El arte de no fugarse o el ensayo como huella dactilar

Ensayo presentado por Eve Gil durante el Encuentro Nacional de Ensayistas en honor a Sergio Pitol, efectuado del 27 al 29 de mayo en Xalapa, Veracruz. En la foto: el homenajeado escucha atento las ponencias dedicadas a su obra.

…aquello que da unidad a mi existencia es la literatura; todo lo vivido, pensado, añorado, imaginado está contenido en ella. Más que un espejo es una radiografía: es el sueño de lo real.
Sergio Pitol[1]

Alguna vez tuve oportunidad de charlar cinco minutos con el maestro Sergio Pitol, en Oaxaca, y le dije algo que pareció angustiarlo: “Después de leer El arte de la fuga tomé la decisión de irme de Hermosillo y migré al DF” Alcanzó a decirme, antes de que alguien nos interrumpiera: “¡Espero que no haya sido para mal!” No tuve tiempo de responderle, pero este texto no pretende proseguir aquella charla trunca. Más bien narraré el mundo que me abrió el género explorado por Pitol en el libro referido, denominado por ciertos críticos “ensayo narrativo”, género eminentemente europeo que empieza a ser cultivado en castellano con enorme fortuna, no solo por nuestro Pitol, también por el español Enrique Vila Matas y el guatemalteco Eduardo Halfon, por mencionar los que más se aproximan al concepto del narrador mexicano y que el propio Pitol describe como “(…) una recopilación de desagravios y lamentaciones, un intento de apaciguar desasosiegos y cauterizar heridas.”[2]
El ensayo narrativo no es nuevo, sin embargo. Si nos remontamos a Montaigne, es decir, a los orígenes del ensayo moderno, que no del ensayo per se –para ello habría que remontarnos hasta los griegos- repararemos, pequeño detalle, en que ha sido la llamada Academia quien lo ha, por así decirlo, desvirtuado. El ensayo montaignano era un discurso misceláneo a través del cual se montaba una personal visión del mundo que, por supuesto, incluía tópicos literarios. Casi simultáneamente, Cervantes, contemporáneo de Montaigne, introdujo en El Quijote, considerada la primera novela moderna, comentarios que hoy serían tenidos por ensayísticos y se aproximan, incluso, al ensayo academicista. Considero que quienes cultivan el ensayo narrativo, que insisto, debiera llamarse simplemente “ensayo” o “ensayo clásico” están re apropiándose del corazón que la Academia arrancó a la literatura, al grado de que la mayoría confunde una tesis con un ensayo (¡horror!). Quienes han fungido como jurados de certámenes literarios en este género no me dejarán mentir. La no tan sutil diferencia entre el ensayista y el académico, es que el primero concibe el ensayo como un ejercicio de recreación que involucra al lector en su discurso, mientras que el académico cancela todo vínculo afectivo. Él mismo ha de apoyarse en cientos de teóricos para validar sus argumentos, como si existiera un impedimento implícito para albergar, no digamos ya externar ideas propias. Lo peor es que la mayoría de esas fuentes tampoco se permitieron defenderse solas. El ensayo académico, por tanto, deviene casi siempre perpetuación ad nauseaum de lo antes dicho y en el mejor de los casos alcanzará la originalidad del último oyente del teléfono descompuesto. Nada más lejano de la intención del artista, que no impone un diálogo esquizofrénico sino que entabla una conversación. Esta última, por cierto, podría ser las característica que distingue al ensayo de la novela y el relato, donde si bien existe la libertad de que el lector recree su propio relato con base en la propuesta del autor, no así la complicidad deliberada de aquel con este. Pienso en un renovador del género ensayístico, que ha sabido traspalar a este el llamado ejercicio de intertextualidad, mucho más propio de la ficción: el italiano Roberto Calasso, en su ensayo K. no analiza ni explica a Kafka: reescribe la obra entera del autor checo y, de paso, al propio K.
Otro rasgo característico del ensayo clásico, es la sensación de movimiento perenne que lo emparienta a la novela y lo aleja del ensayo académico, donde predomina el estatismo. No por nada los libros de viajes se circunscriben asimismo en el terreno del ensayo clásico y echan mano, además, del lenguaje novelesco. El arte de la fuga es también un libro de viajes.
El ensayo clásico, por lo que a mí respecta, se presta más que la novela para que el escritor se autorretrate con base en sus experiencias literarias, como juguetonamente hicieran Juan García Ponce, Salvador Elizondo y el antes citado Eduardo Halfon en El ángel literario. “Ensayistas de sí mismos”, llamo a quienes ensayan a partir de su experiencia personal. ¿Existe mayor exposición de la intimidad de un escritor que enumerar los libros y autores que lo acompañaron en su trayecto a la consolidación de su vocación literaria? El arte de la fuga es, de hecho, el gran autorretrato de Sergio Pitol. Como género literario que es, igual que la novela y el relato, el ensayo admite la irrupción de la imaginación y de la ficción, producto muchas veces de la nostalgia o, como diría Federico Campbell, otro gran ensayista de sí mismo, trampa de la memoria. En casos excepcionales pueden campear en el ensayo tanto como en los demás géneros, con la diferencia, acaso, de un fingido tono didáctico cuando lo que realmente se escribe es una novela o un relato disfrazados de ensayo, casos específicos de César Aira con Retrato del pintor viajero o Vila Matas con Bartleby y compañía. Cada vez es menos raro que el ensayo se confunda con la novela, equívoco que algunos autores como Claudio Magris o Alejandro Barico fomentan en forma, creo, deliberada. Casi siempre, sin embargo, el ensayo clásico trata, en principio, de ceñirse a la realidad, aunque sin reprimir esa tendencia de la memoria a hermosear, esto es, a alterar determinados eventos y circunstancias con fines literarios. Supongo que ni Pitol ni otros grandes “ensayistas de sí mismos” como Robert Louis Stevenson o el propio Magris, ponen reparo alguno en atender a la nostalgia. Siguiendo esta línea, hablaré sobre la fibra que tocó El arte de la fuga y no solo me afectó en lo personal, también, y sobre todo, en lo literario.
Ser lector, me parece, tiende más a ser religión que profesión. Hace años reflexioné al respecto, cuando una compañera de la prepa “recibió a Cristo en su corazón”, según sus propias palabras. La vívida descripción que me hizo de su conversión, me trajo a la mente el momento, todavía muy fresco por entonces, en que leí “El ruiseñor y la rosa”, de Oscar Wilde, a los trece años, y como Carmen, que así se llamaba aquella muchacha, vi una luz que aumentaba hasta casi cegarme y terminó abrasándome en un fuego fraterno, como el de una chimenea que lo recibe a uno en una cabaña en lo profundo del bosque tras largo caminar. Por supuesto no se lo dije a Carmen porque hubiera considerado una herejía comparar a Wilde con Jesús.
Mi segundo momento determinante en ese sentido, fue cuando leí El arte de la fuga. Tenía yo 28 años y una hija de cuatro. Navegaba a contracorriente entre lo que deseaba ser de grande –se supone que a esa edad uno todavía alberga ambiciones profesionales- y lo que el resto de la gente esperaba de mí: que “sentara cabeza”, ergo, que hiciera a un lado los libros y tomara un empleo decente para mantener a mi hija. Mientras yo experimentaba el vacío existencial de quienes han vivido poco, casi nada, los demás insistían en que mi vida estaba finiquitada, liquidada. Ya no era mujer, mucho menos profesionista. La escritura era, insinuaban, incompatible con la maternidad. Una futura cabecita blanca empieza a serlo desde la juventud, se consigue el empleo más arduo que pueda, uno que le permita permanecer parada tantas horas como sean posibles, para asegurarse unos pies bien hinchados que hagan ver a la hija, a su vez futura cabecita blanca, lo que una madre es capaz de hacer por sus hijos. Mi hija creció viendo la máquina de escribir y los libros como apéndices de su madre, y una de sus travesuras, por cierto, consistió en rellenar de muñequitos mi primera edición de El arte de la fuga. Objetivamente hablando, ganaba igual de mal escribiendo para periódicos o realizando talacha editorial, que de mesera o vendedora. La diferencia estriba en que mi hija nunca me vio sufrir sino gozar con mi trabajo y eso, en esta sociedad – y conste que no estoy hablando de los tiempos de Marga López, sino del año del Señor de 1996- no es visto con buenos ojos. Hasta me daba el lujo de acudir diariamente a tomar un cafecito al Sanborns, donde me reunía con un grupo de viejitos sabios –filósofos, políticos retirados, empresarios con vocaciones artísticas frustradas y hasta un ganadero- que hicieron de mí una vieja sabia honoraria, mientras mi madre cuidaba de la niña. Tenía lo mínimo indispensable para poder crear, según Virginia Woolf: un cuarto propio.
Un día de quincena, en una de mis tardeadas sanbornianas, me di una vuelta por la librería y me topé con El arte de la fuga. He de ser absolutamente sincera y reconocer que a Sergio Pitol lo conocía solo de nombre, gracias a una compañera de la universidad que hizo su tesis de licenciatura sobre El tañido de una flauta. No fue el autor lo que me sedujo, sino el título del libro. Algo en él me habló de mí, de mis recursos para mantenerme vertical en medio de la tormenta. Lo compré casi sin pensarlo y esa misma noche me transporté a otros mundos: visité con el autor cada uno de los escenarios operísticos y salobres que describe y que tan íntimamente ligados están a sus novelas. No solo consiguió hacer que las paredes de mi cuarto propio se desmoronaran como terrones blancos, además me hizo descubrir una forma de ingresar en un campo que no había osado pisar: el ensayo, que por entonces creía, como creen muchos, exclusivo dominio de los académicos. No pretendí en lo inmediato emular lo que consideré una hazaña por parte de Pitol –convertir su autobiografía en material ensayístico, y a través de ella hacer crítica literaria- pero me hizo infinitamente dichosa el mensaje implícito en su escritura: nadie es dueño de la verdad, mucho menos tratándose de literatura. Es falso que debas constreñirte a determinadas reglas.
A partir de ese día, me obsesioné con la idea de experimentar en carne propia, de viajar, de escribir sobre lo que veía. Contrario a lo que el título del libro de Pitol me sugería, en sentido literal y no musical ni metafórico, El arte de la fuga me hizo regresar adentro de mí, mirar con mi mirada, no borrarme mientras escribía, exigencia implícita de la novela. Lo último que hace Pitol es fugarse –creo que esa es otra diferencia entre el ensayo y la novela: la perspectiva-; se mira reflejado en esas lecturas que lo formaron lector antes que escritor… desde que siendo un niñito quedó postrado en cama por una enfermedad y la única distracción posible eran los libros. Esa es una iniciación común a muchos autores. Confieso con vergüenza que no la mía, pues empecé algo más tarde que Pitol y en el lugar menos imaginable, tratándose de una anti academicista radical: la escuela. La fuga, aquí, sucede al auto reconocimiento.
Incurrir en el ensayo, por cierto, no solo me hizo perder el miedo al ensayo mismo, sino a todos los demás géneros. Miedo, he de aclarar, a lo que consideraba reglas inquebrantables. La libertad que gané escribiendo ensayo, la gané también para escribir novela y relato. Aprendí, a través de El arte de la fuga, que la literatura es generosa y flexible, que no reconoce fronteras pues, a fin de cuentas, la literatura empezó siendo género en sí misma y a veces exige regresar a ella.
[1] Pasión por la trama, Ediciones Era, México, primera reimpresión, 2000, p. 21
[2] El arte de la fuga, Editorial Era, México, tercera reimpresión, 1999, p. 105

Melancolía y utopía

Por: EVE GIL
En su más reciente libro, Melancolía y utopía, el sociólogo polaco Wolf Lepenies (Olsztyn, 1941) reúne tres ensayos de los cuales solo el primero aborda en forma directa los temas aludidos. Los otros, sin embargo, no son para nada ajenos a la promesa del título, por lo cual me permitiré empezar por el segundo, “La sobreestimación de la cultura: un problema alemán”.
Nunca he leído análisis más certero de cómo un pueblo tan culto como el alemán pudo caer bajo el influjo de Hitler, y esto tiene todo que ver con el tema de las utopías y su susceptibilidad a devenir en distopias. Ningún ejemplo mejor que este, y muy a cuento tras leer el ensayo que abre en libro –una conferencia impartida en Barcelona, en octubre de 2007- donde se destaca que la utopía, por irrealizable, genera melancolía en quien la habita. La diferencia esencial entre el nostálgico y el melancólico, es que este echa de menos lo que no ha sido, si bien, el tiempo pasado, como tiempo desaparecido, puede adquirir tintes utópicos si se cae en los cantos de sirena de la memoria. El caso Hitler es, me parece, una amalgama de melancolía utópica y nostalgia por un pasado idealizado, ergo: imaginario. Hitler supo travestirse a imagen y semejanza de los alucinados sueños de grandeza de una sociedad, la alemana, que, como bien señala Lepenies, pudo haber aspirado a ser un Estado sin política… pero jamás sin cultura.
Mientras que en el primer ensayo Lepenies expone la relación entre melancolía y utopía, y cómo, una vez instaurada la utopía en su forma real –y decepcionante, por antonomasia- el utopista pasa a convertirse en otra cosa, en el segundo retrata la forma más radical de utopía encarnada que es el totalitarismo, en este caso, personificado por Hitler y sus hombres de confianza, a quienes le hermanaban una circunstancia más poderosa que si fueran hermanos de sangre: los tres, Hitler, Goebbles y Speer… ¡eran artistas frustrados!, y lo eran en una nación donde la palabra Cultura se escribe así, con mayúsculas: “(Hitler el pintor, Goebbels el novelista y Albert Speer el arquitecto) siguieron conservando las ambiciones artísticas de la juventud después de hacerse con el poder, lo cual convirtió a veces las reuniones del círculo íntimo de la dirección del partido nazi en un quimérico salon de refuses (…)” (p. 60).
La búsqueda de la utopía, pues, genera melancolía pero también resentimiento. La instauración de la utopía exacerbará lo uno o lo otro –o ambos- porque nunca será lo que soñábamos sino pálida sombra. En los casos más leves, según apunta Lepenies, en que la utopía se vuelve cotidianidad, los melancólicos, vueltos parte de lo que Max Weber llama “rutinización del carisma”, hacen lo que los caballeros medievales envejecidos: deponer las armas y desaparecer de la escena política, acaso para añorar los tiempos en que la persecución del ideal les disparaba la adrenalina y reciclar la utopía. Por otro lado, los fervientes seguidores de Hitler, en quien vieron un artista de la política, y en Alemania lienzo propicio para que este plasmara su obra maestra, no tardaron en desalentarse con el resultado, producto no de los delirios un estratega enloquecido, sino –así fue percibido- de un no tan buen pintor para quien creación y destrucción eran, si no sinónimas, consecuencia una de la otra. Para crear hay que destruir. La utopía, sin embargo, no muere con la desilusión, sino que se regenera una y otra vez, de tal suerte que a nadie extraña que haya todavía quienes echan de menos al artista de la destrucción que fue Hitler: no es casual que la desnazificación absoluta de Alemania haya fracasado hasta la fecha.
Ante la aniquilación del ideal utópico, y la reinstauración de la melancolía en los ánimos de los utopistas, algunos optan por migrar a territorios fértiles para la implantación de una nueva utopía, los Estados Unidos, por ejemplo, con lo cual, señala Lepenies, algunos alemanes arios –oh ironía- mimetizaron el destino del pueblo judío, para la mayoría no una “opción intelectual viabale” pues emigrar no es una tradición alemana, sino judía. Lepenies ofrece como ejemplo del primer caso a Thomas Mann y del segundo, a Gottfried Benn: “(…) La cultura –explica Lepenies- era el ámbito de lo absoluto, un reino sin compromiso. Su exaltación condujo a la ilusión de que la cultura podía ser un sustituo del poder y, por lo tanto, de la política (…)” (p. 58).
El tercer ensayo, “Vistas euro-americanas, con un toque de ironía”, aborda la relación de los migrantes, partiendo un poco del caso de Thomas Mann, con ese imperio construido a la medida de la Utopia donde convergen todas las utopías y ese dejo de melancólico fracaso que caracteriza a quienes han buscado en EU refugio de su propia utopía trastocada en Babel. Ante esta circunstancia que sugeriría la superioridad de los Estados Unidos o la pequeñez de Europa, lo mismo da, Lepenies propone una lectura irónica de esta compleja relación entre colosos, el coloso joven y el coloso nostálgico, viejo: “Los Estados Unidos no corrieron el riesgo de caer en el papel de Hamlet; Europa, en cambio, necesitaba con urgencia aprender a actuar como Fontinbrás.”

Melancolía y utopía
Wolf Lepenies
Arcadia
Barcelona, 2008
118 pps.

Diario de una hipocondriaca en el encierro IX

Mexicanos Vs. mexicanos
Mayo 7, 2009
Una querida amiga hace circular en facebook una carta que invita a firmar, donde no solo se denuncian los “actos discriminatorios” de los que fueron objeto los mexicanos en China, sino además hace un cuidadoso recuento de todas las tropelías del gobierno chino contra Tíbet, La India y Suecia. Pide además reenviarla a nuestros amigos y hacerle llegar las firmas el embajador de China en México.
No solo no firmo, sino que expongo mis razones para no hacerlo, en primer lugar que, insisto, no veo la discriminación por ninguna parte. Cierto, debe ser espantoso que tus vacaciones se vean interrumpidas abruptamente por una circunstancia tan molesta, pero fuera de exigir una retribución económica para los afectados, no considero que el que una nación se proteja contra un potencial peligro que, dada la densidad de su población, podría adquirir proporciones dantescas, sea un abuso y mucho menos un acto de discriminación.
Pero eso no es lo peor: quienes insisten en denunciar a los chinos –o a los de cualquier otra nacionalidad- están dejando pasar un detalle importantísimo: los mexicanos que descienden de chinos, que son muchos, particularmente en el norte de la república y quienes serán objeto de la irracional ira de quienes no pueden ir a reclamarles a los chinos sus groserías. En la radio, uno de esos irresponsables que todavía no entienden que un micrófono puede ser una bomba de tiempo, claman por que se expulse a los chinos de México y se cierren los famosos cafés. En casa tengo un caso: mi hija mayor está preocupada por cómo la van a recibir sus compañeros cuando regrese a clases el lunes 11 de mayo. Como en esta familia no existen secretos un murmuraciones, y por consiguiente nada tenemos que ocultar hacia el exterior, la niña ha platicado de sus antecedentes chinos con sus amigos y para cualquier fisonomista más o menos atento, eso salta a la vista, con todo y los ojos grandes (pero muy rasgados). Así se lo hice saber a mi amiga. ¿Saben que respondieron el resto de los etiquetados en la misma nota? “¡Eso, eso, dale a los discriminadores, dales más fuerte!
¿Por qué esa condenada insistencia en mirar la paja en el ojo ajeno? Nos preocupa la discriminación que sufren los turistas ricos en China y se nos escapan las que sufren los mexicanos a manos de otros mexicanos: los indígenas, los pobres, las mujeres de la maquila, los ancianos… y ahora (¡lo que nos faltaba!): los mestizos. Nos distraen de lo esencial, de lo que tenemos ante nuestros propios ojos, neceando sobre un asunto que pierde fuerza toda vez que entendemos de una maldita vez por todas que los chinos, habituados a cortar de raíz, aplicaron una medida sanitaria tan rápido como lo exigía la latencia de la amenaza. Los mexicanos, como cualquier ser humano, de cualquier nacionalidad o color, estamos expuestos a los virus y somos transmisores de los mismos, ¿o es que acaso entre nosotros no estamos evitando todo roce? ¿Por qué nos ofende tanto que otros tomen esas mismas precauciones?
Si eso no es insensibilidad, no sé cómo denominarlo… acaso una palabra altisonante sería más ad hoc. Les preocupa la discriminación de los turistas mexicanos en el extranjero –quienes, por cierto, pertenecen a la clase alta… ¡pequeño detalle! – y se acorazan ante los sufrimientos de una niña mexicana que, como la mayoría de los mexicanos, es un cóctel de genes, muy marcadamente, genes chinos.
¿Quiénes son los verdaderos discriminadores? ¿Los auténticos xenófobos que se tapan los oídos ante cualquier razón que desvíe sus débiles razonamientos?
¿Les parece argumento lo suficientemente válido para repetir una de los más vergonzantes episodios de la historia de México que fue la persecución de los chinos en las décadas de los 30 y 40? (¡A que ya se les había olvidado ese pequeñito detalle!)


¿Sabían que la primera dama y los reporteros que aguardaban por los “ofendidos” los cuasi héroes en el aeropuerto, llevaban todos cubrebocas -¡asombrosa disciplina, eh!- y no quisieron acercárseles ni un milímetro?

¿Alguien se acuerda de cómo empezó el nazismo?, no soy yo quién para recordárselos: averigüenlo.
La gente que se ufana de no haber caído en “la trampa” de un virus que creen inexistente –o al que ellos se creen misteriosamente inmunes- cayeron redondos en el chisme de la discriminación de mexicanos en el extranjero… y mientras golpean a diestra y siniestra a los que consideran “sus discriminadores” y alientan el odio contra los mexicanos descendientes de estos, nuestro heroico presidente procede según la teoría del shock: después de este, aplicar todas las medidas dolorosas. Al momento de yo escribir esto, es probable que nuestros inocentes telefonemas y correos electrónicos estén siendo interceptados por la policía, en el más puro estilo McCarthyano, y que por decir cosas como las que estoy escribiendo en este momento, no solo yo sino otros tantos que miramos más allá de nuestras narices, estén en riesgo de ser acusados...¿de narcotraficantes? (los comunistas ya pasaron de moda)
Ya se habla también de aumentar impuestos, justo ahora que la gente se tambalea en un pie por la merma para su economía que representó la contingencia… todo esto mientras una niña de rasgos orientales teme la recepción que le espera en su escuela el próximo lunes (y como podrán imaginarse, su servidora no está dispuesta a permitir que nada malo le ocurra a su cría, con lo cual se va alimentando la cadena de rencores).
“La información es la resistencia al shock”
“Asumimos seguir a los líderes que prometen protegernos (o defendernos)”
“Imponer todas las políticas dolorosas a la vez antes de dar a la gente oportunidad de levantarse”

Diario de una hipocondriaca en el encierro VII

CUBREBOCAS O NO CUBREBOCAS… ¿ESA ES LA CUESTIÓN?
Mayo 6, 09

Leyendo un apasionante artículo de Manu Dornbierer que publiqué en Capuccinsky Express, me percaté, no sin horror, de que el cubrebocas ha adquirido un carácter político… máxime si es de color azul, como son la mayoría.
Para algunas personas, llevar el cubrebocas no tiene relación alguna con la preservación de la salud. Quien lo usa forma parte de una manada de tontos que se tragó el cuento o, en el peor de los casos… ¡es panista!
En casos como este, uno se ve orillado a elegir entre pasar por la vida por “muy macho” (o macha) e izquierdosa… o tonta, nerviosa y panista.
Las apariencias engañan: prefiero ser blanco de malos entendidos y de burlas, que arriesgarme a pescar un bicho. Podré no estar convencida de la gravedad del asunto, como cualquier otro –ya no sabemos para donde mirar y a quién creer- pero no tengo la mínima intensión de exponer mi vida (y, como lo he dicho, exponerme a terminar en uno de esos hospitales dantescos de la salud pública)
Por otra parte, las modas se verán drásticamente modificadas por las nuevas reglas sanitarias. Los caballeros ya no podrán llevar corbata, pues se ha demostrado que esta es un hervidero de microbios. Y aunque esto debiera significar un alivio –usar corbata todos los días siempre me ha parecido una excentricidad- no faltarán los que protesten porque los liberan del nudo estrangulador.
Pero hay más: las damas no podrán llevar aretes, anillos, pulseras ni collares. Por lo que a mí respecta, ya tengo un espléndido pretexto para prescindir de estas cosas que –descubro de pronto- he llevado como una especie de imposición social.
En general, sea chachullo o no, este virus porcino, aviar o lo que sea, ha venido a solucionar gran parte de mis problemas. Me explico:
1) Terminé el trabajo que tenía pendiente y que justo un día antes de que se desatara la pandemia, me había hecho llorar de frustración porque sencillamente no encontraba tiempo para sentarme a sacar todo esto.
2) Conviví alegremente con mi familia. En esta casa nadie se aburre: todo mundo lee, navega en Internet, escucha música, dibuja, cose, etcétera. Esta contingencia, por cierto, no solo ha dejado expuesta la vergonzante realidad de la salud pública, sino también el fracaso absoluto de la SEP como formador de lectores. Solo quienes tenemos este bendito hábito podemos presumir de haber pasado un encierro feliz.
3) Trabajé, además, en santa paz. Jamás olvidaré estos amaneceres en que fui despertada por trinos en la ventana. Estos sencillamente no se escuchaban.
4) Ahorraré tiempo en adornarme como arbolito de Navidad. Me baño, me peino, me doy un rimelazo… y salgo (con mi cubrebocas)
5) He tenido tiempo para pensar… pensar mucho. No siempre cosas gratas. Me refiero a negros pensamientos como los que he consignado en este breve diario sobre asuntos políticos y sociales

Diario de una hipocondriaca en el encierro V

BARBIJOS
Mayo 5, 09

Tres cosas han quedado claras de esta experiencia:
1) En Argentina, a los cubrebocas, les llaman barbijos
2) La salud pública en México es una vergüenza mundial
3) La mayoría de la población no cree en la gravedad del asunto.
Ocupémonos, por lo pronto, de los dos últimos.
Los medios han puesto un énfasis demasiado sospechoso en lo que insisten en denominar “racismo” y “xenofobia” por parte de los países que han extremado sus precauciones respecto a los turistas mexicanos recién llegados. Como la influenza ha dejado de ser noticia, era necesario fabricar otra, a como diera lugar, que mantuviera al pueblo enganchado… algo que encendiera los ánimos, que provocara una indignación que no nos permitiera pensar en la verdadera ofensa, la cual, presiento, no viene de fuera –como la tan cantada crisis”- sino de adentro.
Ante el mundo entero, ha quedado en evidencia la vulnerabilidad de la mayoría de los mexicanos, ante una salud pública no solo ineficaz. Lo grave no es tanto la carencia del material básico –inyecciones, algodón, medicamentos, etc- sino la total ausencia de vocación de servicio y esencial respeto a los derechos humanos de los pacientes, por parte de médicos y enfermeras indignos de llevar la bata blanca.
Para los voceros del gobierno ha venido como anillo al dedo “denunciar” la lamentable práctica entre los mexicanos de auto-medicarse. Ergo: el pueblo y sus hábitos son los culpables de lo que está sucediendo, el Gobierno de lava las manos. Crucifiquemos al pueblo. Quienes hemos tenido la desgracia de acercarnos a la salud pública, podríamos relatar historias terroríficas que incluyen, como el caso de quien esto escribe, una vejiga perforada por una zonda mal aplicada. Cualquier cosa es preferible antes de tener que pasar por el calvario en estos seudo hospitales, donde los mexicanos hemos conocido la auténtica discriminación –y lo demás son chingaderas-; pasar por manos que no te auscultan, sino que te lastiman, te invaden, te abren de piernas a la fuerza, pasando por encima de tu elemental pudor… escuchar chistes misóginos entre los medicuchos y las enfermerillas amenazándote con inyectarte un sedante si no te callas. Todo esto por no contar los espantosos aromas, los baños a la fuerza, los vomitivos alimentos, la nula higiene y muchas, muchas anomalías más (que yo ya inmortalicé en la novela Cenotafio de Beatriz)
Existe otra posibilidad: recurrir a la salud privada y, a cambio de un trato algo más humano, dejar tu quincena en una sola consulta… sin contar el monto de los medicamentos, cada día más caros –y encima de todo, el Gobierno pretende “castigar” a quienes no recurren a la salud social, aplicándoles el IVA.
Ha quedado en evidencia, también, algo todavía más alarmante: la mayoría de la gente no cree en nada que venga de la Presidencia.
He de reconocer que no salgo a la calle sin cubrebocas. Nadie de mi familia lo hace. Más vale prevenir qué lamentar, decía algún sabio árabe. Pero en cierto modo comprendo que allá afuera los mexicanos nos dividamos en dos bandos: los que usan cubrebocas y los que no usan, 50 y 50, y entre quienes los usan lo han ido suprimiendo poco a poco, o de plano lo traen de collarín, quizá porque los obligan a llevarlo en sus centros de trabajo pero, una vez afuera, carece de sentido para ellos.
Por cada mexicano que prescinde del cubrebocas, hay un ciudadano que no cree en su presidente. Y entre quienes insistimos en llevarlo, la mayoría lo empleamos pero mera precaución pero temiendo, en el fondo, ser parte de la parafernalia (o que los demás crean que lo somos).
Barbijo le llaman los argentinos al cubrebocas, decía al principio. Esos argentinos tan vapuleados en los últimos días por los locutores mexicanos y de los cuales, por cierto, he recibido los más enternecedores y solidarios mensajes por correo electrónico. ¿Cómo llamarle a lo que este gobierno ha hecho con nosotros? ¿Qué nombre darle a un gobierno que solo causa risa y hasta un poquito de compasión en quienes somos más o menos pensantes?
P.D: Me escribe mi querida amiga María Marta Bruno para aclararme que "barbijo" le llaman los argentinos al cubrebocas porque cubre la barbilla.

Diario de una hipocondriaca en el encierro IV

¡Pobrecito México, nadie lo quiere!
Mayo 4 de 2009
¿Por qué asumimos que hemos sido objeto de una discriminación a nivel internacional? “Somos el patito feo del mundo”, dijo un político, uno de tantos. Me reservo el partido al que pertenece porque, en el fondo, son lo mismo. El propio presidente, que por cierto nunca ganaría un Oscar, interrumpió la programación para manifestar su indignación respecto al "trato vejatorio" que reciben los compatriotas en el mundo, y para variar, todo quedó en palabras pues no dijo qué planeaba hacer al respecto. Increíble que ninguno de estos señores, encargados de hacer las leyes que nos rigen, se haya detenido a pensar que a ninguno de estos países le conviene arruinar su relación comercial con México. Estamos midiendo a los demás con nuestra misma vara. Estamos convencidos de que nuestro gobierno no actuaría igual que el de China o el de Argentina, por poner los ejemplos más sonados. No consigo imaginarme a un escuadrón de diligentes médicos y enfermeras interceptando a turistas sospechosos de portar un virus altamente contagioso que podría atentar contra la seguridad nacional… tampoco que, ante tamaña amenaza, se opte por cancelar los vuelos al país afectado, por una sencilla razón: porque nosotros no le importamos a nuestro gobierno. No le hemos importado nunca.
Esta insistencia machacona en los “bloqueos”, el “abandono”, la “humillación” que hemos padecido a manos de “los hermanos de América Latina”, resulta tan sospechosa que solo debiera dar lugar a dos hipótesis: a) que nuestros comunicadores no tienen cerebro. No tuvieron empacho en cambiar el término “restrictivo”, del discurso de la Secretaria de Relaciones Exteriores, por “discriminatorio”. La dichosa afrenta, supongo, no es mayor que la de nuestros amigos y conocidos que evitan acercársenos demasiado, y viceversa, porque todos estamos expuestos al virus, no somos Supermán ni la Mujer Maravilla, 2) si se pretende inocular en las masas la idea de que ¡otra vez! somos víctimas de los “malditos extranjeros”... que mientras nosotros, tan cristianos, les damos todo y ellos no nos dan nada, esto es: a cambio de toooodo lo que hemos hecho por ellos, lo mínimo es que se dejaran contagiar un poquitito, ¿no? Desde mi punto de vista, el verdadero discurso xenofóbico es el que escucho a diario en el radio (no veo televisión)
Estamos prestos a asimilar las drásticas medidas sanitarias de los demás países como “discriminación”. Nos encanta el drama, sentirnos víctimas y autoconmiserarnos. Cada uno de nosotros lleva en su interior, perdonando la expresión, un indito patarrajada… al que por supuesto rechazamos. Vamos por el mundo acumulando resentimiento y frustración porque, estamos convencidos, nos ven con el mismo desprecio con que nos vemos a nosotros mismos. Y al Gobierno le conviene que nos sintamos poca cosa… más aún, que nos sintamos agradecidos por el presidente que nos defiende y se indigna porque han ofendido a nuestro sacrosanto indito interior. Por el estilo anda el Jefe de Gobierno del DF –aquí, insisto, no es cuestión de tomar partido- cuando manifiesta su indignación ante la lapidación por parte de los acapulqueños a los autos con placas de esta ciudad… cuando lo que se esperaba de él, era que llamara la atención de aquellos que NO están acatando las instrucciones.
“El respeto al derecho ajeno es la paz”, decía alguien cuyo nombre ha quedado en el olvido… o si no el nombre, sí su pensamiento. Al menos en el caso local, no podemos exigir respeto si nosotros no respetamos a los demás.
Y respecto a lo otro… ¿por qué esa condenada necesidad de gustar a los demás? ¿Por qué fingimos que nos encanta reírnos de nosotros mismos, cuando todo este discurso revanchista está teñido de una ridícula e “indubitable” –por imitar la palabrita del Secretario de Salud- aura de solemnidad?
La solemnidad y la ausencia de autocrítica son virus más contagiosos y letales que el de la gripe porcina (ya le quitaron lo “porcina” porque este mundo se rige por el capital, no por la realidad).

Diario de una hipocondriaca en el encierro III

¿RACISMO, XENOFOBIA, "NO NOS QUIEREN" O PRECAUCIÓN?

Mayo 2, 2009
La noticia del día: los mexicanos están padeciendo discriminación en el extranjero.
Se enarbola el término “discriminación”, pero también “xenofobia” y “racismo”
Y si bien estos se han reciclado hasta el hastío en cada nueva versión, tuve oportunidad de escuchar en vivo las declaraciones que al respecto hizo la Secretaria de Relaciones Exteriores, Patricia Espinosa, que me parecieron mesuradas, sensatas e inteligentes, aunque los reporteros insistieron en poner en su boca estas palabras. Sugería a los mexicanos no viajar a China para evitarse el mal trago de ser sometidos a observación médica apenas llegar. En ningún momento empleó la palabra “discriminación”, mucho menos las otras dos. El hecho es que cinco ciudadanos mexicanos de paso por China fueron puestos en cuarentena junto con todas las personas que entraron en contacto con ellos. En Shanghai, un hotel entero fue prácticamente sitiado y sus empleados y huéspedes retirados al campo. Uno de estos turistas mexicanos se había hospedado allí mismo y, al parecer –nadie se ha sabido explicar-portaba el virus.
Esto que tan ofensivo ha resultado a algunos mexicanos, tiene una justificación que nadie en los medios ha sacado a relucir, seguro por ignorancia: los chinos acaban de pasar por la pesadilla de la gripe aviar que arrojó un saldo de cientos de muertos. La experiencia por la que pasamos actualmente los mexicanos no solo no es nueva para ellos sino demasiado reciente… tanto como para continuar albergando terrores al respecto. Tanto como para ser el primer país que hizo llegar ayuda material a nuestro país, detalle que ha palidecido ante lo que, se insiste, es un insulto contra los mexicanos.
Esta situación me ha llevado a reflexionar sobre un asunto que viene preocupándome desde hace mucho tiempo: el complejo de inferioridad y la insistente victimización de los mexicanos. Cómo me gustaría que con la misma energía con que manifiestan no su enojo sino su “sentimiento” contra los chinos – con quienes, por cierto, no hemos sido muy amables: recuérdese el caso Chen Li Ye Gon y los comentarios anti-chino, estos sí xenofóbicos, que desató -se pronunciaran contra los tratos indignos que sufren los mexicanos en los hospitales del sector salud a manos de médicos y enfermeras tan mexicanos como ellos mismos. Yo, al menos, temo mucho menos a la enfermedad que a los carniceros de bata blanca que pululan en el sector salud.
Invito a los mexicanos ofendidos a realizar un pequeño ejercicio con su imaginación… que el asunto fuera a la inversa, que nos llegaran noticias de que en China la gente se está muriendo a consecuencia de un virus altamente contagioso. ¿Qué haríamos en tal caso? ¿Correríamos a besar a los chinos recién llegados?
Por supuesto, las autoridades mexicanas nunca serían tan expeditas ni diligentes para actuar en un caso como este, pero ese es otro asunto.
Lo anterior, por supuesto, no significa que esta circunstancia no sea aprovechada por algunos para manifestar sentimientos de xenofobia y racismo. Se reportaron casos de mexicanos, residentes en Argentina, que no se habían movido de ahí por varios años, que de pronto fueron objeto de actos discriminatorios, apenas ser reconocidos por el acento. Para quienes no conozcan a este ciudadano mexicano y lo crean recién llegado, con el auge de las noticias tremendistas, por desgracia las más taquilleras, la reacción de rechazo no debería sorprendernos… y mucho menos ofendernos. No niego que una situación así debe ser espantosa para quien la viva, pero el horror ante la posibilidad del contagio de una enfermedad, digamos, “misteriosa” –porque la demasiada información termina por no informar nada, y las versiones que han corrido respecto a esta “peste” han ido desde lo apocalíptico hasta lo ramplón -activa el instinto de sobrevivencia y con él, la imperiosa necesidad de salir huyendo del peligro. Pero los mexicanos hemos asimilado todo esto como un rechazo no a la enfermedad, sino a nosotros como mexicanos. Porque los mexicanos somos feos, chaparros, pobres, etc, etc.
La respuesta ha sido la xenofobia. Los comentarios en este tenor son disparados a diestra a siniestra por comunicadores y ciudadanos comunes, no solo contra chinos y argentinos, sino contra otros mexicanos.
El día de ayer se divulgó la noticia de que los habitantes de Acapulco recibían a pedradas autobuses y coches que portaran placas del Distrito Federal. Estaremos de acuerdo en que esta actitud en los acapulqueños se sale de lo común, que en circunstancias normales no reaccionarían en forma tan radical. La razón: no es a los defeños a quienes apedrean, por ser defeños, sino por el peligro que de momento representan… y sí, creo que también por su ausencia de consideración.
En los medios ha llegado a decirse que cada uno de los habitantes de esta ciudad, por el simple hecho de vivir al alcance del virus –no importa seamos originarios de la ciudad o hijo de chino o de alemán-, representamos un potencial foco de infección. Razón por la cual se suspendieron las clases y se cerraron negocios, restaurantes y centros de recreo (cines, teatros, auditorios, parques), para evitar la propagación el virus que, se sabe ya, se transmite de un humano a otro. ¿Y qué hacen estos ciudadanos que, se supone, deberían permanecer en su casa? (puntos suspensivos)
El enojo de los defeños debiera dirigirse contra quienes no acatan las reglas de elemental urbanidad y que, por alguna extraña razón, creen que se les han regalado unas vacaciones cuando la realidad es muy otra. No podemos ir por ahí jugando con las vidas ajenas y, por supuesto, tampoco con la propia.
Alguien clamó porque no se les brindaran servicios médicos a quienes no fueran originarios de la Ciudad de los Palacios. Ergo: que se les deje morir. ¡Que paguen la lluvia de piedras de los acapulqueños y los espeluznos de los jaliscienses!
Otro propuso que se echara del país a todos los argentinos. Otro más consideró que el deber del gobierno de México, era “castigar” de algún modo todas esas naciones que optaron por cancelar los vuelos a México. ¿Declarar la guerra, por ejemplo?
Me pregunto: ¿no debiera indignar mucho más las matanzas de Aguas Blancas y de San Salvador Atenco? ¿Lo ocurrido en Zongolica y los feminicidios de Ciudad Juárez que, por cierto, han ocupado mucho más a los extranjeros?, esto por solo mencionar dos de los más recientes insultos a la nación mexicana.
Personalmente, considero más xenofóbica y, sobre todo, irracional la actitud de los chilangos –hasta ahora los únicos que se han dado por ofendidos- que la de los gobiernos extranjeros que ejercen su legítimo derecho de proteger a sus ciudadanos.
Quizá hasta debieran exigir al gobierno de México que aprenda un poquito de ellos.