Se presenta "La reina baila hasta morir" en el marco de la FAOT de Álamos

Alamos, Son., 29 Ene (Notimex).- Una serie de cuentos inspirados en los clásicos de Blanca Nieves, Cenicienta, Alicia en el país de las Maravillas y La Sirenita conforman el libro "La reina baila hasta morir", de la escritora mexicana Eve Gil, que fue presentado hoy aquí.


En entrevista de prensa realizada en el marco del Festival Internacional Dr. Alfonso Ortiz Tirado (FAOT) 2009, que se lleva en esta ciudad, la autora explicó que su reciente libro, bajo el sello de Fósforo, son entre reescritura de cuentos de hadas.


"Por ejemplo contiene un cuento sobre la figura de Caperucita Roja, donde el lobo no es el que se disfraza de abuelita, sino que la abuelita es el lobo", explicó la también periodista sonorense Gil.


Respecto a los géneros que ha abordado en sus libros, como la novela, el cuento y la ciencia ficción, la narradora, explicó que lo hace porque la realidad a veces es demasiada dolorosa para plasmarla en forma realistas.


"Entonces se recurre a la ironía que es lo que hago en mis obras literarias, y es como un escudo de defensa contra el dolor que me causa ciertos temas", señaló la autora de "Cenotafio de Beatriz".


Sobre las aportaciones del cuento, novela o periodismo, la autora aseguró que son cosas muy diferentes, aunque el periodismo que hace es muy relajado al promover la lectura a través de entrevistas con escritores, para que el lector pueda acercarse a los libros.


"Pero también aprendo de los escritores al entrevistarlos, pero no hago un periodismo arriesgado, en cambio en la literatura vuelco todo aquello de tipo social y emocional", mencionó Gil.


Dijo también que en sus creaciones literarias casi siempre está acompañada por obsesiones, de las cuales una de ellas es poder quebrantar la hipocresía social a través de sus novelas y cuentos.


"Aunque en todos mis libros son distintos, pero en todos hay un quebrantamiento del orden, y éste se convierte en un caos", mencionó la autora de "Hombres necios" y "Virtus".


En el caso de la literatura juvenil, género en el que muy pronto lanzará su próxima obra titulada "Shoshan y la dama oscura", señaló que no escribir sermones para los jóvenes, sino plasmó una enseñanza tan oculta o tan subliminal.


"Lo que trato de hacer es comprender las diferencias, es decir de darnos cuenta que estamos en un mundo lleno de otros, por lo tanto eso intento de dar el mensaje en esa novela que está a punto de publicarse, que es la Shoshan", apuntó.

Álamos: un lugar para callar... y escuchar

Me cuesta trabajo escribir sobre Álamos, Sonora, porque Álamos merecería un libro de viajes -que hasta donde sé no se ha escrito en español... en inglés creo haber visto uno en una pequeña librería para turistas-; un libro literario, quiero decir, no turístico, crónicas de viaje en vez de descripciones y mapas; un fresco poético de este lugar para el que no hay palabras concretas que valgan. De Álamos se sabe que fue cuna de la diva del Cine Nacional, María Félix- a la que por cierto los sonorenses le debemos un homenaje por todo lo alto con sede, precisamente, en este poblado-y se tiene una vaga idea de lo hermoso y tranquilo que es. Solo una semana del año, Álamos se vuelve gentío, risas, danza callejera, payasos en zancos, música retumbando en los colosales muros que, dicen, sirvieron de tumba a varias muchachas "emparedadas" por desacatar el orden moral... al menos eso me cuentan mis alumnos. Pero desde que me lo dijeron, veo los muros de mi habitación y me pregunto si esconderán los restos de alguna joven rebelde. Solo una semana, decía, ocho de los 360 días del año, Álamos deja de lado el silencio, la paz, eco de pisadas deslizándose por piedritas... solo la última semana de enero, desde hace veinticinco años, la ciudad de las novias emparedadas, de las haciendas encantadas donde las luces se prenden solas y los gatos nada tienen que envidiarle a los de Haruki Murakami -hablan, cantan, bailan... te tocan la puerta de tu habitación y crees que es un fantasma, y no, es un gato de ojos enormemente dulces-, se atavía con galas de ciudad para recibir a los máximos exponentes de la ópera, la danza, el bel canto, el jazz, la música de cámara y otras manifestaciones artísticas complementarias. La literatura y las artes visuales forman parte del cuadro porque cada disciplina artística se alimenta de las demás: imposible que exista música sin literatura, o danza sin pintura, y en eso, considero, el FAOT, como popularmente le llaman al festival alamense en honor al tenor y político sonorense Alfonso Ortíz Tirado, otro distinguido hijo del callejón del beso, poco tiene que envidiarle al Festival Cervantino de Guanajuato. Aquí, la magia tradicional del lugar contribuye a hacer de cada espectáculo, de cada montaje, de cada presentación, un acto ritual.
En esta ocasión tuve el privilegio de ser invitada a impartir un taller de creación literaria entre jóvenes preparatorianos del COBACH. Aunque siempre he dicho, y lo he dicho porque lo creo sinceramente y no porque es algo que se tenga que decir, que yo aprendo de mis alumnos tanto o más de lo que ellos puedan aprender de mí, accedí esta vez a un proceso de retroalimentación impresionante en el que los muchachos retribuyeron mis lecciones con narraciones y leyendas de su pueblo que me hicieron desear escribir un libro sobre Álamos. Nadie, estoy convencida, es capaz de narrar las leyendas como aquellos que han nacido y crecido entre los susurros espantados de las tías y las abuelas que dan fe de la novia aparecida en pleno panteón... la llorona local, dijéramos... y estos jóvenes son narradores natos, según lo comprobé no solo durante el intercambio verbal, sino también a través de su escritura. No tuve el gusto de conocer a la maestra de literatura de los jóvenes inscritos en mi taller, pero me hubiera encantado felicitarla. En un pueblo donde prácticamente no existen librerías y las bibliotecas son escuetas, modestas, semi vacías, estos muchachos resultaron lectores casi por vocación, que han saboreado y vivenciado cada lectura; que experimentan enorme curiosidad por lo que hay detrás de cada libro y de su autor. Esto, amén de su condición de narradores natos, puede darle al lector una idea de lo contenta que me siento por haber tenido la oportunidad de conocerlos y convivir con ellos.

Eve Liu en Álamos

Me encuentro en Álamos, Sonora, tierra de María Félix- yo la llamo "la Zacatecas de la Frontera Norte"-, diminuta ciudad que parece arrancada de un libro de pinturas del siglo XVIII y donde actualmente se lleva a cabo el ya tradicional Festival Internacional Alfonso Ortiz Tirado donde, si bien son las artes escénicas -canto, danza, teatro- las que se roban el aplauso y la atención, nunca faltamos algunos escritores invitados a presentar libros o a impartir cursos. Tengo el privilegio de ser invitada para tres asuntos: presentar el nuevo libro del escritor sinaloense Leónidas Alfaro titulado La agonía del caimán; a presentar La reina baila hasta morir en compañía de mi amadísima paisana María Antonieta Mendívil y a impartir un curso taller entre alumnos de preparatoria sobre apreciación literaria.
Más adelante escribiré sobre algunas impresiones del Festival y, sobre todo, de esta hermosa ciudad de mis sueños, por el momento comparto con ustedes mi aventura de esta noche. Resulta que al regresar a mi posada -no estoy hospedada en un hotel sino en un caserón precioso, propiedad de una familia estadounidense y decorada en un estilo mexicano estilizado- la persona encargada olvidó que había un huésped nuevo y dejó cerrada la puerta del salón por donde tengo que pasar para llegar hasta a mi habitación. Eleanore, una señora también americana que vive en la planta alta y habla muy poco español -casi tan escaso como mi propio inglés- bajó a ayudarme, envuelta en camisón; llamó, la pobre, a mil gentes para que vinieran a abrirme la dichosa puerta y yo a mi vez les marqué a tres amigos para ver donde podía quedarme esta noche... y nada, todos estaban en la callejoneada. Justo al borde de la desesperación, se me ocurrió preguntarle a Eleanore si existía alguna ventana por donde pudiera pasarme del otro lado. La pobre señora casi se infarta cuando entendió cual era mi propósito, pero terminó abriendo la puerta cuya ventana daba acceso a una cocina por donde podía acceder al dichoso salón... al momento de escribir estas líneas me siento un poco extraña porque he descubierto una cualidad desconocida en mí: la tremenda eslasticidad (quién sabe si mañana pueda continuar ufanándome de lo mismo) y una habilidad para invadir terrenos ajenos que me hace sospechar que en mi otra vida me dediqué a actividades delictivas... o que soy la verdadera Gatúbela... ¡pues aquí estoy, sana y salva, en una habitación repleta de libros y dos lámparas Tiffany!
Por cierto, tengo una compañera de habitación: una gatita a la que nombré Ginny (en honor a Virginia Woolf, cuyo cunpleaños se celebra hoy, 25 de enero), aunque seguramente tendrá su nombre. Aquí se las presento...

¿Antisemita?

Ustedes no están para saberlo, ni yo para contarlo... nunca imaginé que llegaría el momento en que me sintiera obligada a hablar de mi historia genética, que mucho tiene que ver con mi historia afectiva, con mi educación... con mi manera de ver el mundo.
Empecemos por la cuestión religiosa, que es la más sobada en los noticiarios y conversaciones de café, a propósito del genocidio en Gaza: sí, dije bien, genocidio. Guerra no es, desde el momento en que una de las partes es tomada desprevenida y no tiene cómo defenderse.


Pero volvamos a lo mío: oficialmente soy católica, como el 99% de los mexicanos. Extra oficialmente, y por una decisión personal y de rebeldía contra los jerarcas de esa Iglesia, me convertí al anglicanismo cuando Monseñor Rivera decretó que todas las mujeres que hubieran empleado la píldora de emergencia, estaban ex comulgadas: simplemente le tomé la palabra.


Tenemos, pues, que en cuestión religiosa me siento lejana a los judíos y a los musulmanes. Me apasiona leer sobre los aspectos de ambas culturas (ojo: dije culturas) y eso no tiene nada de raro, ya que si bien no practico ninguna de estas religiones, desciendo, por vía materna, de judío sefardí y de marroquí. Mi abuelo materno, nacido en Navolato, Sinaloa, es decir, mexicano, era hijo de un judío sefardí de nombre Clicerio Gil Samaniego y de una marroquí mulata llamada Rhita Bradhraba (quien sabe si escribí bien el apellido). La historia de amor entre estos seres antagónicos que fundaron una familia mexicana de cinco hijos -mi abuelo era el quinto y único varón, y también se llamaba Clicerio-es un misterio para mí, incluso para mi madre, que solo sabe decirme que Clicerio y Rhita se guardaban un profundo respeto, hablaban poco... y ella tocaba hermosamente el piano.


Supongo... ¡casi lo jurararía!... que ambos habían sido desterrados de sus respectivas familias... que requirieron del lugar más apartado del mundo para intentar lamerse mutuamente las heridas. Sé también que mi abuelo era -o se hizo- católico porque se casó por la iglesia... no con mi abuela, por cierto (otra historia larga de contar: la resumo en que mi abuela era campesina y mi abuelo era hijo de los dueños de la mueblería del pueblo).


Cuando mi madre cumplió 6 años, su abuelita materna, quien se hacía cargo de ella mientras mi abuela trabajaba en Culiacán, murió de algo que en su momento era un misterio pero hoy hubieran llamado "anorexia". Hizo un coraje horrible y dejó de comer. Así, nada más (y esa historia se repitió con dos de mis tíos abuelos). Quien se hizo cargo entonces de mi madre, fue una tía judía que se la llevó a vivir a la ciudad de México, concretamente a la colonia Roma, en una comunidad de judíos polacos -esa tía estaba casada con el único de ellos que no era polaco, aunque no menos respetado, llamado Assa Salomón Atala- refugiados, muy probablemente, de la Segunda Guerra. Mi madre vivió entre ellos hasta los diecisiete años, cuando esa misma tía se divorció de Assa y se casó con un católico (qué relajo, ¿no?). El caso es que, según palabras de mi madre, nunca fue más feliz en toda su vida que cuando convivió con los judíos... claro, con sus asegunes, como presenciar el trance de su mejor amiga, Rebecca, cuando sus padres decidieron casarla con su tío. A propósito de esta experiencia, alguna vez yo quise brindarle alojamiento a una amiga mía de la escuela, judía, llamada Layla, que andaba noviando con un católico. Naturalmente sus padres se oponían y ella quería escaparse. Cuando le plantee a mi mamá la posibilidad de que Layla se quedara con nosotros, reaccionó como judía (a pesar de no serlo): "¿Cómo te atreves a querer pasar por encima de la voluntad de los padres de esa muchacha?, hay que ser respetuosos de todas las creencias y tradiciones... no quiero ver aquí a esa muchacha".


Así de rotunda, ella, que siempre servía de mediadora entre mis amigas y sus madres.


Mi madre, pues, es católica, pero medio judía. Es experta en cocina kosher, conoce algunas frases y recuerda con mucho cariño y nostalgia a sus amigos, aunque cada Día de Muertos levante su altar, como buena católica. Juntas hemos llorado viendo fotos del Holocausto.... cuando en primero de secundaria me dejaron un trabajo sobre la Segunda Guerra Mundial, compramos un libro de tapas duras, rojas, muy lindo... pero cuando lo abrimos y vimos todas aquellas fotos de cadáveres apilados... mi madre y yo lloramos abrazadas, y quemamos el libro apenas quedó listo el trabajo escolar.


Que la mayoría de mis amigos sean judíos no es, creo, casualidad. Me gusta estar con ellos, lo traigo en la sangre... me he interesado por su arte, por sus películas, por su literatura -Isaac Bashevis Singer es uno de mis más amados autores... a Amos Oz, sinceramente no lo conozco tan bien-; me parecen personas grandiosas, de espíritu, de intelecto, de todo. Amigos árabes tengo pocos... si acaso una muy querida amiga hija de libanés. Pero igual me interesa la cultura árabe, particularmente la música.


¿Y a qué viene todo esto?


A que en lo último que pensé cuando empecé a manifestar abiertamente mi repudio por las acciones de Israel contra una población civil indefensa, fue justamente en ellos: mis amigos judíos.


La primera en saltar furiosa cuando alguien insinúa que "los judíos" son los causantes de lo que ocurre en Gaza, soy yo. No puedes culpar a todo un pueblo por las decisiones tomadas por un grupúsculo de canallas. Y el canalla no tiene ni patria ni religión... ni siquiera nombre propio. Es un canalla y un asesino. Los que están masacrando a los niños palestinos no son judíos... no son israelíes... son monstruos... ¡punto!


Estoy convencidísima de que la mayoría de los israelíes están tan indignados por esta carnicería como la mayor parte del mundo. Por eso me ha sorprendido mucho advertir reacciones del todo fuera de lugar en amigos y conocidos judíos que asumen el repudio contra lo que sucede en Gaza como una ofensa personal. Entiendo... por supuesto que entiendo, no faltará el imbécil que quieran inculpar a los judíos de esta barbarie. El antisemitismo es otro cáncer a vencer... un odio irracional que, por irracional, solo puede provenir de descerebrados, de estúpidos.
Sin embargo, las reacciones de algunos conocidos judíos me han dejado estupefacta... furiosa, en algunos casos. No hace mucho recibí un correo electrónico -omitiré nombres y circunstancias - donde solicitaban mi firma para exigir la expulsión de un diario de un líder de opinión de origen libanés... porque escribió que el gobierno Israelí estaba matando palestinos. ¡Como si no fuera cierto, caray! Naturalmente no firmé, y no firmé, en primer lugar, porque defiendo la libertad de expresión con uñas y dientes... en segundo porque este señor ni siquiera se refería de manera ofensiva a la comunidad judía: realizaba un análisis sobre lo que él denomina "sionismo financiero"


Yo, desde aquí, manifiesto mi total solidaridad con mis amigos judíos que se han sentido injustamente atacados a causa de este genocidio que no han promovido ni propiciado, que, estoy segura, les duele tanto como a mí... como a la gran mayoría del mundo. Y para mis amigos judíos que han hecho suyo el dolor de los palestinos, solo puedo decirles que los amo, admiro y respeto más que antes.


Pero también me solidarizo con las víctimas del genocidio.... hago patente mi repudio por lo que están haciendo contra una comunidad de inocentes... grito cada vez que miro esas fotos de niños destrozados, que podrían ser los hijos de cualquiera de nosotros, no importando fe ni raza..., atacados en las escuelas, en los hospitales... levanto mi puño contra una guerra que no es guerra, que es carnicería, que es vileza, que es cobardía sin nombre, el acto más deleznable y espantoso desde Hiroshima. Nadie, ningún ser inteligente y sensible, de la nacionalidad que sea, puede estar conforma con esto...
Ningún ser humano puede quedarse impávido ante estas imágenes...

"La reina baila hasta morir" entre lo mejor del género cuentístico producido en 2008

Por: Ignacio Trejo Fuentes

Aunque Gente así, de Vicente Leñero, contiene crónicas y “falsas biografías”, puedo considerarlo un redondo y excelente libro de cuentos. El autor va con toda tranquilidad de la realidad a la fantasía, y el lector no sabe qué es cada cuál. Con toda la experiencia del mundo, Vicente consigue uno de los grandes libros de este año, y de otros. (Alfaguara.)
Luis Bernardo Pérez, a quien considero uno de los mayores cuentistas de México, ofrece Fin de fiesta y otras celebraciones, piezas breves donde la magia y lo concreto se dan la mano para hacer una fiesta de palabras, de imágenes, de ideas. Muy pronto el autor dará mucho de que hablar y celebrar. (Ficticia.)
Quien me impactó con su libro Entre acacias, verbenas y arrayanes fue el debutante en el género cuento Izrael Trujillo. Las suyas son historias perturbadoras, plagadas de locura y de pasiones. Y qué decir del manejo técnico y verbal. Espero leer, muy pronto, nuevos trabajos narrativos de este autor, originalmente poeta. (Ficticia.)
Armando Alanís cultiva con esmero y de manera brillante las llamadas minificciones. Fosa común (ficciones súbitas) cumple más que bien con las reglas de esa especie, pues no son viñetas insulsas, ni chistes, sino cuentos breves y contundentes. Hay que leerlo. (Ediciones Fósforo.)
Eve Gil, conocida por los lectores de Siempre!, publica La reina baila hasta morir, donde reúne piezas cinceladas con sus ya características mordacidad e irreverencia. En las historias de la sonorense lo “normal”, lo ortodoxo, lo light, nada tienen que hacer: imperan la violencia, la insania, las más bajas y celebrables pasiones. Y cada día su fuerza narrativa crece. (Ediciones Fósforo.)
Otro autor de historias irreverentes y pornográficas y demenciales es Óscar Cossío. Su libro más reciente, Viva el suicidio (y otras muertes) sigue a cabalidad la línea “transgresora” que el autor se ha impuesto. Las “buenas conciencias” nada tienen que hacer aquí: ¡huyan! Quédense quienes estén dispuestos al sonrojo, a la risa. (Mandala Editores.)
Vicente Alfonso (quien ha debutado como novelista) inició como autor de cuentos, y créanme que deslumbra la facilidad con que se mueve en los espacios breves. Ubicados en el norte de México, los textos de El síndrome de Esquilo van de lo cotidiano a lo extraordinario siguiendo la sorpresa permanente, el sobresalto. Y todo mediante una prosa muy bien calibrada.
Héctor Anuar Mafud es un político oaxaqueño que de un tiempo acá ha decidido entregarse a la literatura narrativa, y lo hace más que bien. Cronista, cuentista, encuentra en este último ámbito sus mejores herramientas. Frutas verdes contiene historias hilarantes, unas, y otras terribles. Héctor sabe combinar la risa con las lágrimas. Ojalá lo conozcamos en empresas editoriales de mayor alcance. (Maya Editores.)
Aunque tengo noticia de que ha publicado varios libros, para mí fue una auténtica sorpresa agradable toparme con el acapulqueño Carlos Alberto Ricárdez. Su breve libro de cuentos Ladrar encadenado impacta por las dosis de violencia que contiene, y eso se refuerza porque las historias que cuenta ocurren en Acapulco y sitios aledaños: uno descubre que ese Paraíso no siempre es tal. Espero leer más textos de Ricárdez, porque tiene un poder narrativo excepcional. (Cul-turAcapulco.)
Convocados por editores y promotores de la cultura urbana, un grupo nutrido de escritores conformaron el libro Estación Central, para dar testimonio de su paso y de sus experiencias o visiones del Centro Histórico de la capital del país. Rosa Beltrán, Eusebio Ruvalcaba, Arturo Trejo Villafuerte, Leo Mendoza, Alejandro Estívil, Luis Bernardo Pérez y varios autores más, de mayor o menor renombre, pasean por el Centro y luego nos cuentan sus vivencias, reales o imaginarias. El de Leo Mendoza es uno de los mejores del volumen, y se mueve entre lo ordinario y lo sobrenatural: así de rico es ese espacio maravilloso. (Ficticia.)
El espejo de Beatriz es asimismo un volumen antológico; reúne cuentos escritos por narradores yucatecos coordinados por su paisana Beatriz Espejo. Hay piezas titubeantes y otras muy bien logradas. Lo interesante es que el libro nos da idea más o menos clara de lo que hacen los escritores de aquella lejana y bellísima región. Sería bueno que se hicieran trabajos como ese a lo largo y ancho del país. (Ficticia.)
Entre otros títulos que no he tenido tiempo de leer puedo mencionar El mago natural (abracadabras), de Rafael García Z.; Números para contar, de Manuel Lino; Las pesadillas de Lumiére, de Ernesto Murguía; Boxeo de sombra, de Rodrigo Díez Gargari; Los oníricos y otros cuentos del sueño de la vida, de Ciprián Cabrera Jasso; Las antíporas de anoche, de Juan Felipe Barbosa; Sinfonía para un planeta azul, de Valentín Corona; La batalla de las luciérnagas, de Diego Castillo Quintero; El recorrido por la mansión del Conde, de Ilallalí Hernández; y Estados de sitio, de Jesús Navarrete Lezama.
Como es obvio, resulta imposible leer la producción narrativa anual del país, a veces por la nada sencilla razón de que gran parte de los libros se publica en los dos últimos meses del año, precisamente cuando uno debe hacer el balance, o porque los editores no se ocupan de enviar las novedades a los críticos. En mi caso, tras más de treinta años de dedicarme a la reseña literaria, he determinado, hace mucho, no ocuparme de libros que no me hayan sido entregados por los editores o por los autores mismos. Y eso no es una reclamación, sino, supongo, un acto de sentido común.
De los libros —novelas y cuento— que leí el año que termina, puedo decir que ofrecen un panorama más que saludable de la literatura mexicana, pese a lo que digan quienes siguen dejándose deslumbrar por espejitos y cuentas que nos hacen llegar los europeos y los estadounidenses: la literatura mexicana tiene para dar y prestar a aquéllos. ¿O tienen algo similar a, por ejemplo, Las tinieblas de corazón, novela de Manuel Echeverría?

Respuesta a Martín del Campo respecto a sus peyorativas declaraciones sobre las escritoras mexicanas

¿Por qué una de las preguntas de rigor, a la hora de entrevistar a un escritor varón de cierta fama, es “qué opina de las mujeres que escriben”?
Por aquí empiezo mi respuesta al comentario del escritor David Martín del Campo, publicado en el número 2898 de la revista Siempre!: preguntándole al autor de la entrevista, Alejandro Alvarado, el motivo de esta pregunta con cuya respuesta prácticamente cubrió la plana, siendo que Martín del Campo es un autor prolífico, a quien pudo haber interrogado abundantemente sobre su obra.
Del mismo modo que siempre he criticado a los reporteros que se aproximan a un escritor sin conocer su obra, ergo, sin tener idea de qué preguntarle, condeno también a los escritores que responden por responder, por temor a quedar como un ignorante, sin entender que muchas veces el silencio es más signo de sabiduría que de ignorancia.
La respuesta del aludido a tan sesudo cuestionamiento, irá de mal en peor: “…Se trata de un fenómeno que comenzó a distinguirse alrededor de los años setenta…”
Martín del Campo no aclara si el “fenómeno” al que refiere, es exclusivamente mexicano. En cuyo caso queda en manifiesto su total ignorancia respecto a autoras de la talla de Laura Méndez, Concha Urquiza, María Elvira Bermúdez, Elena Garro, Emma Dolujanoff, Rosario Castellanos, Inés Arredondo, Josefina Vicens, Enriqueta Ochoa, Amparo Dávila, Luisa Josefina Hernández, Dolores Castro, Guadalupe Dueñas, María Luisa Mendoza, Elena Poniatowska, que empezaron a escribir antes –mucho antes, en el caso de las primeras – de los setentas.
Agrega: “Estamos a la par, hoy hay tantos escritores como escritoras”, a lo que yo agregaría: sí, pero algunos escritores –y lectores- continúan percibiendo la literatura escrita por mujeres –que no femenina- como arte de tercera, como sub género. De ahí la insistencia de realizar la consabida pregunta formulada, en este caso, por Alejandro Alvarado.
Lo que sigue es digno de enmarcarse para el Museo de la Misoginia: “Detrás de ellas (Ángeles Mastretta, Silvia Molina y Cristina Rivera Garza, únicas autoras a las que concede importancia en el campo de las letras mexicanas) viene toda una gama de escritoras que están publicando con cierto facilismo. El buen oficio literario se está perdiendo… la mayoría de las mujeres escriben horrible, no saben escribir; ni siquiera usan los gerundios…”)
Analicemos cuidadosamente esta declaración: presiento que lo que Martín del Campo quiso decir no fue “publicando con cierto facilismo”, sino “escribiendo”. Referirse a lo primero, sería tanto como escupir hacia arriba, porque Martín del Campo publica sus novelas, independientemente de su calidad –bastante irregular, algunas buenas, otras mediocres- en las mejores editoriales del país y de manera más que constante. Publicar en México, para la mayoría de los mortales, sean hombres o mujeres, es terriblemente difícil. A algunos se les ha hecho más fácil hacerlo en el extranjero.
Escribir ya es otra cosa: la mala prosa, la mala poesía no es exclusiva de un sexo. A diario se leen montones de cosas terribles, tanto de autoría femenina, como de autoría masculina. No se me había ocurrido, hasta ahora, realizar un balance respecto a quienes salen ganando (o perdiendo, según se vea), porque sería ridículo: la literatura no tiene sexo. Y esto no es una guerra. Sin embargo, David Martín del Campo prácticamente acusa a las escritoras de haber echado a perder el medio editorial mexicano.
Quisiera además entender a qué se refiere con que Ana Clavel “enseña buenos propósitos”, y que Aline Pettersson y Mónica Lavín “traen su discurso”. Esto no me dice nada. Lo único que consigo entender, es que las tres autoras por él citadas no tienen nada en común, excepto ser mujeres, y que de cada una de ellas podrían decirse cosas verdaderamente trascendentes… si las hubiera leído alguna vez.
Para rematar, Martín del Campo afirma contundente algo que no hace sino confirmar mis sospechas de que no ha leído a ninguna de las autoras por él citadas al azar:

“¿Qué es lo que nos ofrecen las mujeres? Ellas eluden de principio historias de violencia, por ejemplo; se quejan de los resabios que hay del discurso patriarcal machista. Te platican del marido que dejaron porque era un cabrón y de que en el camino no encuentran más que la escoria. Eso es de lo que hablan…”

Este discurso subraya lo que ya intuíamos: el señor Martín del Campo no ha leído escritoras mexicanas, o en todo caso ha leído muy pocas. Dos de las que cita como ejemplos (Mastretta y Molina) son de las pocas que actualmente abordan temas tradicionalmente considerados como “femeninos” y que, desde mi punto de vista, son tan válidos para desarrollarse literariamente como cualquier problemática que concierna al ser humano… y las mujeres somos seres humanos.
Revela, asimismo, un profundo resentimiento por sus colegas y el prestigio que con tanto esfuerzo se han labrado a lo largo de siglos… no solo de treinta años para acá.

EVE GIL

Lee completa la entrevista de Alejandro Alvarado aquí