Diario de una hipocondriaca en el encierro II

Día 5
Domingo 26 de abril

Noticias: 500 personas hicieron cola el día de hoy ante las instalaciones de la cárcel de Santa Martha Acatlita, entre ellos, niños y mujeres embarazadas, acarreando víveres para sus familiares internos. Ninguno lleva cubrebocas.

En los noticiarios no se habla de otra cosa. La guerra contra el narco ha sido borrada del mapa. Influenza-porcina-humana. Medidas preventivas (se genera una nueva cada cinco minutos), cifras de internos –solo uno de los ingresados portaba el virus- fechas tentativas, futurismo. Estamos incomunicados del resto del mundo, excepto si alguien en China o en Nueva Zelanda cae víctima de un mal compatible al nuestro. De lo único que nos libramos es del maldito fútbol… es el único tema que desvía a los locutores de sus imprecisiones apocalípticas.
Acapulco: infestado (literalmente) Los hoteles al 70% de su capacidad, mientras que en la ciudad de México parecen edificios fantasmales. Esta gente no quiere entender que estas no son vacaciones. Quizá si en los medios usaran la palabra tabú –cuarentena- se darían cuenta de que no tienen derecho a exponer a los demás. Estos y los que insisten en no emplear el tapabocas exhiben una nula conciencia cívica, no digamos ya amor al prójimo.
Las autoridades tuvieron el buen tino de cerrar los parques que, con el cuento de que se cerraron los cines, estarían ahora tan infestados como las albercas acapulqueñas… en serio, ¿por qué la gente le tiene tanta aversión a su casa? ¿Por qué no se quedan a leer, cuando menos a ver películas?
Se considera seriamente la posibilidad de cerrar el metro.

Día 6
Lunes 27 de abril
Versiones que he escuchado sobre el origen del virus, en orden de aparición, desde que se supo que todos los extranjeros que cayeron enfermos en sus países de origen, acababan de salir de la ciudad de México, concretamente:

-Se lo trajo a Obama pero, como es “de color”, no le afecta.
-Un canadiense que previamente había ido a China, saltó de allá para México. Traía incubado el virus de la fiebre aviar y cuando este todavía no se manifestaba, decidió visitar a un noble y cariñoso amigo mexicano… pero no del DF, ¿eh?, más bien del Norte… o de Oaxaca –que fue donde, se dice, cayó el primer mexicano víctima del virus- y los canadienses, aunque maten focas, aman mucho a los animales, incluyendo a los cerditos. Al contacto de un cerdo chino que el canadiense debe haber besado y acariciado, pescó un virus que se combinó con el que ya traía de China y, para colmo, se lo pasó a su amigo mexicano (Juro por Dios que así lo contaron).
-Un chinito –porque los chinos tienen la culpa de todo lo malo que pasa en el planeta –conviven muy de cerca con los cerditos, igual que con las aves. Pero resulta que el chinito este, que tenía contacto con ambas especies y, para colmo, por un capricho de su enigmático organismo, fusionó los dos virus, el aviar y el porcino… y como ya estaba enfermo de gripe, pues le echó también de su cosecha. Y a su paso por México se enfermó y dejó su estela mortal (Otra vez: juro que lo escuché en el radio. Nomás faltó que le pusieran nombre al chino)
-Un migrante oaxaqueño llegó de los EU con el virus y en su pueblo le agarró la temblorina y las fiebres, pero como su señora creyó que era SIDA, no hizo nada para que lo atendieran a tiempo.
-Esas arenas de las playas artificiales… ¿de dónde las habrán traído? ¿Cuántos cerdos de no-sé-qué-nacionalidades no se habrán revolcado en ellas?, con el cuento de que a los mexicanos nos mandan las sobras…
ERGO: Es imposible que un virus tan terrible se haya originado en México, ya no digamos en una ciudad tan limpia, oxigenada, ordenada y transparente como el DF.

Lo que faltaba… ¡un temblor!
Y me agarró en plena farmacia.
11: 46 a.m
Epicentro: Costas de Guerrero
5.7 escala de richter , 45 segundos de duración
Que, por cierto, bastaron para casi colapsar algunos edificios del Centro Histórico y matar del infarto a dos señoras mayores en Guerrero.

Día 7
Martes 28 de abril
12:00 am
¡Qué maravillosa definición acabo de leer sobre el término Democracia, que tanto me obsesiona! Se le debe a Reinhold Neiebuhr (1892-1917) y es cintado por Wolf Lepenies en su ensayo “Visitas euro-americanas con un toque de ironía”, incluido en el libro “Melancolía y utopía” (Arcadia, Barcelona, 2009):
-No utilizar medios fundamentalistas en la lucha contra el fundamentalismo.

Diario de una hipocondríaca en el encierro

Día 1
Miércoles 22 de abril
Nueve defunciones por influenza. Nada grave, afirma el Secretario de Salud, con el tono de quien está harto de la estupidez humana, ¿pandemia? ¿Cómo creen? Pandemia sería si murieran miles. Ergo: el doctor no moverá un dedito (manicuradísimo) hasta que no empecemos a caer como moscas.
Para nada es falta de higiene, ¿eh?: nos lo pasaron desde Estados Unidos (últimamente los gringos tienen la culpa de todo. Será porque los cristeros creen que Obama es el Anticristo: “No, señores. Nostradamus no mencionó a un presidente negro, sino a un papa negro, lo cual todavía parece remoto. Amén”.
“Por el clima”, dijo también el Secre de Salú. “Por el clima”, así contesto yo cuando me hacen una pregunta impertinente.
Que vacunen a quienes trabajan en el sector salud… que al estornudar nos cubramos con el antebrazo y no con las manos.
Yo me he sentido mal. Algo me indica que debo acudir al médico… pero según los rumores, el virus que ha matado a nueve personas salió de los mismos hospitales. Hasta que esto no se aclare, no pienso ni pasar por enfrente (la verdad le temo más a las clínicas del ISSTE que a la influenza)
Lo que nos faltaba… y lo peor: no les creo nada, nadita…

Día 2
Jueves 23 de abril
¿No que no? Ya cancelaron las clases para mañana, con todo y su pruebita “Enlace”
Lo peor es que soy hipocondríaca y me sentía bastante bien hasta que empezaron a enumerar, una y otra vez, los síntomas.
Por lo pronto, y en caso de que me muera mañana –bromeo, por supuesto- me aplicaré a leer algo que me guste mucho, hasta que me venza el sueño.

Día 3
Viernes 24 de abril
La verdad es cada vez más inalcanzable. Es más factible morirse de esto que saber qué está pasando en realidad: 9 muertos (antier), 45 muertos (hoy), probablemente 68. Por la mañana escuché otra cifra muy menor: 13 muertos… pero repartidos en toda la república –esto raras veces lo aclaran: para los chilangos, el DF es México- Mi mamá me dijo hoy al medio día: ¡800 muertos, virgen santísima! (estaba viendo la tele).
Cumplí el compromiso que tenía por la mañana: impostergable. Estreché una docena de manos… terriblemente sudada, una de ellas. Lo peor es que este apretón lo recibí en un escenario y no podía salir huyendo a lavarme. Saliendo del compromiso me las lavé hasta que me quedaron rositas. Ayer por la noche me dolía la cabeza, otro tanto la garganta y estuve a un paso de la histeria –se me figura que la cifra de 800 que escuchó mi mamá fue la de hipocondríacos que corrieron a hospitalizarse porque estornudaron- y lavándoselas a Luli, como si se me hubiera metido el espíritu de Michael Jackson. Los fabricantes de cubrebocas estarán en la lista del FORBES del próximo año… y ya están hablando de complementarlos con guantes de látex.
En otro programa de radio, una doctora dijo que esta “gripe porcina” –que en realidad es cruza de cochi, pájaro y orate humano- no se anda con chiquitas, es decir, de un momento a otro sientes que estás muriendo y lo primero es una elevación exacerbada de la temperatura corporal. Yo estoy fresca, por el momento. Helada, a decir verdad. Cerraron museos, cines, auditorios… se insinúa la posibilidad de cerrar también el aeropuerto.
Lo peor es que, según dijeron en otro noticiario –los monitoreo las 24 horas- es que el gobierno tenía conocimiento de un brote febril… ¡desde marzo! Muy probablemente, dicen, hubieran podido combatir el virus desde entonces. Pero con tal de ahorrar en nimiedades –la prioridad es “la guerra contra el narco”- son capaces de dejar que nos convirtamos en zombis.
Lo bueno… ¡habrá prórroga en el pago de impuestos de las personas físicas… hasta el 1 de junio!!!
¿Ante quien me tengo que arrodillar? (ante el Gordo no, por favor…)
Cerraron también centros nocturnos. Aunque parezca mentiras, en circunstancias como estas, hay gente deseosa de bailar, sudar, besuquearse… beber de una misma copa, de ser posible. Dicen que se enojaron mucho cuando se les evacuó, y hasta hicieron un recordatorio impertinente del News Divane (o como se llamara el antro). Habrá partidos de fútbol…sin público. Las misas serán transmitidas por el radio (también por televisión abierta, para los ricos).
Influencia. Influenstza. Influnencia. Infuenza. Insuflencia. Izunzencia. Son algunas de las pronunciaciones extrañas que he escuchado a lo largo del día.
Dicen: Si experimenta los síntomas, consulte a su médico.
También: Si experimenta los síntomas, permanezca en reposo. No salga de su casa.
Otro locutor: “Los síntomas de la influenza son idénticos a los de la gripe normal, pero más intensos” (¿qué hacemos los que nos dan gripones de miedo?)
No problem: podemos comer carne de cerdo (ojalá hubiera dinero para semejante lujo)
El contagio se da de humano a humano. Alguien que me explique cómo un humano pudo transmitir un virus porcino (no quiero ni imaginármelo)
El virus ha mutado de nombre tres veces, en menos de 24 horas: de “influenza” pasó a “influenza (o fiebre) porcina” Ahora se le está llamado “fiebre-porcina-humana” (mañana podríamos amanecer con la novedad de que es fiebre-porcina-humana-equina”)
Otros dos síntomas, no mencionados hasta ahora: vómito y diarrea
Las misas serán radiofónicas (¡maldición!)
Los diputados exigen que se les aplique la vacuna -¿Cuál?, ¿no que no existe?- porque, dicen, los fines de semana viajan a sus estados de origen y son “foco de contagio”… ¿y quién les dice que son los únicos chilangos que tienen que viajar en fin de semana?
Juraría sobre una Biblia que al Presidente y a sus Hombres (y Mujeres, incluida Elba Esther) ya los inmunizaron… desde marzo.

Día 4
Sábado 25 de abril
“Así como actuamos contra el narco, actuaremos contra la influenza”
¡Qué terror! ¿Colocarán contra la pared a los sospechosos de portar el virus? ¿Quemarán hospitales? ¿Incautarán cerdos?
Más noticias:
-El gobierno estaba informado desde hace UN AÑO de la potencialidad de la propagación de un virus mutante. Los secretarios acudieron a un simposio sobre el tema, efectuado en E.U, en el 2007… pero solo les sirvió de paseo.
-Hoy se presentó un éxodo de chilangos rumbo a Cuernavaca… y justo hoy se presentaron los dos primeros casos sospechosos de influenza por allá… a menos que sean hipocondríacos monitoreando las noticias del radio, como yo.
-Unos dicen que el cubrebocas debe mudarse tras cuatro horas de uso o apenas sea posible, si se ha estornudado en él. Otro, que basta lavarlo con jabón neutro y ponerlo a secar.

Me asomo por la ventana de mi cuarto, ¿qué veo?: el mundo allá afuera ignora la existencia de una epidemia por influenza. La taquería de enfrente, al aire libre, presenta el bullicio de todos los días, el mismo trajín de cocineros y meseros. Ninguno porta el cubrebocas. Los clientes, mucho menos. Se cuentan chismes con las caras cerquitita. Para colmo, un guitarrista ambulante va de mesa en mesa, cantando una ranchera… y desde acá me parece ver como va regando una especie de rocío que le sale por la boca.
Es como ver una película de aliens...pero sin cine.

¿Continuará....?

Mi obra exorcizada

He aquí la versión cuentística del monólogo teatral Electra masacrada, incluido en el libro Sueños de Lot, Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta 2006 (Porrúa, 2007)

Vocación de Electra
Las colchas exhiben un borrón del nombre del hotel: Niza. La N vuelta A sin rayita; la Z una L volteada; dos estrellas y un tercio; persianas torcidas —espía el sol por un recoveco —, aire acondicionado (lo enciendo), el baño invitándome a dejar ahí mi porquería; y ese olor que me recuerda a ti: desinfectante. Acostumbro llegar una hora antes que tú. Darme una ducha y recibirte enfundada en la túnica que improviso con una toalla, treta no tan sutil para convencerte de mi natural patetismo. No corro cortinas. Prendo la radio integrada al televisor, vetusta caja de Pandora. La trémula voz de niña violada de Sinead O´Connor inunda el recinto y avanzo, contorsionándome, ante el espejo tras la puerta de la que cuelga el reglamento del hotel (soy la única que se toma la molestia de informarse sobre la ubicación de las salidas de emergencia) al tiempo que enciendo un cigarrillo, quemándome los dedos. Fumar no es mi fuerte. Bailar, menos.
Mi madre me recriminaba todo el tiempo que pisara a sus amigos.
Empiezo a desvestirme, despacito, insinuante, mientras recuerdo como, al verme llegar al ensayo con mi nuevo corte de cadete, te arrojaste sobre mí como queriéndome matar. Un día antes me habías echado en cara mi cobardía por no sacrificar mi vanidad al escenario. Menos mal y no mencionaste mis redondos ojos verdes pues, con tal de demostrarte de lo que soy capaz, habría repetido la hazaña de Edipo (idiotita. Idiota). Las mujeres del coro han de lucir largas y brillantes cabelleras sobre diáfanas túnicas, y ni entre las rubias ruinas de mi pelo me encontraste digna de ser Electra, desquiciada por la muerte de su padre; envuelta en harapos para exhibir ante su progenitora su condición miserable. Dijiste que agradeciera que no me echaras de la obra y me permitieras en cambio llevar peluca (horrible, por cierto). Nuestra puesta es una perfecta amalgama de las dos Electras. La de Sófocles, hermosa y sufriente princesa en medio del patetismo de sus parlamentos; la de Eurípides, terriblemente lúcida pese a sus costras de mugre, así que decidiste fundir ambas, porque todas las mujeres, dijiste, tienen el poder de ser horribles o hermosas a capricho. Pero por más que intento hacerte ver que soy perfecta, que nadie comprende mejor el odio de Electra, sigues empeñado en que tu mujer, primera actriz de la compañía, pasada ya de edad para el personaje, es quien puede sacarlo adelante. ¿Qué puede saber tu exitosa mujercita, niña mimada, de que le arrebaten lo que más ama en el mundo? Ella estaría mejor, ¡perfecta!, como la veleidosa y traidora Clitemnestra... ¡Y yo gozaría viendo a mi hermano, Orestes, matarla!
La tina está deshabilitada, resquebrajado adorno, por fortuna. Apenas fluye agua por la tubería, afanosa como la tos que rasga mis pulmones. Fría. Jamás me metería en una bañera rebosante de espuma, de inmediato la vería teñirse con las sangres de mi madre y su amante. Dejo al chorro desplomarse sobre mi cabeza. Me ducho veloz, sin demorarme en contar mis costillas, cada vez más lastimadas por el diario ejercicio de vomitar. Cierro los ojos para no ver los sórdidos corazones sobre la cal expuesta.
3:30. Enciendo el televisor: Clinton ha sido reelegido presidente de los Estados Unidos. La política me importa un bledo pero dejo las noticias y me siento a la orilla de la cama para aplicarme crema en las piernas. Largas y esbeltas. Te enoja que sean tan descoloridas, mas no puedes negar que te gusta tenerlas alrededor de tu cintura, ¿verdad? Por algo me has convertido en tu amante... Aunque, ¿es factible adjudicarse tamaña jerarquía cuando únicamente nos revolcamos una vez al mes, mientras que el resto me tiranizas?... Pienso en las demás actrices de la compañía... Gina te coquetea descaradamente. Quisiera matarla, mientras que a tu mujercita, tan segura de sí, le causa gracia... Amelia te come con los ojos, pero su trato hacia ti es formal. Pudiera estar disimulando. Mosquita muerta. ¿Te las arreglarás para acostarte con ellas, de manera que ni yo ni tu mujercita nos demos por enteradas?
El espejo me devuelve otra imagen de mí. Parezco niña jugando al teatro; larga y dispareja toalla anudada al hombro. Enorme sello del hotel Niza cual escudo imperial. Un día mamá me sorprendió caracterizando a Ofelia frente al espejo de mi cuarto. Yo acababa de ver el Hamlet de Laurence Olivier en televisión y había memorizado los parlamentos de Lilian Gish. Ya tenía trece años (¡qué rápido pasa el tiempo…!)
¡Qué tierna!, canturreó mamá de pronto, apoyándose en el quicio de la puerta para no caerse de borracha, ¡vengan a ver la hija que tengo!, ¡qué Sarah Bernhardt ni qué putas madres…!, y en el acto una muchedumbre de intoxicados semblantes se amotinaron en el umbral de mi intimidad como en torno a la jaula de un animal exótico, aullando de excitación al verme con la improvisada túnica (una sábana en realidad) y nada debajo; la trenza sembrada de flores secas, muertas de vergüenza.
Expuestos mis pechos en botón por la transparencia de la sábana…
Fue la primera vez que vi a Moisés. Su cabeza destacaba entre el resto. Alto y fornido, tirando a gordo. Panzón. No era el único entre aquellos varones y hembras que me miraba con lujuria, pero debí advertir en su enfermiza mirada la intención de poseerme a la mala.
Una noche, aprovechando el apogeo de uno de tantos bacanales, se infiltró en mi cuarto. Yo no dormía, por supuesto. ¿Cómo, en medio del desgarrante balido del carnero sacrificado en ese instante? Estaba cubierta hasta la cabeza, tapándome los oídos. Moisés me tomó por sorpresa. Tal era mi afán por no escuchar que no supe en que momento se deslizó bajo las sábanas y tapó mi boca. Lo peor no fue que me violara sino que, al percatarse de que no era el primero, me apaleara hasta dejarme inconsciente. ¡Te creí distinta a tu madre!, fue su reproche, repetido hasta la saciedad mientras me azotaba con la hebilla de su inmenso cinturón de gordo. Nunca volvió a tocarme. Pero me agarró tirria.
3:50. Estoy acostada, contemplo mi imagen en el espejo del techo. Ofelia se ha arrancado la trenza y sólo hay una cabecita rapada sobre la almohada. Siempre que estás por llegar se abisma el vacío en mi estómago y me entran ganas de llorar. La posibilidad de que no vengas es grande. Cada vez más. Apenas ayer besaste a tu mujer frente a mí y a toda la compañía. Tía Coraima me vio llegar rara, y como siempre que me ve rara empezó a chingar con que viera al cura antes de que se me volviera a meter el diablo. No me odia. Si me odiara, supongo, no aceptaría tenerme por única compañía. Hace dos años cumplí la mayoría de edad y no le ha dado aún por echarme. Qué divertido. Mientras mamá se estancaba en los veintinueve años, su gemela exhibía ya calvicie, artritis y mala dentadura. Tía Coraima prefirió no casarse porque su papel en la vida era ser el desmentido de mi madre. Gritar a los cuatro vientos que era Gemela de la Mujer más Sexy y hacer que se rieran de ella, de mamá. Tacaña como ella sola, ni siquiera paga una criada. Yo me hago cargo de los deberes domésticos a cambio de techo, comida y estudios —quien lo dijera que terminaría estudiando Derecho, yo—, en pocas palabras, nos somos útiles una a la otra. No sabe lo del teatro. Para justificar ausencias y tardanzas tengo que estarme sacando chanzas de la manga. Le da miedo que pueda andar en estas cosas de la artisteada, que me vuelva como mi madre. No puede entender que lo que yo hago es teatro serio, nada que ver con lo que hacía mamá. Ya me advirtió, que si salgo con un domingo siete me pone de patitas en la calle. Jamás me ha conocido novio, no porque se los haya escondido sino porque no los he querido tener.
Tú eres otra cosa.
El otro día, buscando un vestido antiguo en la cómoda de tía Coraima, encontré un dildo. ¿Te das cuenta? Sentí un poco de asco al imaginarlo incrustado en su doncellez pútrida, pero después me eché a reír: entendí de pronto de donde provenían ese raro zumbido y los suspiritos ahogados que escuchaba por las noches. Ojalá yo pudiera conformarme con tan poco...
"¿Tal es tu necesidad de convencerte de que soy real?".
Me enderezo de súbito. Sus sesgados ojos verdes emboscan los míos, me miran fijamente. Sin rencores. Con ternura. Con lascivia. El hermoso rostro de mi madre, perfeccionado por el bisturí y enmarcado de una sedosa cabellera rubia. Hasta su color de pelo era falso, no como el mío. Era lo único que me envidiaba: que fuera rubia natural. Nunca veo televisión más que cuando vengo aquí, y supongo que tía Coraima cambia rápidamente de canal cuando se hace una mínima referencia al asunto. La veo y no lo creo. Sus compañeros de escena la manosean sin recato, como en la vida real. No puedo soportar verla desnuda, no de nuevo. Apago el televisor, el corazón desbocado. Es grotesco que transmitan sus películas después de lo ocurrido…
4:10. Ni el escenario me apasiona tanto como tú, particularmente porque los papeles que me hubieran gustado se los cedes a tu mujercita. Puedo resistir no interpretar a María Estuardo, pero si te pierdo no tendrá sentido mi vida, volvería a ser niña a merced de su madre puta y sus degenerados amigos. Sola. No ha sido fácil sobrevivir a los recuerdos. Sobrevivir a tu desamor, imposible. 4:15. Alguna vez dijiste que la nuestra sería "nuestra aventura para siempre". Quiero decir, lo dijiste cuando decías algo. Cómo pronunciar el beso que me robaste tras bambalinas, mientras tu mujercita, caracterizada de Juana de Arco, agradecía la ovación del público. Yo interpretaba a una doncella de la corte del rey Carlos. La compañía estaba lo bastante absorta en la actriz, menuda y elegante, como para reparar en tu arrebato. Sentir tus labios en los míos me transportó al instante de mi única entrega voluntaria. La primera. Mis lágrimas han humedecido la almohada que de pronto ya no huele a ti sino a muerte. Ofelia henchida de agua, morada. Podrida su corona nupcial. 4:20.
Extraigo mi antídoto de la mochila: una navaja curva. Pudiera emular a otra de mis heroínas favoritas: Madame Butterfly, que tu mujercita caracterizó cubriendo su insípida cabecita con una negra peluca tiesa de laca. Ella sí tiene la constitución delicada de las mujeres de Oriente, me dijiste... Ah, y baila con encanto y refinamiento, condición indispensable para la actriz que interprete tan privilegiado papel. Abandonada, se encaja una daga en el vientre al recordar que su padre, muerto en la misma forma, había dicho que cuando se ha vivido sin honor, lo único que puede pedirse es una muerte con honor. Y yo he vivido deshonrada.
Acerco la navaja a mi vena. Tiembla el pulso…
Me asalta a tarde en que regresé de la secundaria acarreando una pena en la mochila. Me acosaban con preguntas en la escuela; mis amigos, los maestros, el prefecto; se habían percatado de que algo me ocurría, de que gritaba socorro con los ojos. Así lo declararon en los diarios. Casi no hablaba ni comía. La tarde aquella me sentía bomba de tiempo dispuesta a estallar. El rumor de la risa materna me recibió en la puerta como un soplo fétido. La grasosa risa de Moisés se confundió con la de ella. Sentí deseos de vomitar. Estaban en el piso de arriba, en el baño. Nunca tuvieron precaución de que no los viera. Un par de veces los sorprendí cogiendo, una en la cocina, otra en la habitación que alguna vez compartiera mi madre con mi padre. Tanto en una ocasión como en la otra, mi madre no percibió mi proximidad. Moisés sí. Deduje que era justo lo que quería: que lo viera montar a mi madre como a una perra mientras le azotaba la grupa. Arrojé lejos la mochila y bajé corriendo al sótano. No a esconderme como solía. Papá nunca regresó por su colección de escopetas ni por mí a pesar de lo prometido. Estaban justo donde las dejó, cubiertas de moho y telarañas. Él me había enseñado a tirar cuando yo tenía siete años recién cumplidos y éramos un ser indivisible. A esa edad ya había matado de un sólo tiro a varios pájaros y liebres… a un gato incluso, sin querer. Tomé el arma con una familiaridad que hasta a mí misma me sorprendió. No había vuelto a tocarla desde que papá se fue.
Corté cartucho: estaba cargada.
Al cabo de un rato la policía encontró a una niña con uniforme de secundaria federal, en posición fetal junto a la tina de mármol azul donde los amantes naufragaban en su sangre. Fui detonadora de compasión y mesas redondas sobre maltrato infantil. La sociedad se conmovió hasta el llanto con la historia de la chiquilla que, sistemáticamente violada por el amante de su madre, entregada por la misma a una jauría de viciosos, había cobrado venganza. Me convertí en heroína. Electra y Juana de Arco en una. Mi cabeza no rodó como la de María Estuardo, antes bien, fue coronada como la de una santa, aunque meses después me olvidaran. Estuve sólo dos años en la clínica, como pomposamente la llamabas. Fue la actuación de mi vida. Afuera, mi público me ovacionaba, ¡Te queremos! ¡Te queremos! Lástima, te perdiste la mejor parte, porque cuando reapareciste en aquel cuarto soleado e inundado de los peluches que me hacían llegar mis admiradores, mi público, cargando uno más entre tus brazos, ya había hecho de este mundo mi escenario...
— ¡Ifigenia!— susurras del otro lado de la puerta, tocando con suavidad— ¿Sigues ahí…?
Mi nombre me espabila. El nombre que me diste en honor a tu heroína predilecta, qué ironía, la que fue sacrificada por su propio padre —el mismo de Electra, ni más ni menos— a los dioses. Mi madre y sus amistades me lo cambiaron por un insípido "Jenny" que, aseguraban, me iba mejor. Jenny Couto, me llamaron los periódicos: el apellido materno. ¡Te queremos, Jenny, te queremos! Para los programas de mano soy Ifigenia Ramson. Ni siquiera escuché tus pasos. Siempre lo mismo. Sigiloso, como buen depredador. Tu respiración entrecortada me hace ver que has subido a galope las escaleras: se te ha hecho tarde; el tráfico o qué se yo: tus excusas son el aire que respiro.
Retrocede el filo sobre mi vena...

La novela rosa está de luto: murió Mamá Corín

Este 11 de abril de 2009 murió la asturiana María del Socorro Tellado López, mejor conocida como “Corín”
Me atrevo a escribir estas líneas después de haber escuchado algunos comentarios despectivos en torno a su persona, por parte de una locutora de radio que, presiento, jamás leyó una de las novelitas de Corín. Ese es el problema con nuestros “comunicólogos”, no leen nada, ni siquiera a Corín Tellado.
Odiada a muerte por los ignorantes -¡Nunca he leído una novela suya!, claman sus detractores-, lo fue también por las clases letradas, que consideraban sus novelas un divertimento barato sin méritos literarios. Podrá no faltarles razón, pero a esta dama se le ha escatimado un mérito, en el cual muy pocos han reparado, Antonio Alatorre entre ellos. El literato mexicano escribió en el prólogo a las Cartas de Frida Kahlo, compiladas por Raquel Tibol, que cuando era un joven que viajaba en tranvía y se topaba con una señorita con finta secretaria absorta en una novelita de Corín, pensaba: “He ahí una futura lectora de Flaubert y de Proust”. Las novelitas de Corín, y digo novelitas no en términos cualitativos sino cuantitativos, sirvieron de puente a muchas jovencitas –y, me atrevería afirmar, a uno que otro jovencito- para llegar a la gran literatura. Yo fui una de esas jovencitas y he de reconocer, cediendo a los rubores, que contando unos once, doce años, cuando empecé a devorar no solo a Corín, sino también a Bárbara Cartland, María Luisa Linares, Danielle Steel y otras por el estilo, que mi mamá leía con fruición mientras se pintaba las uñas, tirada de pecho sobre la cama -¿cómo olvidarlo?- soñaba con ser como ellas: hacerme rica escribiendo historias de amor. De hecho, mis primeras novelitas –estás sí en términos peyorativos- las escribí para hacerles la competencia ante mi mamá que se convirtió en mi primera emocionada lectora y nunca me regañó por mi precocidad al describir besos apasionados (como la propia Corín, yo aprendí a besar describiendo besos en aquellas novelitas).
Cada una de las autoras de novela rosa tenía su sello particular, mienten los que dicen que todas las novelas rosa son iguales, pero como nos referimos concretamente a Corín, les diré algo que sin duda los sorprenderá: sus protagonistas siempre fueron personas comunes y corrientes. Ni duques o condes como en el caso de Cartland… ni aburridas señoritas del jet set, como en el de Steel. Secretarias, contables, enfermeras, ingenieros, taxistas, abogados, empleados, etcétera. Físicamente tampoco eran nada espectaculares, de hecho, los “galanes” corintelladeanos, sin excepción, eran hombres “no guapos pero varoniles”, mientras que ellas eran, cuando mucho, guapas. Corín, además, evolucionó con los años. A mí me tocó leer textos de su época rebelde, cuando las heroínas desdeñaban la feminidad, fumaban como chimeneas, eran expertas en plomería y albañilería y hasta ejercían oficios tenidos por masculinos. Me tocaron varias taxistas, camioneras, médicas y arquitectas. Otra cosa que la diferenciaba, por ejemplo, de su mayor competidora a nivel mundial, la Cartland, era que mientras las heroínas decimonónicas de esta conservaban intacta la virginidad hasta el final de la novela, varias de las corintelladeanas se presentaban ante sus pretendientes como mujeres que “habían vivido” y esto, en clave corintelladeana significaba haber perdido la virginidad. Aunque no lo crean, leí novelitas de doña Corín que flirteaban con el lenguaje pornográfico, lo cual no era para menos, dado el auge en los ochenta de las novelitas inglesas Harlequín, que en México conocimos como Jazmín, Julia, Bianca y Deseo (esta última la versión gringa de la misma editorial) y se caracterizaban por sus escenas eróticas subiditas de color que tantos sueños húmedos produjeron en las niñas de mi generación. Ninguna de estas, sin embargo, presentó el drama de una joven ninfomaníaca… ¡Corín Tellado se atrevió!
Algunos de sus lectores, claro, se quedaron en su primera etapa, de la que yo leí algunas novelitas que me provocaban más risa que suspiros, cuando un beso entre los protagonistas equivalía a “sellar un pacto eterno”, o la heroína consideraba que le había sido arrebatado el honor cuando lo que le habían robado era un beso en la boca, aunque escribir con la dictadura franquista por trasfondo, supongo, no permitía llegar a las masas de otro modo. Según ella misma ha dicho, “la censura me enseñó a insinuar”.Pero lo mejor de su literatura, insisto, es que sus personajes eran clasemedieros, como la inmensa mayoría de sus lectores. Famosa es la caballeresca defensa que de esta escritora realizó nada menos que Guillermo Cabrera Infante quien al referirse a ella como “la inocente pornógrafa”, denota haberla leído a conciencia. En alguna entrevista, Corín manifiesta su sentimiento de culpa al descubrir que le estaban pagando más por sus novelas –unas 1500 pesetas mensuales- que lo que ganaba su padre, que ejercía como ingeniero naval.
Dicen que es la autora española más leída después de Cervantes. Desde su primera novelita, publicada el 12 de octubre de 1946, contando Corín 19 años –nació el 25 de abril de 1927- acumuló 4000 títulos, lo que la sitúa hoy en el Libro Record de Guiness. En 2007 fue objeto de un homenaje en su natal Asturias…homenaje, creo yo, muy merecido pues, insisto, ella sirvió para muchos –y me incluyo- de impulso para asomarnos a la verdadera literatura. En mi caso, salté directo de Corín a Oscar Wilde y Emily Brontë.
Por cierto: “Corina Gil” era mi apodo cuando asistía a los talleres de la Casa de la Cultura de Hermosillo, entre 1989 y 1991, donde trabajé la que sería mi primera novela publicada, “Hombres necios”. Yo me encabronaba, pues, obviamente, no podía asumirlo como un halago. En mi defensa, el maestro Antonio Villa, coordinador del taller entonces, les contestaba que por lo mismo sería la única que saldría de pobre. Cuando se publicó la antedicha novela, el periodista Manuel Murrieta escribió que yo escribía novelas "rosa-maldito".
Otra cosa: una novela de Corín Tellado, cualquiera, siempre será superior a cualquier telenovela mexicana de las que actualmente se transmiten sin manifestar pudor por la más elemental inteligencia.


Mi drama con el teatro

Para Estela Leñero
Pocos, muy pocos, conocen mi pasado como dramaturga. De hecho, me he empeñado en borrar toda huella al respecto, si bien no hace poco descubrí que mi primera obra teatral, que fue también mi primer librito que jamás menciono en mi currículo, se sigue montando en Hermosillo, particularmente en escuelas de educación media superior. Yo no conservo un solo ejemplar de “Retrato de una pareja perfecta” pues incineré los pocos que me quedaban en un arrebato de ira del que hablaré a continuación.
Tenía yo 20 años cuando escribí la susodicha obra. En aquel entonces todavía no ingresaba a la universidad, de hecho, llevaba buen rato sin estudiar –oficialmente-, conformándome con mini empleos que me daban para mis vicios: los libros y las revistas. Cuando supe que estaban convocando a un premio de dramaturgia cuyo premio consistía en $1,500 y la publicación de la obra –estamos hablando del año 1989- se me hizo fácil escribir una, no obstante que lo mío por entonces era exclusivamente la novela, y no concebía siquiera la existencia de algún otro género, tal era mi ignorancia. El teatro, sin embargo, y según yo, “se me facilitaba”, pues en la escuela había ganado varios certámenes en este tenor, así que se me hizo fácil y puse manos a la obra. Inspirada en un asunto personal, escribí una obra sobre una pareja que se casa sin antes haber hablado respecto a las expectativas de uno sobre la otra y viceversa, por lo que la chica ignora que su flamante marido es un macho tradicional que espera lo obvio en estos casos, que la esposa se dedique al hogar, mientras que él no tiene idea de que su joven mujer tiene serios planes académicos y profesionales. A partir de este ejercicio de imaginación, de qué pasaría si me casaba con mi carpintero, surgió una farsa muy divertida sobre la pugna entre el machismo y el feminismo, aunque confieso que mis conocimientos al respecto eran precarios (no había leído aún uno solo de los libros de teoría que me formaría en ese sentido poco más tarde).
“Retrato de una pareja perfecta” ganó el primer lugar en el certamen aquel. Yo misma no lo podía creer, particularmente cuando descubrí que los otros dos finalistas eran dramaturgos experimentados. Las obras eran sometidas a una lectura dramática, con actores profesionales, ante los miembros del jurado, para que estos resolvieran. Al ser firmadas con seudónimo, los autores podían colarse en las lecturas que, por otro lado, eran abiertas al público. Cuando presencié la lectura de mi obrita, oculta en la penumbra del pequeño teatro, contuve a duras penas mi emoción. Pensé en ese momento que yo había nacido para esto, y me dije que aunque no ganara, seguiría adelante. Pero resulté ganadora y la obra se montó al año siguiente en la Casa de la Cultura de Hermosillo, bajo la dirección de Sonia León.
Las experiencias que me dejó aquella primera obra son diversas, casi todas positivas. La primera crítica publicada de la obra, sin embargo, fue devastadora. Se trataba, además, de la primera crítica que recibía en mi vida y muchos escritores noveles no superan algo así. He de reconocer que el crítico tenía razón en una cosa: las feministas de mi obra eran absolutamente estereotipadas, señoras de chonguito y lentes, poco femeninas y apasionadas odiadoras de los hombres. A mi favor pude argüir que se trataba de una farsa, aunque la verdad es que al momento de escribirla no tenía consciencia de lo que estaba escribiendo. A mitad de temporada, recuerdo, se enfermó la actriz que caracterizaba a la madre de la protagonista, la furibunda líder del grupo de feministas y tuve que entrar a suplirla. Así entonces, escribí un texto fársico sin conocimientos teatrales y actué sin haber estudiado actuación. Después de eso ingresé a un taller con Ángel Norzagaray, quien llegó a decirme que lo mío era actuar, que me olvidara de escribir –a él le parecía horrenda mi obrita-, y si bien le encontré gusto al asunto, llegué a la conclusión de que mi intolerancia a recibir órdenes, más aun si provenían de un dictador, por muy genio que fuera –y Ángel es un genio- no me llevaría muy lejos. Retorné a la escritura, aunque continué recibiendo ofertas para actuar en obras que no me gustaron o quizá menosprecié. Cuando años más tarde me tocó presenciar una extraordinaria puesta en escena del propio Norzagaray titulada “Tú también… Macbeth”, me di de topes contra la pared: si tan solo me hubiera pedido interpretar a Lady Macbeth, creo que mi historia hubiera sido otra.
Regresando al asunto de la dramaturgia… seguí alternando mis dos géneros favoritos, la novela y el teatro, aunque he de reconocer que no me ocupé en estudiar teoría hasta que ingresé a la escuela de Letras, dos años más tarde. Fue entonces, tras escribir varias intrascendentes obritas de divertimento, planeadas para montarse en barecitos, que surgió la idea de escribir el monólogo “Electra masacrada”. Concretamente: tras mi descubrimiento de los clásicos griegos en la universidad y mi enamoramiento de Eurípides que me llevó a Sófocles. Ambos abordaron, desde ópticas antagónicas, el personaje de Electra, al que llegué a través de Ifigenia, con cuya tragedia, por cierto, me identifiqué mucho más que con la de Electra. Pero mientras Ifigenia era la víctima, el cordero, ofrecida en sacrificio por su propio padre a los dioses para ganar una guerra, Electra era la vengadora de la muerte de ese mismo padre. Tras un exhaustivo análisis de ambos personajes, llegué a la conclusión de que Electra era doblemente víctima, pues planear la muerte de su propia madre, quien a su vez participó en el complot para matar al padre (quien a su vez mató a su hija mayor) era una forma simbólica de matar y matarse al mismo tiempo. Con base en esta hipótesis, escribí mi primer texto serio de teatro, cuya protagonista era una joven actriz que soñaba con interpretar a las Electras. Su larga espera en un cuarto de hotel, que es donde transcurre la acción, tenía mucho que ver con ese anhelo… anhelo, por cierto, algo más que profesional, pues esta joven había vivido en carne propia el asesinato-suicidio del personaje que la subyugaba.
Al escribir “Electra masacrada” había adquirido bagaje académico, publicado mi primera novela –Hombres necios- y era una joven mamá de veintiséis años, arrastrando lo que popularmente se conoce como “fracaso” –divorcio, abandono- fascinada por el psicoanálisis y hundida en la peor crisis existencial hasta ahora. Con todo y esto, no entiendo cómo es posible que el producto de las reflexiones haya sido una obra tan dura, tan sórdida, tan violenta… absolutamente nada que ver con mis obritas inocentes de la primera etapa. La inscribí en otro concurso que, cosa curiosa, no ganó, pero obtuvo mención honorífica. Uno de los jurados, que según sus propias palabras quedó alucinadísimo con el texto, Jorge Celaya, me buscó para ofrecerse a montarla. Nunca olvidaré la impresión de toparme con el afamado director y dramaturgo al abrir la puerta de mi casa aquella tarde de sábado, en que no esperaba visitas. Era como un sueño: ¡Jorge Celaya interesado en mi Electra!
Hasta aquí, el lector se preguntará: ¿Cómo es que con semejante suerte, esta mujer me diga que no quiere saber nada del teatro?
La cosa empezó a venírseme abajo cuando, tras haber aceptado que Jorge montara el monólogo, me comunicó que había elegido para el personaje de Electra a la actriz Marreyna Arias. Lo primero que pasó por mi mente cuando esto se me notificó, fue que Marreyna, que en efecto era una estupenda actriz –yo, de hecho, la admiraba- no tenía las características físicas que requería el personaje, que padecía bulimia. No dije nada pero creo que Celaya leyó la preocupación en mi semblante porque agregó a continuación: Marreyna ya está haciendo dieta y ejercicio. Le quedan tres meses para ponerse “al tiro”. Opté entonces por confiar plenamente en el profesionalismo tanto del director como de la actriz.
La obra abrió el Festival Internacional del Monólogo, celebrado en Hermosillo en marzo de 1995. Marreyna no adelgazó ni un gramo… a lo mejor exagero, pero el caso es que no parecía bulímica en lo absoluto, y el parlamento de “me divierto contando mis costillas”, arrancó alguna risilla maliciosa. Fuera de este detalle, Marreyna estuvo fabulosa. Pudiera decirse que logró que el público olvidara cualquier otra minucia, fuera de la vibrante voz de la joven actriz y la conmovedora vulnerabilidad de la que impregnaba al personaje.
Por aquellos días, Jorge tuvo que marcharse a la ciudad de México, donde tenía varios compromisos por cumplir. Electra volvería a montarse como parte de un programa teatral titulado Teatro Íntimo de los Jueves en Casa de la Cultura de Hermosillo y para que esto fuera posible, tuvo que adiestrar a un sustituto en la dirección, en este caso una jovencita cuyo nombre nunca olvidaré pero prefiero ahorrarme. De entrada, cuando Jorge me la presentó, experimenté cierto disgusto, y si mi memoria no me engaña, le hice saber a él, en privado, que esta niña me parecía demasiado joven para comprender un texto de esta naturaleza. Finalmente le concedí un voto de confianza, tanto a Jorge como a su sustituta. Me dije a mí misma: “La muchacha parece inteligente… tú misma has sido objeto de burla y escepticismo… por ser mujer, sí, pero principalmente por ser joven. Dale a ella la oportunidad que te dieron a ti.” Y así lo hice: le di mi bendición implícita a la nueva directora de “Electra masacrada”
Recuerdo, sin embargo, que la susodicha me parecía bastante altanera. Nunca me miró a los ojos, ni buscó un acercamiento conmigo. Cierto: tampoco yo lo busqué. Días más tarde, cuando se inició la labor de promoción para la temporada del monólogo en Casa de la Cultura, me tocó ver a la directora y la actriz en su recorrido por canales de televisión. Primer mal síntoma: nunca me reportaron que lo harían, número uno… número dos: me resultó un tanto chocante escucharlas referir a la obra como “su obra”, sin darme crédito en lo absoluto. Mi nombre no se pronunció ni una sola vez durante aquellas rondas promocionales. Opté por dejarlo pasar, diciéndome a mí misma que los autores del siglo XVI no firmaban sus obras para no pecar de soberbios, que en realidad quien daba la cara por el texto era Marreyna, y por consiguiente era razonable que ella se refiriera a mi Electra como “su obra”. El colmo hubiera sido que mi crédito no apareciera en los pósters –que, no me puedo quejar, eran hermosos- y en los programas… aunque se requiriera de una lupa para localizarlo. Los nombres de la actriz y de la directora destacaban de lejos, por encima del mío. Volví a regañarme: “No seas soberbia –por aquel entonces, este era el adjetivo favorito de mis “críticos” para referirse a mi persona, y había terminado por creérmelo-; ellas se han matado por sacar adelante el texto. Tú lo escribiste cómodamente sentada ante una máquina de escribir… ellas, en cambio, pobrecitas, hacen el trabajo físico, particularmente Marreyna… déjalo así, están en su derecho, etc, etc.
Asistí al estreno de mi propia obra sin haber sido invitada. No me cobraron en la taquilla porque la encargada me conocía y consideró absurdo cobrarle a la autora. De cualquier manera, procuré pasar desapercibida y me situé en los últimos asientos, en la penumbra de la pequeña pero acogedora sala. Se levantó el telón. Una vez más me dejé atrapar por la presencia de Marreyna, que inyectaba al personaje una frescura de la que carecía. Traté de no prestar atención al hecho de que exhibía kilos de más y de que el parlamento del conteo de costillas volvía a arrancar risitas maliciosas… lo que prendió foquitos rojos en mi cerebro, fue percatarme de que la actriz se saltaba la parte en que ensayaba ante el espejo a la Electra de Eurípides. Estuve a punto de gritarle: “Marreyna, se te olvidaron los parlamentos de la Electra de Eurípides”. Cuando se brincó también los parlamentos de la Electra de Sófocles, detecté que aquello no era un olvido, sino una omisión deliberada. La nueva directora había eliminado los parlamentos que aludían a los clásicos griegos. Casi para terminar, descubrí que había eliminado también la parte donde Electra menciona el dildo de la tía solterona. El público, que no podía saber que la obra había sido alterada, aplaudió de pie la admirable actuación de Marreyna. Yo estaba tan enojada que, en vez de acercarme a felicitarla, le pregunté donde estaba la directora. Algo o alguien me impidió acceder a esta el día del estreno. Pasaron algunos días antes de que pudiera hablar con ella por teléfono. Contrario a lo que pudiera pensarse, el coraje no se me había pasado y fui directo al grano: ¿Por qué le quitaste parlamentos al monólogo? Ella respondió en un talante que sugería que yo para ella era poco menos que un cero a la izquierda: “Ay, es que el público no entiende de esas cosas, se aburre… además, los niños pueden sacarse de onda con lo del dildo”, “¿Y quién te dijo que la obra era para niños?, le grité, ¿no queda lo suficientemente claro que esa obra es “solo para adultos”? Ya no recuerdo en qué quedamos. Me sentía furiosa, impotente, sin saber que hacer. Cometí el error de dar media vuelta y mandar todo al diablo, con lo cual prácticamente les entregaba mi texto en bandeja de plata. Lo peor estaba por venir.
Al anunciarse el final de la temporada del monólogo, se me ocurrió asistir a la última función, no recuerdo si en son de paz o con la espada desenvainada. Se alza el telón. Aparece Marreyna, todavía más gordita que en las funciones anteriores, visiblemente debilitada. Su actuación había perdido el brillo de las primeras representaciones. Mi Electra se había transformado en una mujercita vulgar, paradójicamente, pues al no pronunciar las groserías tan abiertamente como lo marcaba el texto e insinuarlas apenas, lejos de parecer más elegante, adquiría un cariz de intolerable cursilería. Nuevamente presencié la ausencia de los parlamentos de Eurípides. Tal como marcaba mi texto, el escenario se oscureció al final del primer acto. El problema era que, además, el talón bajó, el público aplaudió y tanto la actriz como la directora salieron a agradecer el aplauso… ¡Le habían cortado el segundo acto!
Casi me parecía escuchar a la directora: “Tuvimos que quitarle el segundo acto porque se revela lo del incesto, y los niños no comprenderían semejante aberración”.
Lo que ocurrió a continuación se me ha borrado de la mente… creo que no me morí de milagro. Me sentía como si me hubieran violado tumultuariamente. Un crítico que advirtió las anomalías, escribió que la obra hacía honor a su título porque la habían masacrado. La directora tuvo el descaro de llamarme para reclamarme la nota, afirmando que yo la había escrito con pseudónimo. Estaba más enfurecida que yo misma, y de algún modo, el que alguien –que por cierto no era yo- despedazara su trabajo de dirección, se convirtió en mi único aliciente.
Pero la chamaquita me salió vengativa. Al cabo de un par de semanas volvió a llamarme para decirme con un tono muy dulce que pasara a recoger mis regalías de la obra. Tan enojada estaba que ni siquiera había recordado ese pequeño detalle. No me lo dijo dos veces. Yo estaba cargada de broncas económicas por entonces y acudí a las oficinas del Instituto Sonorense de Cultura para cobrar lo mío. Me sorprendió que la muchachita estuviera ahí para hacer cuentas personalmente. Nunca olvidaré su expresión de burla y autosuficiencia cuando extrajo un billete de cien pesos y me lo extendió diciendo: Toma, aquí están tus regalías.
“¿Qué es esto?”, pregunté, tomando el billete, segura de que se trataba de una broma de mal gusto… otra… a lo que la directora –para quien, por cierto, mi obra fue, hasta donde sé, su debut y su despedida- respondió con sonrisa jactanciosa: Si quieres sacamos cuentas. Es todo lo que te corresponde. Tu obra tuvo una recepción casi nula, de nada sirvió todo lo que hicimos por arreglarla…
-Toma tus regalías –le respondí a la muchachita, restregándole el billete en la cara.
Lo primero que hice al regresar a mi casa, fue una hoguera en mi patio y quemar todas mis obras de teatro, empezando por “Electra masacrada”. Recuerdo que ni siquiera me dolió, que experimenté una suerte de purificación, algo semejante al asesino que incinera el cuerpo del delito, creo. A muchos les parecerá un acto infantil, quizá porque no he querido entrar en mayores detalles respecto a mi situación emocional del momento, al margen de la masacre que habían hecho con mi texto y que se extendía hasta mi de por sí masacrada persona. Juré solemnemente nunca más escribir teatro, dedicarme a la novela (aunque más tarde incursionaría en el relato y en el ensayo). Terminé por exorcizar aquella obra, convirtiéndola en un relato titulado “Vocación de Electra”, incluido en el libro “Sueños de Lot”, Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta 2006.
Cosas del destino: no hace mucho, cuando acudí a dar una charla sobre literatura al tecnológico de un pequeño poblado de Veracruz, los alumnos me tenían una sorpresa: habían realizado la adaptación teatral del ante dicho relato, que una bella jovencita interpretó de manera sencilla pero loable. De algún modo supe que no podía ir contra la naturaleza del texto original: que es teatro y teatro seguirá, por los siglos de los siglos…

Eve Gil, ambidextra

Por: Teresa Dovalpage
Muchas gracias por invitarme a esta mesa de ensayistas latinoamericanas. Cuando me propusieron participar, pensé inmediatamente en hablarles sobre Eve Gil, a quien muchos de ustedes probablemente conozcan y cuyos libros están a la venta aquí en la feria. A Eve la conocí gracias a otra amiga escritora, Elena Méndez, y empecé desde hace más de un año a seguir asiduamente La Trenza de Sor Juana, su blog dedicado a mujeres escritoras y sus Charlas de Café en Siempre, que me han abierto una ventana a la cultura universal. Charlas muy refrescantes y útiles para mí, cubanita perdida en el desierto de New Mexico…
Más tarde tuve la oportunidad de reseñar su novela Réquiem por una muñeca rota que aborda, desde el punto de vista femenino, las relaciones homoeróticas entre dos chicas adolescentes. La amistad (bueno, seamos claros, más que amistad) entre la bella Vanesa y la gordita Moramay es el hilo conductor de la trama, pero hay mucho más en esta obra. En ella se ofrece una pintura muy acertada de eso que en México llaman “la casa chica” y en otros sitios “el nido clandestino.” Ah, y también incluye el excelente trazado de unas madres que son un desmadre absoluto. En mi opinión, uno de los grandes logros de Réquiem… es que rompe alegremente con el estereotipo de la madre mexicana sacrificada y sufridora. De sufridora, nada. Lean ustedes y ya verán.
Ayer por la noche me quedé hasta tardísimo leyendo La reina baila hasta morir, un libro de cuentos en el que sobresalen unas “abuelongas malvadas” como me ha escrito la autora en su dedicatoria. Vaya, con abuelas así entiende una cómo se fabrican las madres desmadres, ¿no? De casta le viene al galgo…Mi cuento favorito es, desde luego, Las abuelas, que me recuerda a Réquiem… por algunas coincidencias de la protagonista con Moramay (padres dueño de un cine, familia paterna “de alcurnia” que no se trata con la chica, etc.) Me gustaría preguntarle a la autora sobre el particular. Pero también me fascinó Cerridwen y las sirenas en el que cierto troll venga (directa o indirectamente, no sé) las ofensas hechas por el dueño de una agencia publicitaria a sus mujeres…Si, sus mujeres, en plural. Y ya no les digo más, para que se lean el libro.
Pero estamos hablando de Eve Gil como ensayista, y al respecto tengo aquí su obra, Jardines repentinos en el desierto, paisaje y carácter sonorenses en la narrativa mexicana del siglo XX, excelente libro de ensayos, ganador del Concurso del Libro Sonorense en 2006 y editado por el Instituto Sonorense de Cultura. Los ensayos de Eve se leen como historias, en el sentido de la frescura del lenguaje y de la ausencia de pedantismos académicos, tan estimados por otros ensayistas. Me impresionó particularmente el titulado El Señor de la Pelea y La perla de Guaymas, sobre la leyenda de Lola Casanovas (una Malinche al revés) y la obra de Rojas González. Por cierto que aquí hay también un acápite muy sabroso dedicado a las abuelas…Quisiera concluir invitándolos a comprar los libros de Eve Gil, ambidextra. Porque no es fácil, como lo hace ella con pasmosa facilidad, escribir crítica literaria a la vez que ficción. Visiten sus blog en la red (cuenta con más de uno) y siéntense a tomar un cafecito con ella en las charlas de Siempre.
Muchas gracias.

La "neurociencia ficción" de Jaime Romero Robledo

Por: Eve Gil
Ignoro si Jaime Romero Robledo (Chihuahua, 1974), autor de El mundo de ocho espacios, me daría la razón respecto a que ha escrito una novela de ciencia ficción. Me lo pregunto, pues quienes incursionan en este género, que se confunde a menudo con otros –el género fantástico, muy en particular- optan, casi siempre, por no asumirlo. Una de las razones para temerle a la etiqueta, es que existe un enorme prejuicio -¿despecho?- contra la literatura de ciencia ficción, no digamos ya en México, sino en lengua castellana en general. Para semejante cerrazón, exhibida tanto por críticos como de escritores “realistas”, solo encuentro dos explicaciones: la más superficial, que la ciencia ficción es un género sajón donde los haya, que encuentra sus máximos cultores en autores nada despreciables como H.G Wells, Phillip K. Dick, Stanislaw Lem, Isaac Asimov, Ursula K. Le Guin y George Orwell, por citar unos cuantos. La segunda explicación es todavía más sencilla: envidian el potencial imaginativo de estos autores, creadores al cubo, los llamo yo, pues no solo crean personajes e historias, también mundos y hasta máquinas que a la sazón inspiran a inventores y científicos. No obstante lo anterior, y como bien lo ha aclarado el propio autor, lo suyo es un más bien un género propio: la neurociencia ficción.
Como la mayoría de los autores de este perfil, Jaime Romero Robledo posee estudios alternativos a los de literatura: es ingeniero civil pero también diseñador de video juegos. El mundo de ocho espacios, pues, reúne las tres pasiones de su autor: la literatura, la ingeniería y los juegos de video. Bien visto, no tendría nada de raro que un escritor sintiera pasión, concretamente, por los juegos de video, que proporcionan la posibilidad de diseñar –o de escribir- una historia propia, con elementos predeterminados pero dúctiles, y viceversa. Esta novela nos hace ver no solo hasta qué punto ambas actividades son compatibles, propone, además, un futuro no tan lejano en que los juegos de video dejarán de ser una actividad exclusiva de niños y adolescentes para apoderarse de la vida cotidiana, como es el caso de los personajes de esta desconcertante narración donde la realidad pasa a un tercer plano y los seres humanos adquieren el poder de ser simultáneamente muchos personajes, ya no personas, algo que ya es medianamente posible gracias a los mundos alternativos como el cada vez más popular Second life, que, en lo personal, no encuentro tan excitante como el de Romero Robledo. Mientras que en Second life la realidad contamina, inevitablemente, los mundos oníricos a través de las intervenciones sosas y carentes de ingenio de los participantes, en El mundo en ocho espacios siempre ocurrirá algo que trastorne –y socave- la aparente cotidianidad. Hablamos aquí de un recurso mucho más sofisticado que trastoca la experiencia sensorial en vivencia personal y modifica algo más que la apariencia física, la profesión y la biografía del sujeto: manipula asimismo las psiques y modifica memorias, a placer del consumidor.
Suena complejo… y el autor procura que así sea, desde la estructura narrativa misma. Si los personajes ignoran quienes son en realidad, el lector sabe casi tan poco como ellos. Lo destacable de este recurso, arriesgado por donde se vea, es que se logra un orden dentro del perfecto caos –que por perfecto puede ser letal- y el lector que se entrega dócilmente al juego propuesto por Romero Robledo, no termina extraviado en la maraña de identidades surgidas de un mismo personaje. ¿Hasta dónde, parece preguntarse el autor, el ansia de estatus, el afán de aparentar lo que no se es, llevará a los seres humanos a deslindarse de su “yo” original y experimentar con otros, hasta no reconocerse a sí mismo? El mundo de ocho espacios lleva hasta sus últimas consecuencias la metaficción de Borges, o la más reciente de Goran Petrovich, cuyos personajes se ven atrapados en una novela que estaban leyendo y en la que coincidirán con otros lectores de la misma novela. Aquí la vida de cada personaje es un manual, un “instructivo de uso” al que los demás participantes del juego tienen fácil acceso. Cada actor es, literalmente, un libro abierto. Porque todo aquí es literal, hasta eso que llamamos, casi indiscriminadamente, “lugar común”: “(…) Tuvimos un tipo –se lee en la página 121- que quiso venir aquí y escribir la historia en una línea que se fue enredando tanto en la madeja, que hasta el mismo operario se nos perdió. Tras varios días de búsqueda fue encontrado cubierto de unas ideas extrañas para contar lo que había visto.”
Jaime Romero Robledo tiende la carnada al lector curioso, haciéndole ver desde el arranque hasta qué grado la llegada será confusa, ardua… ¡pero fascinante! Estamos, créanmelo, ante una novela revolucionaria… la clase de novela que solo puede escribirse desde la esquizoide frontera que ya no solo se debate entre dos economías y dos lenguas, sino entre el derecho elemental a la vida y la latente posibilidad de caer víctima –o número- de una guerra que ni siquiera le compete; una novela asombrosa que nos hace ver que un novelista, más que arquitecto de destinos ajenos, puede ser también ingeniero de mundos pavorosamente cercanos.

El mundo de ocho espacios
Jaime Romero Robledo
Averinto Editorial
Chihuahua, México, 2009
141 pps