacerlo?, a lo que una vez más mi esposo respondió, contundente: "Es puro snobismo...vienen por el nuevo de Carlos Cuauhtémoc Sánchez o las memorias de Niurka, y aunque podrían encontrarlo en cualquier librería de los alrededores sin necesidad de insolarse acá, se empeñan en entrar porque suponen que saldrán un poquito más cultos de lo que entraron."
Ramón es muy cruel, lo sé, pero me puso a pensar seriamente en hasta qué punto tendría razón. Íbamos a presenciar el homenaje que se le rendiría a nuestro buen amigo René Avilés Fabila y habíamos quedado formalmente en acompañarlo, pero me rehusé rotundamente a hacer la cola y recurrí a mis astucias de periodista. Por fortuna les resultamos caras conocidas a los chicos de la entrada especial para expositores -habíamos presentado mi novela Sho-shan y la dama oscura unos días atrás - y nos permitieron pasar sin más. ¡La libramos!, pensé. Pero el panorama al interior del Palacio era como subirse al metro en la estación Pino Suárez a las 7:00 p.m. "La fiesta de los libros" se tornaba más claustrofóbica conforme nos internábamos en el edificio. Por entre las piernas me pasaban niños correteando de lo más contentos y en torno mío escuchaba voces que preguntaban a los encargados de los stands de Alfaguara y Oceano por libros escolares y el autor proféticamente citado por Ramón.
Lo peor fue que no pudimos ingresar al salón en que tuvo lugar el homenaje a René, pese a nuestra puntualidad inglesa pues ya un contingente se había posesionado puntualmente de las instalaciones (otra rareza que hay que suscribir) y los custodios del salón dejaban pasar a la gente que ellos consideraban conveniente: viejitas y niños y cuates. La mayoría de los amigos de René, incluso familiares suyos, tuvimos que esperar a que concluyera el multitudinario suceso para verlo, suponiendo que lo sacarían en litera de aquel papal y suntuoso salón, ¿de qué otra manera lidiar con la turbamulta de quijotescos amantes de los libros?
Alucinante. Turbador. Kafkiano. Surreal. Increíble: Ver para Creer.
René, en efecto, es un autor muy leído por los escasos lectores que se supone existen en este país, pero como dijo algún bromista que se quedó con el mismo palmo de narices que nosotros: "El próximo homenaje que sea en el Estadio Azteca, por Dios". Era un espectáculo absolutamente alucinante, como si en vez de un escritor mexicano se estuviera presentando un actor hollywoodense. En este país, insisto, en este país donde se supone que se lee medio libro al año por cabeza. No pude evitar preguntarme cuántos de los que habían logrado colarse al homenaje de René habrían leído su obra o al menos lo conocerían de nombre. René sale eventualmente en la tele, pero no lo suficiente para provocar estos tumultos.
No pude evitar recordar aquellas ocasiones en que mi charla con algún escritor afamado se había visto súbitamente interrumpida por algún impertinente, caso concreto de Juan Villoro cuando obtuvo el Villaurrutia. Lo entrevistaba en una nevería de Coyoacán, grabadora de por medio y fotógrafo haciendo las tomas pertinentes, cuando una señora se le abalanzó al laureado escritor con una servilleta en la mano diciendo lo siguiente: "¡Usted es el escritor que salió en la tele esta mañana! ¡Por favor póngame su autógrafo aquí...!
Algo semejante me ocurrió cuando caminaba con Margo Glantz cerca de Bellas Artes, escuchándola arrobada hablar sobre Sor Juana y una señora con un niño en cada mano cayó de la nada sobre nosotros pidiéndole a Margo su autógrafo porque esa mañana la había visto en la tele... y en ambos casos los escritores, aún a sabiendas de que estaban siendo asaltados por la presunta fama que los había colocado casualmente ante las cámaras de televisión y no porque su obra hubiera sido apreciada, ya no digamos, leída por sus súbitos fans, accedieron pacientes a estampar su firma en una servilleta (Juan) y en un trozo de papel, cudriculado, con un número telefónico en el borde y manchado de algo que parecía café (Margo).
Supe entonces que si de pronto apareciera un genio y yo le pidiera que hiciera desaparecer de allí a los que no fueran genuinos amantes de los libros y la literatura, el silencio sería desolador. Mi optimismo no alcanza para tanto. Si toda esa gente fuera lectora de corazón, este país sería uno completamente distinto.
Dramáticamente distinto.
Sería Finlandia, el país que tiene el mayor nivel de lectura en el mundo y un sistema que nos resultaría un verdadero cuento de hadas a los asfixiados (e iletrados) mexicanos.

Flores de palofierro

Por: EVE GIL
¿Sueña la razón? Es probable que la razón en sí sea un sueño que el hombre se ha inventado en su necia búsqueda de orden que, paradójicamente, desencadena el caos. Si empleamos la lógica de los indígenas seris de la extraordinaria novela de Agustín Ramos, La visita, la guerra, mientras no tenga su origen en la legítima defensa, no puede ser producto de un ser civilizado. Para ellos, los salvajes, los bárbaros, son aquellos que insisten en despojarlos de sus tierras y convertirlos a una religión que encuentran absurda y forzarlos a fingir que nada de lo que son, de lo han sido, sucedió jamás. Porque ese es el sueño del visitador José Gálvez: fundar una especie de Florencia mexicana en pleno desierto y forzar a sus habitantes naturales a doblegarse a sus caprichos, a asumir papeles inverosímiles que la dignidad seri –que Gálvez, como los otros que han pretendido “civilizar” a los indígenas, alcanzan a comprender porque los rebasa- no estaría dispuesta a tolerar. Para ellos, los comediantes son aquellos que sueñan con obligarlos a cubrir su desnudez en un clima que no amerita los ropajes y el fasto europeo. Un clima, a todas luces, amigo y aliado de los nativos. Quienes hemos vivido en carne propia el agobio del calor del desierto donde finalmente se fundaron ciudades, no muy apartadas de la alocada imaginación del Visitador, no podemos evitar reír cuando leemos que fue precisamente el clima lo que trastoca sus sueños de grandeza en llana y franca locura.
“(…) Los salvajes, fueran seris o californios, no dejarían su manera de vivir ni aceptarían la religión cristiana, no por soberbia, no por herejía, sino porque la suya era la única manera sensata de vivir, por lo menos comparada con la de los blancos que se volvían locos de calor pero se emperraban en llevar ropajes, que se morían de sed pero agotaban los yacimientos de agua y que, sabiéndose débiles ante la naturaleza, preferían exterminarla antes que armonizar con ella.” (“La visita”, Editorial Garabatos, Hermosillo, Sonora, México, 2009 p. 151)
La visita es una joya de la literatura mexicana que por alguna razón –dándole el término el mismo sentido errático que parecen habernos heredado los invasores, lo colonizadores- quedó suspendida en el limbo, tras su primera publicación hace una docena de años. Su autor no es precisamente novato ni desconocido. Se le conoce principalmente por una de las pocas novelas testimoniales que existen sobre los hechos de junio del 72, especie de continuación de la masacre de estudiantes perpetrada en el 68, Al cielo por asalto. Y si bien cuenta con una producción novelística de excelente calidad y, sobretodo, variopinta, considero que su obra maestra es justamente esta, que no es cualquier novela histórica. Y no lo es porque, en primer lugar, aborda un tema poco o nulamente socorrido entre nuestros escritores: los dolores de cabeza que hasta la fecha le han producido a los hombres blancos y barbados la conquista de los indígenas del noroeste de México, concretamente los seris, que se apartan por completo del prototipo del indio sometido y anémico que se han asegurado de inculcarnos para fomentar un irracional complejo de inferioridad. No solo eso: son indios de casi dos metros cuya sola visión cortaba la respiración a los mismos que se proponían exterminar a la mayoría y domesticar a un número conveniente de los mismos. Tengo la peregrina idea de que a nuestros gobernantes les conviene que no descubramos estos episodios que parecieran desmentir o alterar la hasta hace poco inamovible historia que nos pinta como un pueblo de múltiples fracasos y una que otra victoria pírrica. Esta no solo es la historia de un pueblo que se rebeló con toda la ferocidad imaginable a ser conquistado: es la historia de un triunfo que tiene lugar no tanto a través de las armas como del empleo de la razón…puesta en práctica, por cierto, por el “salvaje”, el “incivilizado” Tiemblalatierra, que con deslumbrante sabiduría pone en su sitio al ilustrado y muy culto José Gálvez.
No debe sorprendernos, por tanto, que sea una editorial sonorense, Garabatos, la que se encargue de rescatar esta novela que las editoriales del centro no han sabido aquilatar, acaso comprender. Por fortuna, en la que tan despectivamente es nombrado “provincia” por los defeños, han surgido editoriales que nada tienen que envidiarle a las, supondría uno, privilegiadas. Llámese Almadia, de Oaxaca; llámese Letralia, de Jalisco… las editoriales gestadas en Nuevo León y ahora Garabatos de Sonora que aporta una bellísima y muy cuidada edición, a la altura de la calidad de la obra.
La visita está ambientada en la época en que el Padre Kino realizó su misión entre los indios del noroeste cuyas tradiciones no solo respetó sino que aprendió a amar y comprender, pero nos hace ver que no todos los jesuitas eran como el misionero italiano, aunque los había: allí tenemos a Jacobo, arrancado sin misericordia del lugar donde amaba y era amado; donde respetaba y era respetado. La clase de persona que no convenía ni al rey de España ni a la Iglesia Católica, sembradora de miedos supersticiosos y terrores concretos a través de la implantación de la Santa Inquisición. Eso que los civilizados nombran razón, era algo que no atribuían a los nativos y que, naturalmente, no pretendían inculcarles sino mantener a raya. Ya desde entonces comprendían lo peligroso que puede resultar un pueblo que piensa…un pueblo que reflexiona y, de la noche a la mañana, tras décadas de servidumbre, puede despedazar a su dictador. Es, pues, una novela idea para leerse en el marco de esto pomposamente denominado El Bicentenario, en el que se pretende darnos gato por liebre; descontinuar unos héroes y entronizar otros que convengan más al ideario del gobierno en turno. Esta es la novela sobre verdaderos e innombrables héroes, y digo “innombrables” porque la solemnidad propia del que no tolera lo diferente no concebiría honrar a un indio llamado Tiemblalatierra; alguien sin nombre cristiano. Ramos no solo destaca el valor de los seris, sino también su poética visión del mundo; los vaivenes de su lenguaje que él reproduce con conmovedora precisión obteniendo un texto que, encima de todas las cualidades enumeradas, termina siendo bello y poético; con la poesía propia de este pueblo de dentelladas y calculadas cicatrices como rasgo de hermosura:
“Carabinas. Varas de quitapón con todo y bayonetas. Un trabuco de boca aclavelada. Fusiles españoles de repetición. Dos cañoncitos para balas de medio palmo de diámetro. Municiones. Lanzas y espadas anchas como alfanjes moros, las armas mejores para combatir cuerpo a cuerpo a los naturales. Y quizá hasta algunas alabardas esparcidas como flores de palo fierro en primavera por toda la primera planicie que cabe entre las entradas al cañón que defendían los arqueros de Tiemblalatierra.” (p. 164).

La llaman "servil"...y no se muerden la lengua


Por pura salud mental me juré no leer, vamos, ni hojear siquiera, cualquier publicación que evidenciara con exceso de descaro una filiación de ultra derecha. Traducción: ninguna revista ni diario que cubriera de insultos a López Obrador....ah, porque dichas publicaciones muy astutamente le sacan la vuelta a las alabanzas hacia el señor que hace cosplay de Presidente de México (lo de "espurio" ya está muy sobado, permítaseme ser original), su estrategia consiste en pisotear la imagen de AMLO, presidente legítimo para quienes sabemos contar 2 + 2 y seguimos el desarrollo de las elecciones del 2006 con lupa.
Pero toda la sanidad mental no es posible mientras interactúes en facebook y te topes, apenas abrir la página, con una nota publicada en una de las revistas más serviles al poder -en minúsculas-, que, pongo la mano sobre la Biblia, sería ultra defensora de AMLO de haber llegado este a la silla correspondiente. Dicha revista, que ostenta el irónico nombre de LETRAS LIBRES afirma no obedecer a ideología ni partido alguno y, por supuesto, dicen toda la verdad: son lo bastante flexibles para ser de derecha o de izquierda o de centro o de lo que sea, según convenga a sus intereses. Es cierto, por tanto, que LETRAS LIBRES no tiene partido ni ideología (ni tampoco otras cosas que prefiero omitir)
Pues bien, me topo en facebook con la reproducción de una reseña del más reciente libro de Carmen Aristegui, escrito en co-autoría con Ricardo Trabulsi, titulado "Transición", que reúne 26 entrevistas realizadas por la periodista mexicana con diversos políticos e intelectuales, firmada por Fernando García Ramírez y publicada en la susodicha y flexibilísima revista. De entrada uno sabe que alguien que colabora para LL no puede aplaudir a Carmen Aristegui, mujer valiente que ha destapado cientos de cloacas a lo largo de su trayectoria periodística y que por lo mismo ha sido expulsada de varios medios de comunicación que, como la propia LL, traspasan su lealtad del PRI al PAN (y al PRD, de ser necesario) con singular alegría. Ya de entrada, la reseña de este caballero al que no tengo el gusto de conocer, lo deja a uno pasmado: "El lector, este lector, no agradece la actitud servil de Carmen Aristegui ante algunos de sus entrevistados (...) Con algunos es incisiva, suspicaz y severa (...)"
Bien, hagamos el recuento de los personajes con quienes Carmen se muestra "incisiva, suspicaz y severa", según el reseñista:
Diego Fernández de Cevallos
Miguel de la Madrid (a estas alturas ya sabemos como le fue al "pobrecito" por haber hablado más de la cuenta)
Luis Carlos Ugalde
Respetabilísimos caballeros todos ellos, por cierto.
Según el reseñista, a Carmen no le importan una serie de cosas, por ejemplo: Que de 26 entrevistados 16 afirmen que las elecciones fueron limpias. Hay que aplaudir las dotes matemáticas del señor García Ramírez, de entrada, el más interesado en CONVENCER al lector (particularmente al típico lector ingenuo y snob que todavía lee esta revista) de que las elecciones del 2006 fueron limpísimas, aunque a Carmen no le importe. Si tuviera en frente a este caballero le preguntaría: ¿de que manera se supone debió Carmen demostrar que estos datos le importaban? ¿No cumplió acaso con la obligación de todo periodista que es transcribir tal cual las afirmaciones de sus entrevistados, aún cuando no sean compatibles con la ideología del periodista? Carmen no pecó de omisión: ahí están inmortalizadas las afirmaciones de 16 "personalidades" (políticos e intelectuales panistas) afirmando que las elecciones del 2006 "rechinaron de limpio", ¿qué se supone que tenía que hacer Carmen a continuación? ¿Ponerles florecitas? Posteriormente la acusa de afirmar una gran mentira: "En este país de ambigüedades, el concepto de equidad electoral quedó hecho trizas..."
¡Ah Dio!, ¿a poco sí? ¿Todavía lo duda? Yo más bien pienso que a Carmen se le pasó la mano con la buena educación: la confianza de la inmensa mayoría de los mexicanos en las elecciones y en el gobierno en general, está hecha mierda.
Varios de los entrevistados, no contabilizados por el reseñista -qué raro- afirman contundentemente que hubo fraude y que este se consumó gracias a un acuerdo entre el PRI y el PAN. Del mismo modo que Carmen transcribe las declaraciones de quienes defienden a capa y espada lo indefendible, reproduce lo dicho por aquellos que están convencidos de que hubo fraude y, por cierto, no se quedan en la simple afirmación (como sí lo hacen los defensores a ultranza de la dictadura solapada que actualmente sufre este país), sino que esgrimen argumentos y pruebas que sustenten lo dicho. Esto, naturalmente, no lo menciona el señor García Ramírez.
Insinúa, además, que Carmen insiste en cargar los dados a la hipótesis de una imposición de Enrique Peña Nieto impulsada por Televisa para el próximo sexenio, como si esto no fuera del dominio público (aunque, claro, hay que quedar bien con el posible sucesor del mini dictador del momento). Se le reprocha en cambio reproducir declaraciones "sensibleras" como la de doña Rosario Ibarra de Piedra -a quien, obviamente, el reseñista no estima en lo absoluto pese a lo que representa, más aún; salta a la vista el típico desprecio burgués hacia lo que representa- que señala "Para mí Andrés Manuel era la luz de la esperanza, lo más hermoso que nos podía suceder". Esta representante no solo de las madres cuyos hijos fueron masacrados en Tlatelolco en 1968, sino del pueblo raso, por llamarle de algún modo, podrá sonar, sí, un tanto exagerada, pero es un hecho que lo peor que pudo haberle pasado a México le está sucediendo en este preciso instante, y se llama Felipe Calderón.
Así entonces, el reseñista critica a la periodista, en primera instancia, por limitarse a reproducir las declaraciones de los panistas sin hacerles fiestas y ponerles florecitas y, en cambio, hacer exactamente lo mismo con quienes opinan lo contrario, es decir, que nunca debió transcribir afirmaciones "extravagantes" como las de doña Rosario, ni ninguna que contraviniera lo dicho por personas tan probas y decentes como Fernández de Cevallos y Carlos Ugalde. Le ofende, por ejemplo, la antisolemnidad con la que Carlos Fuentes declara (y Carmen solo transcribe): "Yo no quiero partidos vírgenes, ¡quiero partidos que follen todos pero muy contentos!"
Para cerrar con broche de oro, el reseñista incurre en el pecado imputado a la autora reseñada: afirmar, como si se tratara de una verdad absoluta, que López Obrador "alteró los algoritmos" (??????) con tal de "quedarse con el poder" y lo acusa de haber provocado un daño "mayúsculo" al país, aunque no explica por qué. Naturalmente omite la "guerra contra el narco" que nos ha ensangrentado hasta el tuétano; las leyes viejatorias de los derechos humanos de las mujeres -tan vejadas de por sí- que serán juzgadas como delincuentes en caso de incurrir en un aborto, aunque se trate del producto de una violación; la infinita cadena de mentiras pronunciadas ante un pueblo atónito y confundido en momentos de catástrofe; la impunidad en los casos de Lidia Cacho y el incendio de la Guardería ABC cuyos dueños se pasean como si estuvieran en una fiesta infantil; la forma en que se nos esquilma con impuestos absurdos que agobian particularmente a la clase media; omite, en fin, el panorama doloroso, vergonzante y aterrador que vivimos actualmente... y no precisamente a causa de López Obrador.
Pero lo más chocante es leer el término "servil" surgido de la mano de alguien que a todas luces sirve a alguien, que a su vez sirve a alguien más, y así, ad infinitum.
PD: Ojalá algún día sea posible bloquear del facebook este tipo de reseñas que no quisiera leer porque me producen un fuerte malestar estomacal, particularmente cuando los serviles amigos del autor le palmean la espalda por escribir tantas serviles incongruencias.

Presentación de "Sho-shan y la dama oscura" en el marco de la FAOT Sonora

Texto y fotos: Claudio Escobosa Serrano
En días pasados, en el marco de la celebración del Festival “Alfonso Ortiz Tirado” edición 2010, el 27 de enero, para ser exacto, en el Museo de las Culturas Populares, la escritora y periodista Eve Gil presentó a la comunidad hermosillense, su obra Sho-Shan y la Dama Oscura (SUMA, 2009), rodeada de una multitud de lectores interesados en este libro, que ha tenido el éxito esperado por la comunidad de escritores mexicanos.
La presentación del libro fue a través de un Cosplay, con el ánime denominado "Hellsing" caracterizado bajo los personajes de Integra (Eve) y Alucard (Ramón I. Martínez) (El fenómeno del cosplay surgió sobre los años 70 en los Comic Market de Japón, que se celebran en Odaiba (Tokio) lugares de compra/venta de Dôjinshi. Este evento sigue realizándose actualmente. Allí, grupos de japoneses se vestían de sus personajes favoritos de mangas, animes, comics y videojuegos. Así pues dicha práctica siempre ha estado muy relacionada con estos productos, pero, con el paso de los años, se fue extendiendo hasta cruzar las fronteras del país del sol naciente y abarcar otros campos. Wikipedia).
Lamentablemente, para mí, y afortunadamente para nuestra escritora, la obra se ha agotado desde su primer tiraje, y no he podido leerla, sin embargo, lo enlazo a los artículos que describirían mejor que yo esta historia, que se ha colocado dentro de los libros más demandados en México.

http://www.contactox.net/index.php?option=com_content&task=view&id=2582&Itemid=30

http://www.contactox.net/index.php?option=com_content&task=view&id=2580&Itemid=30

Lo interesante de la presentación, es que se habló ampliamente de la inspiración que tuvo la autora para su historia, el “Síndrome de Asperger”.
Síndrome de Asperger.- Las personas neurotípicas (esto es, sin el síndrome de Asperger) poseen un sofisticado sentido de reconocimiento de los estados emocionales ajenos (empatía). La mayoría de las personas son capaces de asociar información acerca de los estados cognitivos y emocionales de otras personas basándose en pistas otorgadas por el entorno y el lenguaje corporal de la otra persona. Las personas con síndrome de Asperger (en honor a Hans Asperger, un psiquiatra y pediatra austríaco cuyo trabajo no fue reconocido internacionalmente hasta la década de 1990) (SA) no poseen esta habilidad, no son empáticas; se puede decir que tienen una especie de "ceguera emocional". Para las personas más severamente afectadas puede resultar imposible incluso reconocer el significado de una sonrisa o, en el peor de los casos, simplemente no ver en cualquier otro gesto facial, corporal o cualquier otro matiz de comunicación indirecta. Del mismo modo, el control voluntario de la mímica facial puede estar comprometido. Es frecuente que las sonrisas "voluntarias" en las fotografías familiares sean una colección de muecas sin gracia. Por el contrario, las sonrisas espontáneas suelen ser normales. Las personas con SA en general son incapaces de "leer entre líneas", es decir, se les escapan las implicaciones ocultas en lo que una persona le dice de forma directa y verbal.
Dicho síndrome es una deficiencia de la capacidad de respuesta de las “neuronas espejo” del individuo, confundido y mal diagnosticado muchas veces por los especialistas médicos con o como Autismo, inclusive a veces, pésimamente, con la Ezquizofrenia.
Un paciente afectado por el síndrome de Asperger puede, por ejemplo, encontrarse obsesionado por la astronomía, por los dinosaurios, otro con la construcción de maquetas, etc. Intereses particularmente comunes entre pacientes son los medios de transporte (por ejemplo los trenes) y los ordenadores, tal vez debido a los aspectos de la física, lógica y causa efecto que comparten estos ámbitos, los cuales no requieren de una interacción social (recuérdese que carecen de empatía, se hallan menos dotados en el ámbito social). Por ello Hans Asperger llamó a sus jóvenes pacientes "pequeños profesores", debido a que pacientes de tan solo trece años de edad conocían su área de interés con la profesionalidad de un profesor universitario.

Integra

Bajo la frase “Los niños son una oscuridad sombría donde los padres se extravían”, continuó Eve con el Cosplay complementando su actuación con la excelente interpretación de su esposo, el escritor y poeta Ramón I. Martínez, explicando cómo los niños que tienen este síndrome, que en infinidad de ocasiones son marginados en su entorno, en las escuelas, y principalmente por su misma familia, quienes ignorantes del caso, y sin personas capacitadas para el diagnóstico, caen en la desesperanza y desgraciadamente son atendidos con medicamentos equivocados, confundiendo en mayor grado al niño, y evitando que éste pueda desarrollar su capacidad intelectual, que en miles de casos está por arriba de la “gente normal”.
Asimismo, nos narró que en sus investigaciones, descubrió que algunos personajes destacados y bien conocidos, tales como Bill Gates (magnate de la informática), Michael Phelps (ganador de 8 medallas de oro en Beijing), Tim Burton (cineasta) padecen este diagnóstico, y generalmente se resisten a tener entrevistas o presentaciones públicas, ya que por lo general responden a las preguntas con respuestas previas que les imponen sus asesores o representantes. En México no saben detectarlo, en cambio los norteamericanos han sabido capitalizar el beneficio de la capacidad de creación de éstos.
No cabe duda que la presentación del libro Sho-Shan y la Dama Oscura, nos involucró a todos, quienes estuvimos inmersos en el mundo del personaje principal de la obra, al darle lectura la autora a unos pasajes de su libro. Todo un éxito.
Cabe también mencionar, que la escritora ha formado una comunidad en su blog, más de 3,500 miembros, de México y de otros países como Inglaterra, Japón, China y Latinoamérica (Argentina en primer lugar), ya que ha tocado un tema que puede ser la punta de lanza para que la ciencia médica dé más importancia al Síndrome de Asperger, y así contribuir a que los que la padecen, principalmente para que las personas de poca edad puedan tener la oportunidad de no ser marginadas por la ignorancia social y así integrarlas a que puedan desarrollar sus dotes de creatividad sin los señalamientos de personas prejuiciosas.
Ojalá y pronto en esta ciudad tengamos la oportunidad de adquirir Sho-Shan y la Dama Oscura, bien vale la pena. Para finalizar quiero mencionar que Eve nos anunció que pronto sacará un libro con imágenes de famosos haciendo Cosplays y que las regalías producto de su venta serán destinadas a las familias de los niños que en el incendio de la Guardería ABC quedaron con secuelas físicas y emocionales. Felicidades Eve.
Nota para los lectores sonorenses: la segunda edición de Sho-shan y la dama oscura ya está disponible en Sanborns y Librería Noroeste
Nota tomada de CONTACTOX
Eve Gil (Integra Hellsing) con Julio César Márquez, uno de los padres que perdió a su bebé en el inexcusable incendio de la Guardería ABC
Eve-Integra y Claudio Escobosa, director y fundador del portal noticioso CONTACTOX de Sonora para el mundo

Claveles salvajes, un relato de vampiros

Por: Eve Gil
Nelly tuvo que quedarse hasta tarde en la oficina. Terminó el reporte urgente a las 8:40 P.M aunque, claro, ni hablar de las casi dos horas extras… como cuando lo sugirió la primera vez en que tuvo que quedarse sin comer y salió todavía más tarde porque Laurita había extraviado las facturas… pero para eso estaban Nelly y su flamante maestría en comercio internacional, para reparar los errores de Laurita, “ay Nellicita, como será usted, ¿así demuestra su solidaridad, después de todos los permisos que le damos…”, y las palabras del CP Verdugo Camacho arrastraban tácita una amenaza. Más vale apechugar, se dijo Nelly acomodándose las gafas. A los treinta y ocho no sería tan fácil conseguir otro empleo, todavía menos que a los treinta y tres, cuando quebró la compañía para la que trabajó durante casi quince años. Lili había sugerido esperarla. Se ofreció incluso a ayudarla para que terminara pronto, pero Nelly la persuadió de marcharse tranquila a casa, ya tomaré un autobús, hombre, ¡no me van a robar!, fue la última frase juguetona de la contable, no exenta de amargura.
Cerrar las múltiples cerraduras de los cajones del escritorio y de la puerta principal le restó quince minutos más a su de por sí gastada existencia. Se enfundó en su gabardina que ya había adquirido el brillo rancio de múltiples sesiones de lavandería y echó a andar hacia la parada del autobús para lo cual debía atravesar la plaza bordeada por un espeso jardín que esa noche lucía anormalmente bulliciosa. Anormalmente para ser jueves. La gente arremolinada parecía estar viviendo el momento más maravilloso de su existencia. Cuando avanzó un poco más y consiguió mirar por encima de las atentas cabezas, Nelly movió la cabeza con incredulidad: ¡un mimo! ¡Era eso lo que los tenía así, como niños, por Dios…! Quiso pasar de largo, apurada para variar, como si alguien que la necesitara aguardara en casa. Su madre agonizante, la que ameritó los múltiples permisos a los que aludía Verdugo Camacho, había muerto tres meses atrás. Estaba sola. Cuanto haría al llegar a su departamento sería tomarse un vaso de leche, comer cualquier cosa frente al televisor y echarse a dormir para reanudar la rutina al día siguiente. Así que permaneció en su sitio, tratando de dejarse llevar por la fascinación infantil del improvisado público.
No era, por supuesto, el primer mimo que elegía la plaza central para efectuar sus actos, pero ninguno, hasta donde Nelly recordaba, había encantado a tantos transeúntes para quienes la vida se había detenido. El mimo, alto y espigado, demasiado espigado quizá, pintado como cualquier mimo, contrastando la exuberante mata de rizos negros con la cara blanca como la cera; un largo cuello que de tan blanco exponía unas venas asombrosamente azules, también alargadas y bellas; ojos delineados con dramatismo, igual que los gesticuladores labios de los que no brotaba sonido alguno. Vestía elegante frac (en esto se diferenciaba al resto de los mimos, que solían llevar overoles con tirantes o camisas rayadas o pantalones desgarrados y sombreritos ridículos) y despedía el penetrante aroma de lo nuevito, de lo caro… ¡muy agradable! Pudiera pasar por maniquí si no fuera por el juguetón movimiento de sus pupilas y de sus largas pestañas; por la mecánica de sus largos y delicados miembros.
En el momento en que Nelly se incorporó al arrobado gentío, el mimo extraía del bolsillo de su saco un clavel radiante, rojo y húmedo, como recién nacido, del que aspiró con éxtasis tal que su cara cogió una arrobada tonalidad violeta. Los espectadores rieron de su romántico exceso. Las negrísimas pupilas giraron como lo único viviente en él, porque hasta sus increíbles venas parecían ramitas ancestrales, petrificadas. Su irreal cuello rotó de tal manera que Nelly temió se le quebrara. El mimo dandy avistaba entre el público. Ella contuvo la respiración. Deseó insoportablemente ser la elegida. Por supuesto era absurdo debido a lo menudito de su humanidad que prácticamente desaparecía entre la multitud de cuerpos tensos y ansiosos. Él nunca la vería, ni aunque se incorporara al risueño grupo jovencitas esparcidas alrededor suyo y que lo miraban hacer suspirantes y maravilladas, codeándose entre sí con la no tan disimulada ambición de ser la dama elegida. El mimo extendió súbitamente la flor hacia una, sin duda, muy hermosa muchachita de unos dieciséis, dieciocho años, del tipo que no recurre a vulgares trucos para hacerse notar pues ni los necesita. Ni siquiera estaba en primera fila, sino bastante más atrás, arrebujada como la propia Nelly en una gabardina. La elegida bizqueó ante la tentadora flor y cientos de pares de ojos envidiosos, incluidos los de Nelly, la acribillaron. Llevaba un gorrito de estambre amarillo del que escapaban espontáneos mechones negros que le acariciaban el cuello. Abrió enormes los ojos y no supo como reaccionar ante tan insospechado privilegio. El mimo la instó con tiernos ademanes a aceptar la flor, y cuando por fin ella la tomó con deditos vacilantes y ardientes mejillas, él la tomó por la muñeca y la arrastró hasta el centro del círculo. Aunque se resistió débilmente, la bonita fue objeto de una cerrada ovación por parte de los varones y señoras presentes. El mimo la despojó ceremoniosamente del gorrito, sin que la chica dejara de realizar encantadores pucheros. Con igual delicadeza y caballerosidad la despojó de la gabardina hasta dejarla en payasito y leotardo, púrpura y negro. A juzgar por esto y por su maleta deportiva, que el mimo hizo de lado junto con la gabardina, era ballerina o estudiante de ballet. La elegida se dejó tomar por la diminuta cintura e hizo lo posible por acoplarse a un suavísimo tango que los presentes improvisaron con palmadas, silbidos y taconeos. Nelly no podía creer lo que estaba viendo: la muchachita se dejaba llevar con docilidad, cesando abruptamente de reír, entregada por completo al ritmo del mimo y sus ojos entrampados en los de él, como los de un conejillo encantado por una serpiente… o al menos esa fue la imagen que vino a la mente de Nelly, algo que vio en Discovery chanel. Tras girar graciosamente entre los esbeltos y venéreos brazos del mimo durante largo rato, con los ojos de ambos danzantes abismados unos en los del otro, perdida toda noción de estar siendo contemplados por un centenar de curiosos aplaudiendo afiebrados, él dejó caer una tarascada sobre el terso cuello de la jovencita que prácticamente ofrecía la palpitante yugular como disponiéndose a recibir su primer beso. La multitud calló de tajo, expectante. Pudieron haber transcurrido horas mientras el mimo succionaba de la yugular de la muchachita que parecía ir perdiendo fuerzas aunque, a mayor debilidad, mayor la satisfacción de su dulce semblante. El mimo se incorporó con brusquedad, mostrando impúdicamente unos largos colmillos chorreando sangre. Su público dejó escapar un grito entre perplejo y asqueado pero terminó aplaudiendo a rabiar aquella extraordinaria ilusión.
El sombrero de copa contuvo a duras penas la lluvia de monedas y billetes –Nelly ofrendó doscientos pesos sin pensarlo - que el actor agradecía entre venias, con el saco salpicado de motitas de pintura roja, sin soltar a su “víctima”, extática entre sus brazos. Arrojando besos al aire tomó el rebosante sombrero y, aferrándolo, lo que no impidió que varios centavos rodaran al piso y algunos chiquillos vagabundos se aprestaran sobre ellos, el mimo arrastró a su asistente entre venias y brinquitos. Las chiquillas se levantaron sacudiéndose los traseros resentidas: ya lo tenían todo arreglado, bah…
Esa noche, Nelly no concilió el sueño. Se había servido un vaso de leche hervida y mordisqueó una manzana mientras trataba de concentrarse en un viejo filme de Jim Carey, que algo de mimo tenía. No superaba la fascinación estética y erótica y además intentaba recordar donde había leído algo sobre mimos, algo que ni siquiera le interesó gran cosa pero que de pronto le venía a la mente. Revoloteó entre sus inmensa colección de revistas (estaba suscrita a Nacional Geographic y a Quo); y halló el ejemplar de una para médicos que se había robado del consultorio del ginecólogo por algo que le interesó sobre un nuevo medicamento contra la gastritis, mal que ella padecía. Era ahí donde venía el reportaje sobre mimos, firmado por Paul Curtis, experto en pantomima:

“El mimo, es una adicción que cuando se conoce y se siente no se puede dejar. El mimo se apodera de la persona y hace con ella lo que no pueden hacer las palabras. El mimo toma el cuerpo y la transformación se realiza al liberar cuerpo y mente, que sea el mimo quien cargue con la responsabilidad y quien actúe. Si se logra esto, logramos la integración entre la persona, el personaje y la audiencia; sólo así logramos el ritual escénico.”

Nada de esto bastaba para explicar la maravillosa experiencia recién vivida. A pesar de que el mimo no posó por un segundo su hipnótica mirada sobre Nelly, ella la traía clavada en la mente. No dejaba de sentirse observada por aquellos ojos faraónicos...
-¿Un mimo? –Se sorprendió Lili mientras se preparaban la consabida taza de café con crema para empezar el día en la oficina -¡Ay, no sabía que te llamaran la atención esas cosas…!
Nelly se sintió un poco avergonzada bajo la escrutadora mirada de su amiga. Nadie la conocía mejor que Lili, que era casi como su hermana no obstante el dramático contraste entre la simpleza de aquella y la exuberante belleza de esta. Quizá Lili fuera la única persona de su círculo profesional que supiera que en realidad se llamaba Eleonora y que Nelly era un sobrenombre cariñoso. Un diminutivo que iba muchísimo mejor con su personalidad que el nombrazo adjudicado como con calzador. Se habían conocido en la secundaria y cursaron la misma carrera con tal de permanecer juntas a pesar de que Nelly tenía un temperamento más, digamos, artístico. Lili, incluso, había pugnado para que el escéptico Verdugo Camacho le diera un cargo de gran responsabilidad a Nelly que por muy brillante currículo y mención honorífica en la maestría en Comercio Internacional por la Iberoamericana, que cursó junto con Lili, no era el tipo de mujer que el presuntuoso Verdugo gustaba de tener en su bufete. Aunque Lili no lo dijera, ni lo pensara siquiera por lealtad a su amiga, sabía perfectamente que Nelly se había convertido en una solterona amargada y resentida que se había consagrado a cuidar de su madre hipocondríaca desde los catorce años, justo al morir un padre al que también había tenido que cuidar durante su convalecencia de un cáncer pulmonar, por fortuna no tan prolongada como la nunca identificada dolencia de la madre. A sus casi cuarenta años, Nelly no sabía que hacer con su recién estrenada libertad. El mundo era demasiado ancho para aquella mujercita que, pensaba Lili, era mucho más valiente de lo que aparentaba.
-¡Pero veo que te cayó bastante bien! –Insistió Lili en talante pícaro. Se esforzaba en parecer alegre no obstante la tristeza que reflejaban sus rasgados ojos color miel. Nelly siempre estaba pensando que su amiga merecía algo mucho mejor que aquel patán que para colmo llevaba tres meses desempleado y no tenía la quinta parte de la trayectoria académica de Lili: un simple cajero de banco sin ambición -¡Amaneciste muy bonita, en serio!... ¡Te rizaste el pelo!... Oye, no me caería nada mal una levantada de ánimo de esas…
-No pienses mal, Lili…
-Solo bromeaba, tontuelita… pero me encantaría ver a tu mimo… le diré a Mauricio que Verdugo nos encomendó llevar unos documentos a Coyoacán y por tanto llegaré un poco tarde a casa… ¡que no me espere para cenar!… y nos vamos “por ahí”… ¿hace cuanto que no nos damos ese lujo, eh?
Ese día nada les impidió salir juntas, a la hora de costumbre. La vida fluía por la plaza que les quedaba de paso, sin que hubiera irrumpido en ella el mimo, no todavía, pero Lili sugirió tomar algo en lo que empezaba el show. Tenían un buen rato sin conversar de sus intimidades, aunque naturalmente ninguna tenía nada emocionante qué contarle a la otra. Nelly con su soledad. Lili con su crisis matrimonial o co-dependencia, por emplear el terminajo de moda. Fueron a tomarse un capuchino con un trozo de pastel de chocolate y cuando retornaron, aburridas de sus respectivas tragedias, ya la gente se arremolinaba en torno al singular personaje de frac (o era nuevo o su tintorero era un mago), tupidos rizos y largo cuello.
-¡Qué mono! –suspiró Lili. Quedaron muy próximas al mimo pues fueron de las primeras en llegar. Al igual que la noche anterior, un grupo de escolapias se esparció alrededor del actor y al cabo de unos minutos ya una multitud se había congregado en aquel punto. El mimo extrajo un clavel fresco del bolsillo de su saco y empezó a buscar entre las damas del público, casi sin rotar el cuello, con las puras pupilas. Nuevamente los codazos y las risitas; algunas que descaradamente intentaban atraer su atención. Nelly supuso que la muchacha de la noche anterior, la de la melenita y el gorrito de estambre amarillo, aguardaría entre el público. Pero no la vio por ninguna parte. De pronto, el aroma del clavel invadió su olfato con asombrosa fidelidad: el mimo lo extendía hacia Lili, quien encantada como una adolescente preguntó, ¿para mí? El mimo le indicó con un suave ademán que callara y se limitara a aceptar aquel homenaje a su belleza. Al contrario de la chiquilla de la noche anterior, Lili, que era una mujer madura, madre de dos adolescentes, aceptó el clavel con gracia mundana, incluso se lo llevó a la nariz para aspirarlo. El mimo la despojó con sensual caballerosidad del abrigo que confianzudo arrojó a los brazos de Nelly, sin siquiera voltear a verla, provocando una carcajada generalizada que sonrojó a la contable. El mimo tiró de la muñeca de Lili, algo más alta que él; que la mayoría de la gente, quien se dejó llevar con encogimiento de hombros y fingida resignación. Lejos de experimentar envidia hacia su amiga, Nelly la aplaudió a rabiar con los demás, al borde de las lágrimas, con el abrigo entre los brazos, como el cadáver de un niño. Lili se dejó llevar con la desenvoltura de una veterana del tango y el público improvisó La muerte del ángel entre aplausos, silbidos y taconeos. Nelly no perdió detalle. Con ajustadas gafas siguió el trayecto de la larga cabellera rubia de Lili que se balanceaba con gracia casi sobrenatural mientras se dejaba llevar, entre hermosas torsiones de cintura, resaltada por el ceñido vestido negro. Lili tenía fijos sus ojos color miel en los profundamente negros, sin que ni ella ni él parpadearan. Sus movimientos iban tornándose cada vez más plásticos y, por lo mismo, oníricos, irreales. Mejor que la noche anterior, no obstante la ingenua hermosura de la joven de la melenita negra.
Inesperadamente, el mimo dejó caer una tarascada sobre el cuello que Lili ofrecía con extraña languidez y Nelly encajó los dientes en los puños del abrigo de su amiga para no gritar. El público contemplaba expectante. Tras interminables segundos, el mimo alzó hacia la audiencia lascivos colmillos chorreando sangre. Tras la sorpresa inicial, fue ovacionado hasta que los gritos y los aplausos retumbaron en las piedras del templo a sus espaldas. Nelly aplaudió también, un tanto mecánica, confundida. Lili yacía pálida y extasiada entre los brazos del mimo. Las monedas y los billetes volvieron a llover, aunque esta vez Nelly se limitó a observar como el sombrero de copa se colmaba a una velocidad impresionante. El artista agradeció entre venias y espumarajos de sangre y desapareció junto con el pesado sombrero y la dama cuya dorada cabellera se balanceaba al ritmo de los saltitos de su captor.
Nelly se vio de pronto sola en medio de la plaza. El público comenzó a esparcirse entre admirados comentarios, “parece mentira disfrutar de estos espectáculos en plena calle, caramba”, sin reparar en la pequeña mujer agobiada por el peso del abrigo de la asistente del mimo. No, Lili no era la asistente del mimo. Lili ni siquiera sabía que el mimo existía antes de esta noche. Nelly marcó al móvil de Lili una, dos, tres veces, pero le respondía una grabación diciendo que se encontraba fuera del área de servicio. Decidió quedarse. Esperar como un perro fiel, sentada en una banca. Lili tenía que reaparecer en cualquier momento, muerta de risa, con el clavel detrás de la oreja y alguna manchita de pintura en su vestido. Sí. Unos cuantos globeros y algodoneros aún deambulaban por la plaza a esa hora de la noche pero fueron evaporándose y los negocios alrededor empezaron a bajar uno a uno sus cortinas de acero y Nelly seguía sin moverse un milímetro, mirando como niña abandonada en torno suyo. Pareció evidente que Lili no regresaría, que se había fugado con el mimo, pero desde donde estaba Nelly divisaba el auto de su amiga, justo donde lo había dejado y con una infracción amarilla pinchada en el limpiaparabrisas. Un policía fanfarrón pasó junto a ella girando la macana con pretendida galanura y le dijo alguna obscenidad, pero Nelly nada dijo, no se movió. Ni por un momento se le ocurrió compartir su preocupación por la desaparición de su amiga con el gendarme lascivo. Permaneció como de piedra y el uniformado siguió su camino, no sin hacerle una última seña obscena. Nadie la esperaba, de cualquier modo. Era la pura costumbre la que la impelía a llegar a su departamento a determinada hora. No podía regresar sin antes saber qué había sido de Lili… si al menos tuviera la amabilidad de llamarla al móvil para decirle que la estaba pasando de pelos…
En eso Nelly creyó escuchar pasitos. Un crujido repetido de hojas muertas. Miró por encima de su hombro y vislumbró una cara blanca asomarse y ocultarse guasonamente detrás de un árbol, una y otra vez. ¿Eres tú, Liliana? Se puso de pie con cautela. ¿Eres tú?, porfió, avanzando. No sentía miedo, no se le ocurrió que el policía que le había faltado al respeto pudiera regresar y violarla….o que lo que hubiera visto no fuera un mimo sino un asaltante. Volvió a ver una fugaz carita empolvada asomar detrás de otro árbol y apretó la marcha.
De pronto, en torno a ella, un montón de mimos vestidos de frac fueron brotando de entre los árboles en medio de toda clase de expresiones, silenciosamente burlonas. Imitando la forma de caminar de Nelly, que había olvidado el abrigo de su amiga en la banca. Imitando su pasmo y sus ojos desmesurados. Su ceño arrugado. Parodiando su gesto de angustia y su espalda encorvada. Fue como mirarse reflejada en multitud de espejos burlones. Y por doquiera que volteara había un mimo presto a copiar con pavorosa exactitud su desconcierto, su alma amarga, su espíritu derrotado, su desilusión patética. Ninguno pronunciaba palabra, todo cuanto Nelly escuchaba era un unánime crujir de hojas otoñales bajo multitud de suelas de boleados zapatos de charol negro. Experimentó unos súbitos deseos de echarse a llorar que vio reflejado en el acto en los pucheritos de cada uno de aquellos rostros pintados, descubriendo no sin sorpresa que no eran mimos, sino mimas. Reconoció a la muchachita de la noche anterior, la de la melenita negra, sacudiendo rítmica y tristonamente las exageradas pestañas en cuyas puntas refulgían diamantitos, encorvándose hasta adquirir la forma de la propia Nelly.
Echándose a llorar ahí mismo, cercada de mimas que fingían llorar sin ruido, le salió al paso una alta y espigada figura cuya rubia cabellera lanzó destellos plateados a la luz de la luna. ¡Lili!, Nelly la reconoció en seguida, a pesar de que también Lili vestía un impecable frac a la medida de su esbelta silueta y lucía maquillada como un mimo, con la mirada profunda y bordeada de negro y las hermosas facciones cubiertas por una máscara de tristeza burlona. ¡Lili!, ¿por qué me haces esto?, ¿cómo te atreves?, lloriqueó Nelly. Lili, por supuesto, nada respondió. Se limitó a contemplarla con una suerte de conmiseración, no exenta de ternura, no por ello menos cómica que la de las demás. Tanto, que Nelly no pudo evitar reír aún entre amargas lágrimas, ¡ay Lili!, ¿cómo pudiste hacerme esta broma…? Lili procedió a extraer de su ojal un clavel marchito que Nelly aceptó sin remilgos. A continuación, la mima hizo una profunda venia y sin más, la invitó a abrazarla con harta elocuencia. Nelly se refugió en los brazos de su amiga sin pensarlo dos veces, como tantas otras veces; como cuando tuvo su primera… su segunda… su tercera… su cuarta decepción amorosa… como cuando murió su padre y luego su madre… como cuando Verdugo se mofó de ella frente a Laurita… como siempre, entre lágrimas de alivio y de confianza, y Lili la envolvió en el más tierno abrazo para luego apoderarse golosa de la tibia yugular que su más querida amiga le brindaba en gratitud…